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VEGAS DEL CONDADO
(LEON)
HISTORIA, LEYENDA Y FOLKLORE
Por Restituto Martínez Rodríguez
León, 1980
INDICE
Gloria a León
A modo de prólogo
I. El nombre de Vegas del Condado
II. Generalidades
III. Signos externos
IV. El Palacio
V. Derribo del Palacio
VI. Ferias y mercados
VII. Comunicaciones
VIII. Fiestas locales
IX. El río Porma
X. Las Villasfrías
XI. Caza y pesca
XII. La higiene
XIII. Las bodas
XIV. La gran ocasión
XV. Lo social
XVI. La enseñanza
XVII. El molino de la griega
XVIII. El canto como recreo popular
Final
Ni tus campos de flores amarillas,
ni tus ríos de lechos sombreados,
ni tus templos de picos elevados
pueden cantar las glorias en que brillas.
Del Torio y Bernesga en sus orillas
fuiste taller de aceros bien templados
patria de caballeros esforzados
y compendio de hispanas maravillas.
Llenas tantos capítulos de Historia
tanta joya atesoras en tu seno
que no pueden caber en mi memoria....
Del fanático Islam tú fuiste freno.
Has dado muchos santos a la Gloria
Y héroes a España como Guzmán el Bueno.
Cuando allá por los años 20 llevé a dos semanarios leoneses algunos
trabajos, producto de mis observaciones en el medio rural, lo hice con el fin de
que fuesen más conocidas las costumbres de un pueblo medio, escondido en una
pequeña zona de la montaña berciana donde yo ejercí el cargo de maestro
durante más de cinco años.
A más de medio siglo de distancia, algunos amigos que fueron discípulos míos
por aquellas fechas y que sabían de mis aficiones me rogaron que escribiera un
libro sobre lo que yo había podido observar para que en el futuro el pueblo
pudiera conocer algo de su historia.
Cuando PRIMOGENITURA salió a la luz pública en 1973, ocurrió algo parecido.
Yo me encontraba en situación de jubilado después de haber ejercido mi
profesión durante más de 42 años en la escuela unitaria de niños de Vegas
del Condado, por la que pasaron durante ese tiempo más de 400 alumnos.
Recientemente, algunos de estos discípulos míos que leyeron PRIMOGENITURA me
rogaron con insistencia que escribiera algo sobre Vegas, pues a los jóvenes de
hoy les gustaría conocer algunos aspectos de la historia de su pueblo escrita
por el que fue primer maestro de sus padres o de sus abuelos.
No era tarea fácil para un octogenario, con las limitaciones que esa edad
supone, pero con el deseo de complacer a los numerosos discípulos que se
interesaron por este trabajo, escribí este libro donde pueden leer lo que la
villa fue en algunos momentos de su historia.
A ellos, a todos ellos va dirigido principalmente y con el mayor afecto este
pequeño trabajo.
EL AUTOR
EL NOMBRE DE VEGAS DEL CONDADO
Hay una teoría que explica el origen de este nombre independientemente de
los cambios, añadidos o mutaciones del que pudo llevar esta localidad en otras
edades de la historia.
Los pueblos, las personas, todos los seres necesitan tener un nombre para
distinguirse entre sí.
Son muchísimas las combinaciones que se pueden formar con las letras de nuestro
alfabeto para poner nombre a las personas, a los animales y a las cosas. Pero se
da con frecuencia el caso de poner nombres iguales a otros ya existentes.
Entonces, para diferenciarles hay que añadir algo distinto, especie de apellido
que se hace con el nombre de las personas.
Pero las personas tienen una existencia muy limitada de años, de pocos años,
pasados los cuales otras pueden llevar los mismos nombres y apellidos sin temor
a confusiones.
No ocurre igual con los pueblos porque tiene edad de siglos y hasta de milenios.
Por eso, cuando a un pueblo se le pone un nombre igual al que lleva otro hay que
buscarle un apellido inconfundible que no puedan o no deban llevar los demás.
Sabido es que con la palabra villa se ha venido designando a una población
cualquiera a la que se concedieron por la autoridad competente ciertos
privilegios.
Sin salirnos de los límites de nuestra provincia tenemos nada menos que 146
localidades cuyo nombre empieza por villa. Se comprenderá que para
distinguirlas hay que añadirles alguna letra y a veces palabras enteras que
hacen relación a una zona, a una comarca, a un hecho histórico o simplemente a
un accidente geográfico.
Lo mismo ocurre con la palabra vega. Son 23 los pueblos leoneses que empiezan
con ella, pero sólo hay tres que la llevan en plural. ¿Motivos?.
En nuestra lengua tenemos tres palabras que usamos muchas veces con el mismo
significado: vega, valle y ribera. Y decimos la vega del Curueño, el valle del
Curueño o la ribera del Curueño. Pero la palabra vegas, por estar en plural,
nos dice que han de concurrir más de una. Y, en efecto, son dos: la del
Curueño y la del Porma.
Pueblo es Vegas que se beneficia de ambas. Aguas abajo sólo hay la del Porma.
Aguas arriba un pueblo se situó entre "ambas aguas".
Acontece también que son tres los pueblos de nuestra provincia que tienen el
nombre de Vegas, por lo que ha habido que ponerle un apellido para no
confundirle con los otros dos, y por eso se dice Vegas del Condado.
Y ahora es cuando surge la pregunta. ¿Condado de dónde y de quién?. Porque
los numerosos escritos de investigadores históricos que hemos consultado no nos
aclaran nada sobre la creación de ese condado y poco sobre los titulares del
mismo.
Para algunos la expresión "del Condado" empezó a aplicarse a los
cinco pueblos de la jurisdicción de Vegas para la que los Guzmanes de Toral
nombraban alcalde mayor y juez ordinario, y desde el momento en que el emperador
Carlos V desposeyó a los Marqueses de Toral de los bienes que tenían en esta
zona del Porma para dárselos al Conde de Luna, que fue su aliado en la guerra
de las Comunidades. Para otros, el condado del Porma ya existía muchos años
antes de esa transferencia de bienes, como lo prueba un documento de 1503
suscrito por Ramiro Núñez de Guzmán nombrando a D. Diego Flórez de Salamanca
secretario y escribano público de "mi condado del Porma y de los valles de
Curueño y Boñar".
¿Sería Enrique el Bastardo, pródigo en la concesión de honores a esta clase
social el que concedió a los Guzmanes de Toral el señorío del condado del
Porma?. ¿Sería su padre, el rey Alfonso XI, gran amigo de los Guzmanes con
quienes solía compartir varias jornadas de caza en estos señoríos del Porma y
del Curueño?.. ¿Serían los mismos Guzmanes los que se atribuyeron ese título
honorífico dentro de aquella nómina de duques, marqueses, condes, barones,
mayorazgos, hidalgos etc. aprovechando el desorden nacional del siglo XIV para
ejercer un dominio con ley o sin ella creando vínculos de dependencia y
fidelidad más fuertes entre sus vasallos?.
Pero dejemos a los investigadores estas cuestiones y limitémonos a consignar
como lo hemos recibido de nuestros mayores el nombre que estamos comentando.
Villa ya importante en los comienzos de la Edad Moderna cuando todavía estaba
fuertemente unida al valle del Curueño.
Más tarde, al realizarse la división administrativa con la demarcación de los
nuevos municipios se constituyó en la capital del que lo es en la actualidad.
En el arreglo de ayuntamientos de nuestra provincia realizado por la Diputación
Provincial, según nomenclátor publicado por la misma el 11 de diciembre de
1836, y que empezó a regir el primero de enero de 1837, el pueblo de Cerezales
de Rueda pertenecía a Gradefes y el de Secos de Porma a Valdefresno. Con
anterioridad se había separado de la jurisdicción de Vegas del Condado el
pueblo de Villarratel del Condado para agregarlo a Rueda del Almirante. Hoy, en
virtud de nuevo arreglo, Cerezales y Secos pertenecen a Vegas del Condado y
Villarratel a Gradefes.
Y en ese reajuste administrativo cambiaron de apellido muchos pueblos. Y hoy ya
no se dice Cerezales de Rueda sino Cerezales del Condado, y se dice Castro del
Condado y Represa del Condado, notándose la tendencia a llevar ese apellido
algunos pueblos del municipio que antes tenía otro.
CAPITULO II
GENERALIDADES
La Humanidad, desde que tuvo conciencia de su ser, ha querido estudiar y
conocer su propia vida a través de esa ciencia que se llama Historia.
La de algunos pueblos, perdida para siempre en la noche de los tiempos, puede
ser tan antigua como su configuración geológica actual o que nació poco
tiempo después.
Pero si la geografía local está sufriendo constantes trasformaciones, unas
veces por los elementos físicos y otras por el trabajo lento y continuado del
hombre, la historia antigua, en cambio, ha ido deslizándose suavemente de
generación en generación sin que de su existencia nos haya quedado más que un
pequeño eco, que cuando ha llegado a nosotros, lo ha hecho tan débil, tan
apagado, que en muchos casos resulta imperceptible: campo abonado para que la
fantasía camine a sus anchas por la senda de la leyenda y de la fábula.
Se comprenderá que no me refiero a una nación, a un país o a una raza, sino a
una población pequeña, a un pueblecito, a un lugar o a una aldea de los muchos
cientos esparcidos por el suelo patrio que carecen de partida de nacimiento y no
saben cuándo han nacido y cómo han vivido poco más atrás de hace un siglo.
En muchos de estos pueblos no existe signo alguno que nos hable de su
antigüedad y mucho menos de su origen. Cuando más, unos hitos religiosos de
los que fueron jalonando las avanzadas de la Reconquista o unos mal cuidados
vestigios heráldicos que nos llevan hasta la época feudal.
Las grandes invasiones sufridas por nuestro pueblo; la diversidad de razas e
idiomas; la destrucción por Almanzor de numerosos monasterios que eran los
mejores y más completos depósitos de la cultura histórica; las luchas entre
señores de territorios próximos y el desorden social en los últimos siglos
han sido causas, entre otras, de que muchos de nuestros pueblos no conozcan su
infancia por haber desaparecido, si es que existían, los valiosos documentos
que nos hablan de ella, o porque pasaron a manos de quien no supo estimar su
valor y los dejó perder.
Por este motivo, al intentar escribir algo sobre la historia de Vegas del
Condado sin conocer su verdadero origen ni su vida en los lejanos tiempos,
tenemos que limitarnos a consignar lo poco que sabemos y que nos lleva a poco
más allá de nuestra Edad Moderna.
Sería muy del agrado mío y creo que de los lectores de este pequeño trabajo
que alguien lo completara con datos que yo no he podido reunir, pues lo que vais
a leer tiene mucho de presente y hay que dejar pasar algunos años para que sea
historia.
No hubiera nacido en mí este intento, avivado por los deseos de muchos vecinos
de la villa, si no hubiese ocurrido en el año 1959 el derribo de la mejor y
casi única joya de valor histórico que tenía Vegas; joya que ya venía
padeciendo de un visible y constante deterioro: se trata del Castillo-Palacio de
los Guzmanes que había en la villa.
Para los nacidos después de esa fecha, que no conocieron el Palacio que dio
fama a su pueblo, van dirigidas principalmente estas líneas. Espero que sirvan
también de recuerdo a los que lo vieron caer por la fuerza destructora de la
dinamita.
CAPITULO III
SIGNOS EXTERNOS
Cuando un amante de la Historia entra por primera vez en un pueblo es natural
que se fije en el exterior de sus edificaciones y, si son de fácil acceso, en
el interior de las mismas. La iglesia, la casa consistorial, si la hay, la
plaza, si la tiene, las casas señoriales con sus escudos de armas, los
edificios antiguos en pie o derruidos, el museo arqueológico, si existe, y el
interior de algunas viviendas. Tampoco escaparán a la observación las defensas
naturales y artificiales así como su emplazamiento con relación a su altura,
al sol y al agua.
Si el pueblo que queremos estudiar en el aspecto histórico es Vegas del
Condado, dejando para capítulo aparte el famoso Palacio hoy desaparecido, nos
encontramos a principios de nuestro siglo con algunas edificaciones de algún
valor histórico.
La iglesia, de sólidos muros, cuya nave única con crucero nos nuestra en un
escudo de la fachada sur la fecha de su construcción. Tiene una hermosa torre,
más antigua, que padeció abandono durante varios años y hoy se halla
reparada, con arquería románica y un gran reloj público, cuya campana ya se
dejó oír en el pasado siglo para avisar a los agricultores esparcidos por el
campo la hora de hacer alto en el trabajo
Este reloj de la torre fue colocado en el año 1899 y costó 1615 pesetas. Con
las 97'60 pesetas de gastos de instalación, el total del coste fue de 1712'60.
Si se para uno a pensar en la débil economía de la Junta Administrativa, cuyo
volumen de ingresos anuales no podía cubrir los gastos cuando éstos rayaban
las cuatrocientas pesetas, la compra del reloj nos parecerá un esfuerzo
considerable, que los vecinos tendrían que soportar a costa de muchas
privaciones. Pero aquel año no fue así. Era por entonces el carbón de encina
muy apreciado para el brasero y Vegas tiene un magnífico encinar en la cuesta
del monte. La venta de esa madera proporcionó a la Junta 1525 pesetas.
Como curiosidad ofrezco al lector el detalle de esas 97'60 pesetas de gastos de
instalación: Por 120 ladrillos, 3'75 pts.; por 14 tablas, 10'50 pts.; por 5
sacos y medio de yeso, 6'50 pts.; por pupilaje del relojero durante siete días
y viaje de ida y vuelta, 14 pts.: por varios jornales de albañil, carpintero y
obreros, 62'85 pts. Así estaban por entonces los precios de las cosas; el
jornal del trabajador y el valor del dinero. Se cree que el primer reloj de
torre que hubo en España se colocó en la Giralda el año 1400 durante el
reinado de Enrique III.
Antes, en el campo se calculaba la hora por la altura del sol o por la sombra
que proyectaba la persona; en el pueblo por la que señalaba el gnomon sobre el
cuadrante del reloj de sol instalado en el muro sur de la iglesia; uno de los
pocos templos que lo tenían y del que quedan las líneas de sombra y unos
números que oculta el desordenado ramaje de unas acacias que nadie poda o poda
mal.
En las madrugadas, el oído solía estar atento al canto del gallo.
En el interior del templo, que cuenta con numerosas imágenes y un valioso
retablo, enterraban antes a los difuntos. El pavimento de gruesas tablas de
roble, cubiertas recientemente por otras de pino mejor ensambladas, estaba
numerado en espacios iguales capaces cada uno de contener un féretro. Al ser
abolida esta costumbre, se llevaba a los cadáveres al cementerio situado a la
salida del pueblo a la derecha del camino hacia Devesa. Abandonado también este
cementerio por insuficiente, se entierra ahora en el nuevo que se halla a la
derecha del camino para Castro. En el año 1787 el rey Carlos III prohibió los
enterramientos en las iglesias, ordenando la construcción de cementerios en las
afueras de las poblaciones; pero esta orden no tuvo verdadera efectividad hasta
22 años más tarde, durante el reinado del intruso José Bonaparte.
En nuestra Edad Media la piedra estaba reservada para los templos, para los
monasterios y para los castillos y grandes casas señoriales. Admira pensar en
el trabajo que suponía el traslado de esos materiales a muchos kilómetros del
punto de origen con los medios de transporte que entonces había. Quizá por
esta razón en algunos casos se llegó a emplear cal y canto o gruesos muros de
tierra apisonada.
En torno a la iglesia varios edificios hoy reconstruidos en gran parte han
venido disfrutando de los honores de haber cumplido más de dos siglos y, entre
todos, el que quizá representa mejor las condiciones medievales que tiene la
villa.
Tiene esta casa grandes puertas de madera claveteadas adosadas a dos fuertes
columnas de piedra que cierran en arco de medio punto algo alargado sobre el que
se apoya un gran escudo labrado de piedra. Casa de hidalgos, mansión señorial
blasonada con una heráldica algo gastada por los años, el descuido y la
incuria de las gentes.
Dice el señor Luengo en "Las casas de los Fernández en Omañón y
Villamontán" que los reyes hicieron concesiones de nobleza a regiones y a
pueblos enteros, por lo que se creó una heráldica leonesa que todavía no ha
sido bien estudiada y que los hidalgos proclamaban su prosapia en escudos no
sujetos a las reglas de la Heráldica, con lo que pretendían una posición
social privilegiada entre sus convecinos. El escudo a que nos referimos puede
ser un ejemplo de esta afirmación.
La casa correspondiente posee un amplio patio y ventanas casi a ras del suelo
con fuerte enrejado protector saliente y gruesos muros de cal y canto.
Esta casa, en su parte baja, tiene unas habitaciones pequeñas y oscuras sin
más huecos al exterior que una pequeña abertura entre dos piedras y en sentido
vertical a pocos centímetros del suelo. Una de estas ventanillas, especie de
estrecha saetera por donde difícilmente pueden introducirse los dedos de una
mano, tienen las piedras que sirven de marco un color oscuro en toda su
superficie. Los dueños de la casa dicen que ese color de la piedra es debido a
la gran cantidad de humo que salió por aquella ventana a finales del siglo
XVII, y así continúa.
Cuando los pueblos no saben o no quieren escribir la historia que cubra el
tiempo que nos separa de los hechos, silenciándolos, es la fantasía en brazos
de la tradición la que nos trae la noticia mixtificándola a su gusto hasta
hacerla fantástica para que el comentario en el medio rural de un hecho, que
parece o es inverosímil, sirva de recreo a las mentes sencillas que se
contentan solamente con lo que esa tradición ha hecho llegar hasta nosotros.
Este es el caso de las dos jóvenes cautivas. El señor de la vivienda reseñada
montó un día a caballo y se dirigió a la ciudad de León. En el pueblo de
Villa rente encontró a dos jovencitas que bebían agua de una fuente. Preguntó
a las jóvenes de dónde eran y ellas le contestaron que eran al mismo tiempo de
ningún sitio y de todos y que por eso estaban allí aquel día. El caballero
creyó ver en ellas a dos criaturas abandonadas que vivían de la caridad
pública y las dijo que se dirigiesen a Vegas del Condado y preguntasen por la
casa del Conde, donde había dejado a su mayordomo que las atendería muy bien
durante los días que él tardase en volver. Y se dice que el mayordomo las
encerró en una pequeña habitación, especie de mazmorra, sin que desde
entonces se volviera a saber más de ellas. Pero queda un recuerdo: el negro de
las piedras ocasionado por el humo que salió por aquella estrecha ventana hace
ya tres siglos.
Sobre otra de las casas que también cuenta su vida por cientos de años, existe
la creencia de que fue un regalo que su dueño hizo al criado que tenía a su
servicio.
Estaba ya a punto de terminar la guerra carlista con la firma del Convenio de
Vergara, pero las persecuciones entre bandos opuestos continuaban, sobre todo en
los lugares donde uno de esos bandos estaba en minoría.
El dueño de la casa a que me refiero tuvo noticias de que un grupo de sus
enemigos llegarían de un momento a otro para prenderlo y llevárselo consigo.
Por eso huyó hacia el monte como refugio seguro. Cuando llegaron sus enemigos
el criado les indicó el lugar donde podrían encontrarlo, pero el refugio de su
amo estaba a mucha distancia y terminaron por abandonar la búsqueda. El amo,
cuando regresó, premió a su criado regalándole la casa
El ayuntamiento también tenía casa. Era pequeñita; parecía de una sola
planta, aunque tenía dos. Durante varios años, ya en nuestro siglo, se dedicó
más a cárcel municipal que a la celebración de sesiones. La puerta era de una
sola hoja y estaba forrada de chapa metálica por el exterior. Esta pequeña
casa de ayuntamiento fue derribada a finales de la segunda década de nuestro
siglo para construir la actual, pero más amplia.
Una media docena más de restos de edificaciones quedan repartidos por la villa,
pero que han perdido ya su antigua estampa debido a reformas de adaptación
necesarias para los nuevos tiempos.
A un kilómetro de distancia, en la orilla izquierda del Porma, se halla la
Quebrantada, cuya visión añoran los naturales del país cuando viven lejos de
ella. Pero de la Quebrantada hablaremos más adelante.
Vegas del Condado, con categoría de villa, fue durante muchos años cabeza de
una jurisdicción que se extendía a los pueblos de San Vicente, Villanueva,
Villafruela y Villarratel. Se cree que contaba con su rollo o picota, cuya
misión ya se sabe que era la de exponer los reos a la vergüenza pública. El
rollo parece que estuvo instalado en un pequeño campo al oeste de la iglesia
por donde hoy cruza el cauce principal de riego, campo o fincas que todavía
siguen llamándose El Rollo. La piedra que sirvió de base a la picota, sin
dueño, considerada como un estorbo, recorrió varios lugares hasta asentarse
definitivamente bajo los cimientos de una casa de vecindad.
Según el censo de 1910, Vegas tenía 111 edificios y 586 habitantes. En 1920
llegó a 620 habitantes. A partir de esta última fecha su población ha bajado
mucho.
CAPITULO IV
EL PALACIO
Merece especial atención el edificio llamado El Palacio, hoy desaparecido.
Fue la mejor alhaja, la joya histórica más valiosa que dejó en la villa la
nobleza leonesa.
Se cree que este famoso palacio fue construido a mediados del siglo XV por D.
Gonzalo de Guzmán, señor de Toral, casado con Dñª. María Osorio, por lo que
también se le llamó, Palacio de los Osorios.
Los marqueses de Toral eran por aquellas fechas señores de la villa de Vegas
del Condado; pero no hemos podido averiguar de qué manera se hicieron con las
extensas propiedades que tenían en torno a ella. Téngase en cuenta que la casa
matriz de los Guzmanes era el famoso castillo de Aviados, (el rey visigodo
Gundemaro declaró el castillo de Aviados casa solariega de los Guzmanes); que a
finales del siglo X, en el año 999, Bermudo II el Gotoso cedió a los Guzmanes
el señorío de Toral y que el palacio se construyó en el año 1450 en tiempos
de Juan II, casi al finalizar la Reconquista.
Sin datos concretos para aclarar esta duda me inclino a creer que fue la misma
Reconquista la que dio a los señores de Toral esos extensos dominios por
concesiones reales, pues Enrique II concedió a los Guzmanes títulos de
nobleza, siendo pródigo en la concesión de gracias y mercedes a esta clase
social; o por reparto de tierras a lo Graco. Todo esto cabe suponer en aquellos
tiempos de desorden, pues la Crónica, al referirse a la minoría de edad de
Alfonso XI nos dice: "Todos los ricos homes vivían de robos et de tomas
que facían en la tierra".
El Palacio, tal como nosotros lo conocimos, tenía forma de un cuadrilátero con
dos plantas y habitaciones en ambas. En su interior un patio cuadrado de unos
siete metros de lado. Dos de sus esquinas exteriores y opuestas remataban en
cubos de pequeño diámetro. En los otros dos ángulos, torres descanteadas; la
más alta, situada en el ángulo nordeste, medio derruida. Los muros, casi en su
totalidad, hechos de mampostería y con saeteras el de la fachada principal. En
el grueso muro de esta fachada se hallaba el hueco, no muy amplio, de la puerta
de entrada al Palacio, con fuertes laterales de piedra y ladrillo, que cerraban
en ángulo muy abierto. Había encima de ella una piedra con dos hojas o
tableros con escudos de armas de los Guzmanes y de los Osorios. Uno de los
tableros tenía un castillo, dos calderas en el centro y orla de armiños. En el
otro se veían las siglas JHS dentro de rayos y un letrero que decía: Fiat pax
in virtute tua. MCCCCL. Esta piedra desapareció al ser derribado el edificio
sin que sepamos si fue destruida al caer o por los picapedreros para ajustarla,
como otra piedra cualquiera, al cimiento del nuevo cuartel.
Al mediodía del Palacio y unido a él había un pequeño huerto cercado de muro
bajo de cal y canto. Se podía regar con el agua de un pozo abierto en la misma
finca. Se utilizó para sembrar hortalizas y para bolera de mano corta. Esta
pequeña parcela, ocupada hoy por el cuartel, quedó separada de la gran huerta
del Palacio a mediados del siglo XIX al abrir la calle que pone en comunicación
la de Cantarranas con la plaza.
Pero este palacio, que nosotros conocimos, no tenía aquella bella estampa del
construido por D. Gonzalo de Guzmán. Llegó hasta nosotros en un estado de
abandono, de deterioro, de ruina, que si su primer dueño lo hubiera visto se
hubiera muerto de pena al contemplar una vejez tan mal tratada, de aquella
fortaleza mandada derribar cuando había cumplido poco más de setenta años de
vida. Grandes bloques de sus primitivos muros permanecieron durante siglos
semienterrados a la vera de los restos de su más alta torre, sirviendo de
escondite en los juegos infantiles de varias generaciones.
¿Qué cómo fue esto?
Hoy podemos contemplar la estampa de muchos castillos en ruina y sabemos que de
algunos no quedan ni los cimientos.
Las dádivas reales, las defensas feudales de la propiedad y la derrota de la
nobleza levantisca nos dicen mucho de la vida y muerte de los castillos.
En los últimos tiempos de la Edad Media y principios de la Moderna fueron
muchos los castillos y palacios de casas señoriales que tuvieron en nuestra
provincia su mejor época de esplendor. Por razones obvias nos referimos en este
breve estudio únicamente al de Vegas del Condado.
En cuanto a éste de Vegas, llamado más comúnmente Palacio, sabemos como queda
dicho, que fue construido a mediados del siglo XV.
Desde esta fecha hasta la destrucción casi total en 1521 ocurrieron en España
muchas cosas.
Proclamada reina de Castilla la princesa Isabel y vencidos los partidarios de la
Beltraneja en la batalla de Toro, se llega rápidamente a la unidad nacional con
la conquista de Granada y poco después con la anexión de Navarra, completando
la obra empezada por Pelayo en Covadonga, casi ocho siglos antes. En esta
batalla de Toro. marzo de 1476, tomó parte activa el "caballero
Oliveros", nombre con el que se alistó en el ejército la hermosa y
heroína joven Juana García, más conocida por la "Dama de Arintero"
Pero el pueblo español, que tanta sangre derramó por su suelo para
reconquistarlo, no hubiera podido vivir en paz si los Reyes Católicos no
hubieran acometido la reforma interior frenando a la nobleza levantisca,
ordenando el derribo de algunos castillos y prohibiendo levantar otros nuevos.
Muerta Dª. Isabel I y en virtud de su testamento es proclamada reina de
Castilla la infeliz Dª. Juana la Loca, casada con el archiduque de Austria
Felipe el Hermoso. En este breve reinado comenzó la invasión de los flamencos
que empezaron a ocupar puestos en cargos directivos con gran disgusto de la
nobleza fiel al rey Fernando de Aragón, que veían al de Castilla ocuparse más
en diversiones que en el gobierno de la nación, a la que iba empobreciendo por
el continuo envío de fondos a Flandes.
Muerto el archiduque Felipe, vuelve a encargarse de Castilla el rey Fernando,
que reúne bajo su autoridad a todo el territorio nacional.
Pero el fermento flamenco que había sido importado por el archiduque, siguió
creciendo durante la regencia de Cisneros.
Por otra parte, a la provisión de cargos públicos en extranjeros se unía el
envío a Flandes de grandes sumas de dinero con gran quebranto de la economía
nacional, tan debilitada ya por las continuas y largas guerras que había
padecido.
Tanto disgusto causaron estos repetidos envíos de fondos para el joven rey, que
en uno de los escritos que le enviaron al Regente y las Cortes de Castilla le
decían que en los pocos meses que llevaba sentado en el trono había gastado
más dinero que los Reyes Católicos, sus abuelos, en los 40 años de reinado.
Ya en España Carlos I, se acentuó más el disgusto entre los españoles, pues
al aumento de la provisión de cargos en los extranjeros se unió la nueva
petición de fondos para ir a coronarse emperador de Alemania.
Esta última y más importante petición que el rey hizo a las Cortes reunidas
en Santiago y La Coruña, fue un nuevo motivo para que el disgusto se reflejara
en una amplia organización popular, creándose milicias concejiles para la
defensa de las leyes y de los derechos del pueblo; amplia insurrección que con
distintos nombres se dejó sentir en casi todo el territorio nacional y que en
la Historia se conoce con el nombre de la Guerra de las Comunidades.
Existían por aquellas fechas en León dos poderosas familias de la nobleza
leonesa en torno a las cuales giraba la vida de la ciudad y gran parte de lo que
hoy es nuestra provincia. Las mismas que presenciaron el paso por la ciudad del
rey Carlos I en su viaje a Galicia para pedir nuevos fondos a las Cortes.
Estas familias eran la de los Guzmanes, cuyo máximo representante era D. Ramiro
Núñez de Guzmán, señor del condado del Porma y de la villa de Toral, y la de
los Quiñones representada por D. Francisco Fernández de Quiñones, conde de
Luna
1.
D. Ramiro había nacido en León. Era hijo de D. Gonzalo y de Dª. María y
estaba casado con Dª. María Juana de Quiñones, tía carnal del tercer conde
de Luna. Había entre ambas familias lazos de parentesco, pero no políticos.
Al estallar la guerra de las Comunidades esas dos familias se fueron a la lucha,
pero en campos contrarios. Los Guzmanes eran comuneros; los Quiñones eran
realistas y estaban en minoría, pues el clero y el ayuntamiento apoyaban
decididamente a los comuneros. Al ser derrotados éstos en Villalar D. Ramiro y
sus cuatro hijos salvaron la vida huyendo a Portugal. El rey, al no poderle
castigar personalmente, mandó arrasar todas sus propiedades, salvándose
solamente la casa que tenía en León por oponerse la mayoría de sus vecinos, y
el castillo de Toral defendido por su esposa.
Otros castillos o palacios, entre los que contamos el que tenía en Vegas del
Condado, no pudieron salvarse de aquella destrucción.
El mismo rey, en documento firmado en Segovia el 11 de mayo de 1521, ordenó al
licenciado Lerma se dirigiese a Toral, Vegas del Condado, Aviados y Valdoré y
procediera en todas esas localidades a la destrucción y al secuestro de todos
los bienes pertenecientes a D. Ramiro.
Muchas y muy extensas eran las propiedades de los Guzmanes hasta bien entrado el
siglo XVI. Refiriéndonos solamente a las que tenían en lo que hoy es nuestra
provincia, aparte de las de la capital, podemos contar las villas de Aviados,
Toral, Cañizal, y Vegas, dominando también en extensos territorios de los
ríos Esla, Porma y Curueño. Se sabe también que el ocho de mayo de 1503
cedieron a D. Diego Flórez de Salamanca las casas, huertas, praderas y tierras
que tenían en Moral del Condado, que antes habían sido de una vecina del lugar
llamada Isabel, ya difunta, nombrándole además durante toda su vida secretario
y escribano público del Condado del Porma y de los valles del Curueño y Boñar
y además de todas sus merindades y señoríos.
De esta destrucción sólo pudo salvarse, como queda dicho, el castillo de
Toral, pues la esposa de D. Ramiro, además del apellido Quiñones que tenía,
defendió la fortaleza con valentía diciendo que era de ella.
También hubo resistencia en el de Vegas del Condado, como lo atestigua una
carta que desde dicha villa y con fecha 15 de junio de 1521 dirigió el
licenciado Lerma al Corregidor de León solicitando auxilio ante la resistencia
que oponían los partidarios de D. Ramiro, que al fin tuvieron que ceder y
presenciar el espectáculo del derribo de gran parte de sus muros y techumbre,
convirtiendo a esa mansión señorial en un montón de escombros.
No tardó mucho tiempo en volver D. Ramiro al amparo de un perdón concedido por
el monarca, pero la destrucción y el secuestro de sus bienes ya se había
realizado.
Los nuevos propietarios del inmueble no quisieron que desapareciera totalmente y
cubrieron con tejas la parte de los muros que quedaba en pié, como único
remedio a la destrucción lenta que el tiempo lleva consigo.
Así llegamos al año 1848. El famoso palacio no era más que un solar con
algunos trozos de pared cubiertos por tejas.
En ese año, su propietario era D. Bernardino Fernández de Velasco, conde de
Luna. Este señor se lo dio a censo enfitéutico a D. Rafael Loranzana, vecino y
escribano de la villa de Vegas del Condado con la obligación de construir en
él una casa, tener reparadas a su costa las paneras y pagar un censo anual de
veinte reales de vellón. El valor de los suelos del Palacio se tasaron en seis
mil reales. Entre otras condiciones del contrato figuran la de devolver a su
anterior dueño el castillo por falta de pago del censo; la de avisarle con dos
meses de anticipación por si quisiera usar del derecho de tanteo en todas las
transmisiones de dominio, cuando no sean por herencia; el pago del dos por
ciento de laudemio al señor del directo dominio cuando éste no haga uso del
derecho de tanteo sobre los seis mil reales en que fueron valorados los suelos y
otras de menor importancia.
Así, en el estado en que lo dejó D. Rafael Lorenzana, lo hemos encontrado
nosotros en la primera mitad de nuestro siglo.
Pero esa escritura, otorgada el 31 de octubre de 1848 en León ante D. José
López Castrillón, escribano de número de la ciudad, no fue la única ni en
cuanto a los señores del dominio directo ni en cuanto a los enfitéuticos
obligados a pagar el censo. En el año 1899, siendo alcalde de Vegas del Condado
D. Felipe González Aláez, y siendo administrador del conde de Superhunda y de
Peñaranda, sucesor de los bienes y derechos que tenía el conde de Luna en
Vegas del Condado, D. Amancio Saldaña Juárez, se firmó la escritura de
cesión del castillo o palacio al ayuntamiento de Vegas del Condado, que desde
aquella fecha quedó obligado a pagar las treinta pesetas anuales que por censo
venía pagando D. Rafael Lorenzana.
Años más tarde, en 1926, D. Máximo Bustamante Aláez, en representación de D
Enrique Podadera Benítez, albacea de D. Alberto Manso de Velasco y Chaves,
Conde de Superhunda, y ante el notario de La Vecilla, D. Javier Álvarez Ossorio,
vendió el foro o censo a D. Miguel Diez Gutiérrez Canseco y a D. Florentino
Rodríguez Balbuena. Dos años más tarde, en 1928, siendo alcalde D Bonifacio
Diez Viejo, el ayuntamiento adquirió dicho foro o censo en la cantidad de 666
pesetas que fueron pagadas el seis de marzo. Quedaba por tanto el Palacio de
propiedad del ayuntamiento y el foro redimido.
A su antiguo dueño sólo le quedaban las paneras donde se encerraba el grano de
las rentas del conde
Por último, el administrador de esas rentas cedió las paneras al vecino de
Vegas D. Antonio Verduras Ordás y este señor las vendió al ayuntamiento.
Pero la historia no acaba aquí. Habrá que esperar algunos años más y seguir
su vida paso a paso hasta verlo desaparecer. Hay momentos en la vida de las
cosas que no pueden olvidarse. Ni tampoco su muerte, por lo mucho que enseñan.
En relación con esta clase de impuestos, y como algo extraordinario, podemos
señalar el foro llamado "Pan del cuarto" establecido por los condes
de Luna en una extensa zona de la montaña de Murias de Paredes, por el que
había que pagar a dichos señores la cuarta parte del grano que recogían.
Este foro señorial, esta carga tributaria impuesta sin un pacto entre las
partes, fue abolido en todo el territorio nacional durante la Segunda
República.
CAPITULO V
EL DERRIBO DEL PALACIO
Los dos nidos.- La escombra
No cabe la menor duda de que el Ayuntamiento, al adquirir ese Palacio, lo hizo
para alojar en él a las fuerzas de la guardia civil evitando el pago de rentas
por alquileres.
Para ello hubo de hacer obras de adaptación en las dos plantas, quedando la
baja con dos viviendas y la llamada sala de armas. Las cinco viviendas restantes
en la planta alta.
Pero el frecuente cambio de guardias y el continuo deterioro del viejo caserón
obligaban a consignar una buena partida en el presupuesto municipal para
reparaciones y arreglos, aunque sólo fuera para sostener los pabellones en
medianas condiciones de habitabilidad.
En aquellos tiempos el Ayuntamiento no disponía de fondos suficientes para
acometer obras de elevado coste. Los repartos del "consumo" solían
hacerlo las Juntas Vecinales para cada pueblo con arreglo al cupo que se le
enviaba desde el Ayuntamiento. La resistencia a todo aumento era tremenda por la
escasez de dinero en el contribuyente y porque los miembros de dichas juntas no
podrían participar con tanta amplitud en los beneficios que suponían anexos al
cargo que representaban. Y así iban pasando los años y con ellos los gastos de
conservación del famoso palacio iban aumentando.
Sin saber cuál sería la mejor solución del problema, se habló mucho de él
en todos los pueblos del municipio. Incluso se pensó en derribar el edificio y
construir un cuartel nuevo. Pero esta solución no era posible por el momento,
pues el Ayuntamiento no tenía derecho alguno sobre las paneras y sí el deber
de tenerlas en buen estado y a su costa. También la Comisión Provincial de
Monumentos quiso poner, aunque débiles, algunos reparos al derribo.
Por todas estas cosas, pero sobre todo por la escasez de fondos, se abandonó la
idea de construcción nueva y continuar la marcha por el sistema de "ir
tirando", y en espera de tiempos mejores, que nadie sabía cuándo iban a
llegar.
No tardó en venir el día en que estuvo a punto de ocurrir una desgracia
irreparable.
En una de las habitaciones del pabellón que ocupaba el comandante del puesto
había una cama. La habitación tenía techo raso y encima del techo, que algún
día debió de estar protegido con gruesas tablas de roble, había un montón de
piedras sobrantes, tal vez de la reconstrucción de los muros. No debió de
calcularse bien el peso de ese montón de piedra ni la resistencia del techo
cuando fueron arrancadas, quizá para la lumbre de algún hogar, las tablas que
lo protegían. Y llegó el día en que el techo cedió. Unos cien kilogramos de
piedras de grueso tamaño cayeron en el lecho de un niño, que por fortuna no se
encontraba en él en aquel instante.
A partir de ese momento nadie se encontraba seguro. La alarma iba creciendo y
hubo que evacuar los pabellones. El castillo, que tanta fama dio a la villa que
miraba con orgullo los restos de sus torres centenarias, se declaró en ruina.
Los números de la guardia civil, que eran sus inquilinos, tuvieron que alojarse
en casas particulares.
El problema que el Ayuntamiento no se atrevió a resolver en su día, se
presentaba ahora con carácter de urgencia. La fuerza pública no podía estar
alojada de esa manera por tiempo indefinido. Se corría el riesgo de suprimir el
puesto y había que evitarlo. Corrían además rumores de que el Ayuntamiento de
Santa Colomba de Curueño intentaba llevárselo para Barrio de Nuestra Señora.
No cabía más espera. Había que acometer el problema y resolverlo de una vez
para siempre.
El Ayuntamiento, en una sesión un tanto borrascosa, examinó el asunto desde el
punto de vista económico. En aquella memorable sesión hubo dos tendencias: los
que querían construir el cuartel en el solar que ocupaba el Palacio y los que
querían comprar una finca a las afueras para construirlo en ella.
Cualquiera de las dos soluciones suponía un importante desembolso inicial. Si
se aceptaba la primera había que comprar las paneras; si se aceptaba la segunda
había que comprar la finca. La corporación municipal se decidió por la
primera y el Ayuntamiento compró las paneras a D Antonio Verduras, que en
aquellos momentos era su propietario.
Con esta compra quedaba la totalidad del Palacio y de sus suelos en poder del
Ayuntamiento. Se había dado un paso importante, pero no el definitivo. El
Ayuntamiento estudió con todo detalle lo que suponía construir el cuartel por
su cuenta y ser el propietario del edificio. Tenía a la vista el presupuesto de
las obras y el importe de la contrata de otros cuarteles similares que se
acababan de construir o se estaban construyendo en otras localidades. Había que
acudir a un crédito a largo plazo, pero éste no se pudo conseguir ya que las
entidades de quienes se solicitó responsabilizaban a los firmantes con sus
bienes porque el Ayuntamiento carecía de ellos.
Descartado este procedimiento, un nuevo estudio llevó a la solución
definitiva. El Ayuntamiento cedería el solar y entregaría un tanto por ciento
no muy elevado del importe total de las obras. En esas condiciones se firmó la
escritura de cesión en León ante el notario señor Villalobos.
Poco tiempo después comenzó el derribo del Palacio, en cuyo solar se levantó
primero la casa cuartel de la guardia civil y algo más tarde las nuevas
escuelas con viviendas para los maestros.
Los dos nidos
Uno de esos nidos era centenario. Sus primeros materiales debieron colocarse
sobre la más alta almena del torreón, medio derribado, allá por los tiempos
del emperador Carlos.
Desde entonces, todos los años por San Blas, se instalaba una pareja de
zancudas en el viejo nido, reformándolo a su manera con nuevos materiales sobre
los que se erguía en actitud vigilante hasta llegar, si era necesario, a la
lucha con otras parejas que quisieran disputarle la posesión de su elevada
vivienda.
Aquel año también se vio a la cigüeña posarse sobre su antigua casa, pero
sin crotorar y sin intentar reformarla, como solía hacerlo. Parece que
presentía lo que iba a ocurrir, lo que ocurrió.
Grupos de gentes curiosas esperaban la fecha para presenciar desde lugar seguro
la caída de los viejos muros.
Dos eran los puntos que se consideraban más espectaculares en el derribo: el
torreón del nido de la cigüeña, que era el más alto del edificio, y el del
ángulo opuesto, que era el más fuerte y mejor conservado.
Le tocó el turno primero al de la cigüeña. Aquellos sillares, firmemente
asentados en ángulo de 120 grados, que pudieron sobrevivir a la primera
destrucción del Palacio después del desastre de Villalar, cayeron en desorden
sobre la Fuente del Moro, que dejó por eso de manar, regalando con abundancia
el líquido elemento a los futuros inquilinos de las nuevas viviendas. Sobre las
piedras revueltas, esparcidas por el suelo y como queriéndolas dar inútil
cobijo, el milenario nido de la cigüeña extendía sus viejos materiales como
queriendo ocultar la vergüenza de la destrucción de un palacio por donde la
villa se asomaba a los mejores tiempos de su historia.
Pero la cigüeña no se quedó sin nido. Como gran previsora había comenzado a
construir otro en la torre de la iglesia.
Aquel año trabajó mucho la cigüeña. Pero allí, en la torre, vivió y crió
a sus hijos. Y desde su nueva casa presenció horrorizada la caída de su
antigua morada. En fin de cuentas la cigüeña no se quedó sin nido y sus hijos
dispusieron de un campo de aviación más extenso para ensayar los primeros
vuelos.
No ocurrió igual con el otro nido. Los acontecimientos le hicieron imposible.
Ya había sido demolido casi todo el Palacio. Faltaba el torreón más fuerte,
más sólido, de muros más gruesos. Algo que parecía inexpugnable.
Ese bloque-le habían dicho al encargado de dinamitarlo- no lo derribarás de
una sola vez.
-Caerá con la primera carga- contestó.
En el pueblo había gran expectación. Todos esperaban el día, la hora incierta
en que iba a ser derribado. Verían la explosión mayor que jamás habían
presenciado. Miles de toneladas de piedras caerían para no levantarse jamás.
Había casas de vivienda a menos de veinte metros y miedo a que se produjesen
daños en las mismas.
Y llegó el nueve de marzo de 1959. Los vecinos de las casas próximas,
conscientes de lo que pudiera ocurrir, se refugiaron en lugares seguros. Nadie
se atrevía a mirar de cerca el gran espectáculo de la explosión. Tenía la
fuerte torre casi a ras de suelo un agujero circular, especie de gatera, que
algún día se cerró por el interior dejando un pequeño espacio vacío que
comunicaba con la calle. Y allí, en aquel hueco, ajustada a los fines que se
perseguían, se colocó la carga explosiva. Los que presenciaron ese momento se
escondieron detrás de las esquinas de las calles que dan a la plaza para
asomarse luego y contemplar la caída de aquella mole de piedra. Más lejos, en
la calle llamada de La Era, cuyo eje no está en línea recta con el lugar de la
explosión, se encuentra la casa de Dª. Cristina Gago. Desde las puertas
grandes de esa casa, situada a unos cincuenta metros de distancia, podía
presenciarse la caída del torreón en la creencia de que allí no habría
peligro. Un numeroso grupo de personas de distinto sexo y edad esperaban el
ansiado momento, mientras el encargado de colocar la dinamita seguía sus
manipulaciones técnicas. No se tocaron las campanas ni hubo aviso de peligro.
Una mujer cruzaba la plaza con su ganado cuando la mecha se iba a encender. Los
curiosos observadores se retiraron a lugar seguro. Sólo el grupo que se hallaba
a las puertas de Dª. Cristina permaneció a la vista, confiado en que nada
pasaría,
En ese grupo estaba Nana, que vivía en La Molinera, el barrio más apartado,
más distante del lugar de la explosión. Allí estaba con toda su juventud, su
vellosidad innata, su ternura en el mirar y su pose encantador.
Y el momento llegó. El público, impaciente por ver caer la enorme mole, apenas
esperó un segundo para asomarse. Y en ese brevísimo espacio de tiempo vio
cómo volaban piedras de gran tamaño por encima de los tejados, yendo a caer a
más de cien metros de distancia. Otra, después de chocar contra los muros de
las casas próximas, volvían de rebote hasta tocar los pies de los
observadores, retrasándoles el momento de asomarse. Una piedra de unos cien
kilogramos cruzó la ancha plaza dando saltos hasta que la detuvo, con peligro
de abrir hueco, la casa de enfrente. El público escondido creyó que había
pasado el peligro y se asomó a la plaza. Todavía pudo ver cómo se derrumbaba
el viejo torreón y cómo se había salido con la suya el encargado de
derribarlo.
No habían encontrado reposo las últimas piedras removidas por la explosión
cuando, de entre el grupo que observaba desde la puerta de Dª. Cristina,
salían gritos de dolor. Una piedra de unos diez kilogramos, esquinada por
albañiles del siglo XV, había llegado hasta allí. Y allí estaba Nana para
recibir el mortal mensaje. Santo Tomás, una y nada más.
Nada se pudo hacer por la vida de la joven, cuya muerte llenó de pena al
vecindario.
El dolor de la tragedia se extendió rápidamente a los pueblos próximos, donde
había alguien que esperaba el día no lejano de formar con la hermosa joven un
nuevo nido.
Esta fue la historia de los dos nidos: el que se destruyó después de varios
siglos de existencia y el que no pudo formarse jamás.
La escombra
Derribados los muros de la antigua fortaleza se presentó el problema de retirar
los escombros. Las Juntas Vecinales, de acuerdo con el Ayuntamiento y de manera
gratuita y voluntaria, se turnaban en el envío de carros agrícolas con
personal suficiente para trasladar los materiales del derribo a otros lugares,
dejando limpio el suelo en pocos días, pero reservando la piedra de sillería
que picapedreros profesionales habían de preparar para ser colocada en los
cimientos de la nueva Casa-Cuartel.
CAPITULO VI
FERIAS Y MERCADOS
Contaban las personas que vivieron muchos años del siglo pasado que en la
Pradera se celebraba un mercado semanal. Se trataba principalmente de productos
agrícolas y de algún ejemplar de ganado lanar, cabrío o de cerda.
Este mercado semanal, que nunca debió tener gran importancia, fue a menos al
mejorar las comunicaciones y con ellas los medios de transporte. Los labradores
no necesitaban llevar muestras de sus productos al mercado. Para mayor comodidad
se los compraban en su propio domicilio.
Al aumentar los regadíos las cosechas aumentaron considerablemente, en especial
la de la alubia que, después de mejorar los precios que tuvo durante las dos
primeras décadas de nuestro siglo, llegó casi a estabilizarse en los años 20
al precio de 50 céntimos el kilogramo o a diez duros el saco de 100 kilos;
precio que se consideraba satisfactorio para los cosecheros que disponían de
sobrante para la venta.
Los compradores de cantidades importantes solían tener en el pueblo encargados
a comisión a quienes abonaban 25 céntimos por saco envasado.
El mercado semanal había desaparecido ya.
El transporte de esta mercancía se hacía en carros agrícolas, casi siempre
hasta la estación de León. El viaje, cuando el comprador reunía cantidad para
cargar uno o más vagones, lo hacían en grupos y en dos jornadas. En la primera
llegaban al pueblo de Valdelafuente, donde pernoctaban. En la segunda, después
de entregar la mercancía en la estación y cobrarla, regresaban a casa por el
atajo de la Sobarriba, con alguna precaución al pasar de noche al lado de la
iglesia de Villalboñe, paso peligroso frecuentado por gentes de mal vivir.
Es de suponer que los familiares de esos carreteros estarían impacientes a su
regreso para palpar y mirar, aunque sólo fuese por unos momentos, aquel puñado
de billetes, producto de sus sudores durante un año entero. Y digo que sólo
por unos momentos porque había muchos esperando por ellos: el vinatero, el
tendero, el zapatero, el carpintero, el albañil, el sastre, el médico, el
cura, el herrero, el recaudador, el barbero, el obrero, el practicante, el
guarda, el prestamista, etc. que, al considerar agotadas las especies con las
que solían cobrar la iguala, harían muy pronto acto de presencia para acabar
con aquel hermoso depósito; breve felicidad de una familia.
Así estaba montada la vida económica de numerosas familias en el primer cuarto
de nuestro siglo.
Al estallar la guerra civil y producirse ese colapso económico, inevitable en
contiendas de este tipo, con sus cupos obligatorios, con su racionamiento,
surgió el estraperlo como medida compensatoria para el productor, que se vio
obligado a entregar el calculado sobrante de trigo a precio de tasa.
La escasez de artículos de primera necesidad favorecía las ventas clandestinas
en medio de una anarquía en los precios, que duró algún tiempo, prorrogado al
máximo por los especuladores de un tráfico ilegal.
¿Por qué hoy, con el disparo de los precios en los productos agrícolas y
ganaderos, se abandona el campo?. Porque entonces fueron precisamente esos
precios altos los que animaron a la población campesina a producir más. No se
veía una sola parcela sin trabajar y hasta le quitaron superficie al monte, que
destinaron a cereales o viñedo, hoy abandonados.
Debido a esa abundancia y para mayor comodidad de los agricultores el Servicio
Nacional del Trigo abrió una panera en Vegas del Condado que llegó a recoger
más de sesenta vagones en una solo cosecha, pertenecientes, casi en su
totalidad a los municipios de Vegas del Condado y Santa Colomba de Curueño.
Hoy la panera está cerrada y las fincas que producían ese precioso cereal se
dedican a otros productos o están abandonadas
Pero no sólo fueron los cereales; allá por los años cincuenta los que
intentaban batir cada cosecha su propio record. Había otra producción; la
ganadera que corría pareja con la agrícola.
Por aquellas fechas el Ayuntamiento, en detallado estudio, llegó a la
conclusión de que Vegas del Condado era el centro de una zona ganadera que
estaba por descubrir y cuyo mejor exponente sería la celebración de una feria
mensual de toda clase de ganados. Así se evitarían los largos desplazamientos
para la venta del sobrante a los mercados más próximos, que eran Boñar,
Mansilla de las Mulas o León.
Realizadas las gestiones oportunas y previa aprobación por la autoridad
competente se fijó para la misma el último viernes de cada mes; teniendo la
primera el 25 de enero de 1946.
La propaganda que de esta feria se hizo por medio de la prensa y en programas de
mano, con premios en el ganado vacuno para el mejor ejemplar, para el ganadero
que presentase mayor número de reses y para el que comprase más ejemplares,
junto al entusiasmo manifestado por los ganaderos de la comarca, hicieron que la
amplia plaza y parte de las ocho calles que en ella concurren se llenasen de
ganado de todas clases. Fue al mismo tiempo mercado y exposición. Un
acontecimiento extraordinario del que se esperaba un prometedor futuro.
Antes de la primera feria se había instalado una báscula a pie de plaza en una
caseta adosada a la parte sur del Palacio, para que no faltase ese detalle tan
importante y necesario en una feria de ganado.
Pero el futuro no fue el que en un principio se esperaba.
El Ayuntamiento quiso que nadie tomara como pretexto el pequeño impuesto que
había establecido, y que algunos ganaderos trataban de burlar, y entonces lo
suprimió.
Lo que no se pudo evitar fue que los tratantes de la feria moderaran sus
ganancias, si no querían acabar con ella.
Y ocurrió que al segundo año sólo tenían alguna importancia las ferias de
octubre a febrero. Los ganaderos vendían sus reses a los tratantes en cualquier
día del año y en los propios establos; sobre todo las crías de vacuno, por el
peligro que suponía retenerlas hasta el día de la feria.
Y llegó a suceder lo que en otras plazas de mayor solera ferial. Cada año,
cada mes se iba a menos. Y la feria murió. De ella sólo quedó un testigo: la
báscula. Doce años después tuvo que ser trasladada a un lugar que el
Ayuntamiento la dedicó para su reposo detrás de su casa, donde puede estar
padeciendo de desempleo y quizá llorando por haber servido para tan poco.
Hoy el ganado viaja en camiones con más comodidad, con más rapidez y con menos
pérdida de peso.
La facilidad que dan esos medios de transporte ha suprimido, al correr de los
años, muchos de los pequeños centros de contratación para aumentar el censo
de los que ya lo tenían bastante crecidito.
CAPITULO VII
COMUNICACIONES
Hasta finales del siglo XIX sólo se conocían en esta zona los caminos
llamados de ruedas y los de herradura. Había también la Vía Pecuaria,
reservada como es natural para los integrantes de la Mesta.
Ya casi al término de dicho siglo se dio a conocer la gran noticia. Se trataba
de un proyecto de carretera que a partir de Puente Villarente llegase por lo
menos hasta Boñar.
La noticia se extendió rápidamente por toda la ribera derecha del Porma,
afectada por este nuevo camino; pero se recibió con ciertas reservas.
¿Pasaría por los pueblos y por los pagos mejores de sus tierras que serían
ocupadas, expropiadas?. ¿Sería trazada por terrenos de poco valor, sin
obstáculos importantes y alejada de los pueblos?. No vamos a detenernos ahora
en el examen de lo que todos conocemos como un hecho consumado.
Esta importante vía provincial fue obra de varios años, de tramos desiguales
en su longitud y de presupuestos distintos. El trozo comprendido entre
Villanueva del Condado y Barrio de Nuestra Señora se empezó en el año 1889 y
se terminó en 1895.
Todavía existe en Vegas del Condado el horno donde se cocía el pan para los
obreros que trabajaban en la carretera y en el puente sobre el río Curueño.
Los viajes a la capital de la provincia, antes de construir ese camino y aún
cuarenta años después, se hacían en caballería por el camino llamado
"Camino de León", que pasaba al lado de la ermita de Villasfrías y
se dirigía al pueblo de Represa por el paraje denominado La Jana. Ese viejo
camino que tantas veces paseó el rey de León Alfonso XI para cazar en las
"manchas" de Vegas del Condado invitado por los señores de Toral
puede decirse que ha desaparecido. Se cree que el rey y su séquito elegirían
ese camino y no el de la vía pecuaria porque acortaba la distancia en más de
diez kilómetros. Este camino por la Sobarriba se lo han "engullido"
los dueños de las fincas colindantes, como ha ocurrido también con algunos
terrenos de la vía pecuaria. Los modernos medios de transporte han contribuido
a su abandono, por innecesario. Hoy el amado "Camino de León" no es
más que un recuerdo
Otra de las vías que se abrieron en los años cincuenta es la carretera que
parte del kilómetro 13 de la provincial en término de San Cipriano del
Condado, cruza el pueblo de Represa y se interna en el municipio de Valdefresno
pasando por Villalboñe, Villacil, Valdefresno y Corbillos, uniéndose a la
general en el alto del Portillo
En abril de 1955 se preguntó al ayuntamiento de Vegas del Condado si estaba
dispuesto a pagar los gastos que pudieran corresponderle. Se estudió la
propuesta y, teniendo en cuenta la mejora que suponía esa carretera para los
pueblos de Represa y Villamayor, se contestó que sí; pero se añadió que la
vía que más convenía al municipio por razón de distancia a la capital de la
provincia era la del antiguo "Camino de León", por lo que esta nueva
carretera debería tener un ramal, que a partir de Villalboñe enlazase con la
de Villaobispo pasando por el pueblo de Villavente. Se hizo esa petición aunque
se suponía que no iba a ser atendida, como así ocurrió.
El camino vecinal que una la villa de Vegas con la carretera provincial de
Puente Villarente a Boñar en su kilómetro 16, era en el primer cuarto de
nuestro siglo un camino agrícola mal cuidado. Se utilizaba principalmente en
verano y otoño debido a que en uno de sus extremos se encontraban casi todas
las eras del pueblo.
El estar cruzado este camino por varias conducciones de agua para el riego y el
desagüe, ocho en total, hacía difícil el paso para los peatones por falta de
alcantarillado o pasadizos.
Para terminar con aquel estado de cosas, y teniendo en cuenta que por la
carretera provincial ya empezaban a circular los automóviles, un presidente de
la Junta Vecinal acometió la obra de transformar aquel viejo camino mal cuidado
en el actual camino vecinal por donde pueden circular sin peligro toda clase de
vehículos, incluso los de gran tonelaje
Las primeras gestiones quedaron reflejadas en un acta de la Junta Vecinal que
lleva fecha de 20 de mayo de 1928.
Vino después el proyecto redactado, como es natural, por personal técnico del
que se hizo un detallado estudio. Este proyecto presentaba grandes dificultades
para su realización dada la situación económica de la Junta Vecinal, nada
boyante por cierto. Además, y aún dando al camino la mínima anchura permitida
y sin suprimir curvas, habría necesidad de ocupar parte de unas fincas que la
Junta tendría que pagar.
A la resistencia que oponían los dueños de las fincas que tenían que ceder
algunos metros de las mismas, se sumaba la de algunos vecinos con poca visión
de futuro mostrando su disgusto ante el temor de tener que hacer unas
aportaciones en metálico para un camino que usarían por igual propios y
extraños.
No obstante lo expuesto, el acuerdo en firme se tomó en el año 1933, y dos
años más tarde, en 1935, el camino ya era una realidad.
El importe de las obras se fijó en 23.557'07 pts. La aportación obligatoria
que correspondía a la Junta Administrativa fue de 12.593'80 pts..
La Junta tuvo que pedir un anticipo reintegrable que fue pagado en las
anualidades y condiciones que se estipularon, aunque con algún retraso, debido
a la guerra civil que padecimos.
Otra carretera en cuyo trazado intervino el Ayuntamiento de Vegas del Condado
para que no fuese desviada más de su propio término, fue la llamada de León a
Santander, paralizada en las proximidades de Barrio de Nuestra Señora en donde
enlaza con la provincial de Puente Villarente a Boñar. El proyecto de
vía lo hizo, como es natural, Obras Públicas; pero una vez empezadas las obras
se intentó variar su trazado llevándola a través de uno nuevo por otros
caminos para hacerla pasar por una extensa finca, aguas arriba del Porma. En
apoyo de esta pretensión se cree que se recogieron firmas de autoridades de
varios ayuntamientos y hasta se supone que de algunos que no tenían relación
de límites con ella.
Alertado el ayuntamiento de Vegas, hizo lo que pudo para que no se variase el
proyecto primero alejándola más de su capital.
Pare evitar ese desvío el ayuntamiento en junio de 1946 se dirigió a Obras
Públicas solicitando una variación de esa gran vía para acercarla más a la
capital del municipio. Ya en término de Santa María bajaría por el valle de
Castro y pasaría entre este pueblo y Vegas, necesitando sólo un puente sobre
el Porma y no dos, Porma y Curueño, como en la otra variante se necesitaban. En
apoyo de esta petición también se recogieron firmas de ayuntamientos y pueblos
afectados. El resultado fue el que se esperaba: desestimar ambas peticiones de
variante y confirmar como definitivo el primitivo proyecto. Después de todo,
eso era lo que se pretendía.
Parece que con esta carretera se intentó algo parecido a lo que ocurrió con la
provincial. Esta vía provincial, pasado el kilómetro 16, se dirigía al pueblo
de Cerezales cruzando el Porma pocos metros más arriba de su confluencia con el
Curueño.
Ya se habían realizado importantes trabajos de explanación y de firme en
término de dicho pueblo cuando llegó la orden de un nuevo trazado, que es el
que tiene.
Otra mejora que se introdujo recientemente en 1963, es el teléfono. Fallaron los primeros intentos ante la falta de colaboración de los pueblos por donde tenía que pasar la línea, pero sobre todo por el precio del cobre cuya adquisición, dentro de una relativa escasez reinante, no era difícil. Pero se suponía que había que pagarlo a precios que no podían figurar en factura, y esto no le iba bien a una contabilidad clara y limpia. Por eso se abandonó la idea en espera de tiempos mejores, que afortunadamente llegaron.
Otra mejora muy importante para la comunicación de los pueblos con su
capital se intentó el mismo año del derribo del Palacio. Los materiales de ese
derribo, en gran parte, fueron colocados al lado del camino que a partir de la
plaza se dirige hacia Villanueva. No sabemos si hubo proyecto previo por quien
debía hacerlo. Creemos que no y sólo con la buena voluntad de un alcalde no se
puede realizar una obra de esa importancia.
La nueva vía suponía trabajo, expropiaciones y dinero; tres fuerzas poderosas
contra las que había que luchar.
No tardó en verse el resultado: los montones de piedra que habían reposado
algunos meses a la vera del camino para vestirle en su día con traje nuevo,
hubo que levantarlos y llevarlos a lugares donde no constituyeran un estorbo.
CAPITULO VIII
FIESTAS LOCALES
No sabemos por qué no se celebra con la solemnidad que se merece la fiesta
de San Esteban, patrono de la parroquia.
El día que sigue a la Navidad es como un domingo cualquiera. Más que una
prolongación de esta fiesta, con asistencia a misa, es como un residuo de ella,
con ropa dominguera y con terminación de manjares que habían sido preparados
en abundancia para el día anterior.
Suponemos que debido a que los días por esas fechas son los más pequeños del
año, el clima es húmedo y frío y se carece de locales adecuados para las
diversiones públicas.
La fiesta principal del pueblo es el Corpus, cuando los quehaceres de su
población, agrícola en mayoría, son muchos y apremiantes.
Son dos los días festivos: Corpus y Corpines, que así llaman al segundo día
de fiesta. En el primero tiene lugar la misa solemne y procesión del Santísimo
bajo palio hasta un improvisado y sencillo altar con algunas flores instalado a
un lado de la plaza. Hace ya algunos años se barrían y se enramaban las calles
y había música y cohetes. Hoy los cohetes no se emplean y las calles no se
enraman.
La circunstancia de celebrarse también la misma fiesta en el vecino pueblo de
Cerezales, resta público a ambas localidades.
El Corpus es el jueves en el que la Iglesia celebra la fiesta de la
Eucaristía en todo el orbe católico. Esta fiesta viene del siglo XIII y fue
instituida por el Papa Urbano IV.
Se cuenta que en el año 1264 un sacerdote alemán se dirigía a Roma para
visitar los sepulcros de San Pedro y San Pablo. El sacerdote se detuvo en la
localidad de Bolsena, cerca de Orvieto, para celebrar la santa misa. Al llegar a
la consagración el sacerdote se quedó como sorprendido, ensimismado, perplejo.
Algunos fieles se acercaron a él para preguntarle si le ocurría algo y vieron
estupefactos que los corporales sobre los que descansaba la Sagrada Hostia
estaban empapados en sangre.
El sacerdote manifestó que durante la consagración había tenido dudas sobre
la presencia real y que el Señor se las había disipado haciendo brotar aquella
sangre.
Urbano IV, que estaba en Orvieto, mandó llevar a su palacio aquel lienzo y en
recuerdo del prodigio estableció la fiesta del Corpus. Mandó también levantar
un templo donde dos días al año, Pascua y Corpus, se presentan a la
veneración de los fieles los corporales milagrosos.
Si la fiesta del Corpus es como la fiesta patronal, que viene celebrándose
desde tiempo inmemorial, la de Santiago es de reciente creación.
Según costumbre, días antes del Corpus, los miembros de la Junta
Administrativa suelen recorrer las calles del pueblo pidiendo en todas las casas
para reunir fondos y atender a los gastos que origina la fiesta. Los donativos o
limosnas se reciben en especie o en metálico. Los recibidos en especie los
destina la Junta a limosna para los pobres; limosna que se les entrega el mismo
día del Corpus a la salida de misa. Hace ya algunos años se les daba parte de
ella en caliente. Grandes calderas de cobre que algunos vecinos tenían para la
colada o para preparar el amasijo de las morcillas, atendidas por mujeres
expertas en cocina, constituían el gran punto de mira de los numerosos
asistentes al gratuito banquete. Los comensales, sin discriminación de edades
ni de origen, ordenados en largas filas o dispuestos en corro, iban recibiendo
la abundante ración de comida en caliente, que más tarde completaban con el
reparto del sobrante. Era un espectáculo éste de la comida y reparto del
sobrante, muy visitado por propios y extraños. Alguno se acercaba a probar en
las mismas calderas aquella masa grasienta de legumbres, tocino y morcilla. Hoy
la limosna se da en frío y el número de comensales ha descendido
considerablemente. Casi podemos decir que no existen.
Pero ocurrió un año que los jóvenes hicieron una postulación con música y
todo, a lo que vecindario no estaba acostumbrado. Cayó en gracia y se obtuvo
buena recaudación. Se pagaron los gastos de la fiesta y hubo sobrante con el
que se pensó celebrar otra fiesta. Después de dejar pasar algunos domingos se
decidieron por el día de Santiago. Unos sencillos programas hechos a máquina
se encargaron de concentrar a cientos de jóvenes de ambos sexos en Vegas
El número principal y casi el único de aquella primera fiesta fue el corro de
aluches.
Los aluches eran el deporte preferido y casi el único en los treinta primeros
años de nuestro siglo. Los niños, desde muy niños, se ejercitaban en esa
lucha y los jóvenes la practicaban con frecuencia. Algunas veces se reunían
las juventudes de pueblos vecinos, en pleno campo, para ensayar y competir en
una fiesta próxima. Los más entendidos hacían de jueces seleccionando por
edades, por tallas, por pesos, por éxitos obtenidos; corrigiendo posturas,
tensiones, golpes, esfuerzos inútiles, etc.. Eran ensayos para establecer
categorías en competiciones mayores encaminadas a conseguir ser el campeón de
un pueblo o de una comarca. Y era de admirar cómo esos árbitros, que nunca
tuvieron en sus manos un libro sobre anatomía, al mismo tiempo que iniciaban a
los jóvenes luchadores en el vocabulario de ese deporte, les enseñaban a
evitar distensiones y traumas; sobre todo en ensayos de esta clase.
La comisión organizadora de aquella primera fiesta había establecido un
campeonato entre los ayuntamientos de Vegas del Condado, Santa Colomba de
Curueño y Vegaquemada. Se había excluido a Valdefresno por el peligro de que
terminase pronto la fiesta si se presentaba en el corro el campeonísimo Tino de
Paradilla, a quien se le podría autorizar, si así lo deseaba, que luchara con
el resultante campeón de los tres ayuntamientos citados.
Así empezó la fiesta de Santiago y desde entonces, hace más de 40 años, no
se ha interrumpido.
Los primeros años tenía lugar en unas praderas al lado de la carretera
provincial, exactamente al kilómetro 16. Allí acudían con su negocio los
vendedores de bebidas. El vino, la cerveza y la gaseosa eran los más conocidos
por aquellos años. No tardó mucho tiempo en ser abandonado aquel lugar.
Comenzaban a moverse los intereses particulares y profesionales. Los dueños de
las praderas protestaban por el daño producido en las mismas y los cantineros
del pueblo, que solían aportar cuotas elevadas para la fiesta, veían vacíos
sus establecimientos. Y la fiesta se fue al pueblo, a la plaza, donde viene
celebrándose, pero sin aluches.
Por la fiesta del Corpus el corro de aluches tenía lugar en el Sotín, junto al río, antes de ser parcelado y repartido. Un año, al carecer de campo adecuado cerca del pueblo, se llevaron a la plaza unos carros de arena que se tendieron junto a la "chopa", pero no dio resultado y se abandonó el sistema.
Ya casi al finalizar los años veinte de nuestro siglo se dio en la plaza una corrida de toros. Se instaló una valla de trillos, tablas y carros agrícolas desde donde la gente presenció la corrida sin peligro. De los cuatro novillos presentados se lidiaron solamente dos. Por aquellas fechas no existía el pozo artesiano, que vemos hoy.
Más reciente es la fiesta de San Isidro, instituida por la Hermandad
Sindical de Labradores y Ganaderos. Se celebra el 15 de mayo. Lo más importante
de ella, aparte de la misa, es la procesión con la imagen del santo hasta las
afueras del pueblo, desde donde el sacerdote procede a la bendición del campo.
Seguidamente y con buen orden se regresa al templo. La imagen suele llevar por
adorno unas espigas de cereal en la mano.
Pero todas estas fiestas, que antes no se conocían sin un buen corro de
aluches, hoy se celebran sin ellos. Todo se reduce a baile cuando hay música, a
trabajar menos que otros días y a pasar más horas en el bar.
CAPITULO IX
EL RÍO PORMA
Nos cuenta el cura Pedro Alba en su "Historia de la montaña de Boñar",
escrita en 1863, que según una antigua leyenda de la época romana hubo unos
personajes de gran renombre en esta zona de nuestra provincia: Polma (Porma),
joven de extraordinaria belleza, Curieno (Curueño) y Canioseco (Canseco).
También vivió por entonces una bruja o hechicera llamada Libia (Tolibia), que
fue sepultada en el Pozo del Infierno, junto a Villalfeide, por sus muchas
maldades. Pero dejando a un lado la leyenda, sigue diciendo D. Padro Alba, el
nombre de Porma lo recibió de una ciudadela romana muy próxima a San Vicente
del Condado, según se desprende de una escritura del monasterio de Eslonza.
El paso del río ha constituido en todo tiempo un problema que no ha podido
resolverse plenamente, ni aún hoy, por el caudal regulado por el embalse de
Vegamián
Tengamos en cuenta que a la izquierda del río existen varios kilómetros
cuadrados de monte, donde una buena parte del mismo está hoy plantada de pinos,
y en donde se alimentaban en otros tiempos cientos de ovejas y cabras atendidas
por pastores profesionales y en algunas épocas del año numerosas reses de
vacuno cuidadas por los propios dueños, y que de este monte bajaban leña para
sus hogares o se les facultaba para hacerlo a todos los vecinos del pueblo
mediante el pago de un pequeño canon que solían llamar "la
licencia". Para el pago de esa licencia en el año 1925 la Junta
Administrativa hizo el siguiente reparto: 0'40 pts. por vecino, 0'07 por cabeza
de recrío, 0'06 por cabeza de cabrío, 0'04 por cabeza de lanar y 0'08 pts.
para el retiro de los pastores. De este pago quedaban exentos únicamente el
cura y los guardias civiles, que recibían la leña en su casa libre también de
gastos de acarreo y corta.
Para estos aprovechamientos el río era un serio obstáculo porque en aguas altas no se podía cruzar ni en caballería y los pastores, cuyos apriscos distaban del pueblo menos de un kilómetro, tenían que hacer un largo rodeo por el puente de Cerezales con un recorrido de más de doce kilómetros entre ida y vuelta.
Al correr de los años veinte de nuestro siglo se mejoró el paso del río
solamente para el personal; dos gruesos cables sujetos a postes de hierro
situados en ambas orillas sostenían un cajón con ruedas que se deslizaba
suavemente sobre ellos al tirar de otro cable delgado y flexible. Este sistema
no necesitaba de guarda o encargado. El viajero podía mover el cajón a su
gusto tirando del cable delgado y cruzar el río en todo tiempo sin pagar
portazgo alguno.
Este sistema, aunque resultaba insuficiente y pausado, hubiera continuado por
mucho tiempo a no ser por una gran riada que cambió el lecho del río haciendo
inoperable el paso con el cajón. Se pensó entonces en una barca. Uno de los
cables tendido sobre el río y bien amarrado a gruesas piezas de roble con
rodillo tensador, se instaló a unos cien metros aguas arriba donde la corriente
era más suave. Y allí se llevó una barca. La barca no era de gran tamaño,
pero cabían en ella varias personas y algunas cabezas de ganado lanar o
cabrío.
Pero la barca no podía quedar sola, abandonada como estuvo el cajón toda su
vida. Se necesita un barquero que la sirviese y la cuidara.
También esto constituyó un problema. ¿Quién pagaba al barquero?. La barca
era necesaria sobre todo a los ganaderos por cuya iniciativa se instaló.
Ganaderos, labradores propietarios o arrendatarios de fincas al otro lado del
río, forasteros, vecinos que no eran ni una cosa ni otra. ¿Cómo se calculaba
al pago, por cuotas, o igualas sin saber las veces, por meses o por años que se
iba a utilizar ese paso?.
Las preferencias, más tarde generalizadas, y el tipo fijado en metálico para
cierta clase de personas que utilizaban pocas veces ese paso, no constituyó
gran aliciente para solicitar el cargo de barquero por el poco rendimiento que
daba. Únicamente, cuando no se encontraba trabajo más remunerado o cuando no
se valía para otra cosa, se solicitaba ese cargo.
Dos fueron los barqueros que merece la pena citar: Tomás, alias Whisky, de
poca responsabilidad en el cargo, y Justo, que cumplió bastante bien. Tomás se
juntó con una mujer llamada Sofía y eran poco exigentes en el trabajo, en la
alimentación y en el descanso. Tomás había conocido como grumete algunos
puertos del Atlántico. Él era gallego y ella asturiana. Se casaron en Vegas,
pero a Sofía se la bautizó antes bajo condición, pues las noticias que se
tenían sobre este asunto eran algo confusas. Algún tiempo después abandonaron
esta localidad para hacerse cargo de la barca de Secos de Porma, donde
terminaron sus días. Pero, pasados unos años, la barca de Vegas empezó a dar
agua. También los ganaderos iban a menos. Cuando los tallares jóvenes no se
respetaban, las cabras terminaban con ellos y había que condenarlas al
matadero. Con la merma de ese ganado, con el abandono de algunas tierras de
labor y con la subida del sueldo a los pastores, que además querían comer a su
cuenta y no por corrida en casa de los ganaderos, parece que se perdió algún
interés por el ganado lanar, que era lo único que quedaba.
Algunos ganaderos dejaron de ir a "ajotar" y el pastor, cuando volvía
con el ganado al aprisco, no podía llevar con orden el dar a cada madre su
hijo.
El paso de personas, por diversas causas, también fue disminuyendo y el
oficio de barquero abandonado. La barca quedó sola y con agua en su interior
que nadie se cuidaba de sacar, y así terminó su vida. Todavía no habíamos
llegado a los años 50.
CAPÍTULO X
LAS VILLASFRÍAS
Punto y aparte merece la ermita llamada Las Villasfrías.
Esta ermita, cuyo origen lo suponen algunos en el siglo XIV o en el XV era el
único templo que según la tradición tenía el pequeño pueblo Villafrín o
Villafría, situado en torno a ella y también al caserío de San Salvador, algo
más al sur.
No hemos podido comprobar si son o no son ciertos estos datos que la tradición
ha hecho llegar hasta nosotros, pues no conocemos más fechas con relación a la
ermita que las que figuran en las dedicatorias de los numerosos exvotos que
exornan el interior de sus muros, sin que ninguna de ellas alcance los
mencionados siglos; aunque algunas no pueden leerse porque el tiempo y el
descuido las han borrado.
Al despoblase la localidad de Villafrín por traslado de sus moradores a Vegas y
a Villanueva, la ermita pasó a ser por igual de ambos pueblos y sus tierras
próximas quedaron mixtas de las dos localidades. Y ocurrió entonces, sigue
diciendo la tradición, que cada pueblo quiso tener su virgen, llevando otra
imagen al único altar que tiene el templo. De ahí viene el nombre de Vírgenes
de Villafría o simplemente Las Villasfrías, nombre que incluye a imágenes y
templo, que son por igual de ambos pueblos. En ese acuerdo de tener dos
imágenes de la misma virgen en la ermita, podemos ver quizás los primeros
síntomas de unos deseos de noble y hasta superada emulación entre ambas
localidades, cosa que se ha venido observando a través de los años en algunos
actos religiosos o profanos cuando su organización es exclusiva de una de las
partes. Existe armonía y franca colaboración cuando se trata de trabajos de
arreglos, de convenios, de gastos en común; pero no suele ocurrir igual cuando
los actos a realizar son exclusivos de uno de los dos pueblo. Entonces se pone
el mayor empeño en la mejora, en ser más, con lo que los fieles y el público
en general salen ganando.
Hasta bien entrado nuestro siglo la ermita se encontraba en terrenos que habían sido mixtos durante mucho tiempo. Al dividir esos terrenos la ermita quedó en término de Villanueva. Aunque no existe signo alguno que divida el templo, parece como si una recta imaginaria separara ambas mitades, colocándose los fieles de Vegas frente a su imagen, en la mitad norte y los de Villanueva en la mitad sur, frente a la suya. Y así viene sucediendo desde tiempo inmemorial. El terreno mixto con Villanueva se dividió el 31 de enero de 1934.
Este viejo templo, no obstante la devoción que las gentes de estas tierras tienen a sus imágenes y el interés mostrado a veces por ambos pueblos para que la fiesta y el santuario se conserven y mejoren, ha venido padeciendo en algunas épocas de su historia de cierto deterioro al que los mayordomos no han querido o no han podido corregir a su debido tiempo, poniendo en peligro la existencia misma de la ermita y de su única fiesta anual.
El 12 de mayo de 1861, reconstruido el templo, una comisión de ambos pueblos toma el acuerdo "para siempre" de no realizar trabajos serviles y mecánicos el segundo día de rogativas de mayo, en honor de la santísima virgen, por los grandes y extraordinarios beneficios recibidos de ella y mientras las imágenes subsistan en dicho templo. En el año 1833 el concejo de Vegas toma el acuerdo, firmado también por el "fiel de fechos", de castigar con dos reales a los vecinos que falten a las letanías el segundo día de las mismas.
En el año 1857 el párroco de Vegas D. Pedro González escribió al obispo dándole cuenta del estado ruinoso de la ermita, y que los mayordomos retenían cantidades que no entregaban. El obispo autorizó al párroco para recaudar fondos y al arcipreste del partido para que bendijese el templo, si lo creía necesario, una vez concluidos los trabajos. Al año siguiente se rindieron las cuentas de las obras realizadas que, juntamente con algunos objetos comprados para el templo, importaron 804 reales.
Las imágenes de la virgen con el niño eran unas tallas de madera de menos de un metro de altura y algo desiguales en el grueso, con policromía algo deteriorada. De antiguo venía la devoción de las gentes y el interés por la conservación del templo.
En el año 1934 la vecina de Vegas del Condado, Dª. María Fernández,
regaló al templo dos nuevas imágenes de la virgen, de mayor tamaño que las
viejas, instalándolas en sitio preferente del altar. Son una producción de la
imaginería moderna, muy bonitas; pero las gentes parece que rezaban más a las
viejas tallas. Por eso recibieron con pena la noticia de su desaparición del
templo. Fueron robadas.
Unos días antes había tenido lugar otro robo. En la casa de Dª. María
Fernández, y al lado del monumental escudo que todavía existe encima de la
puerta de entrada, había una pequeña piedra con inscripciones, al parecer, de
alguna importancia heráldica. Una noche fue arrancada de su sitio. La piedra
apareció y se cree que está en el museo arqueológico provincial; las
imágenes no.
Las Villasfrías es el único santuario que existe en varios kilómetros a lo
largo de la margen derecha del río Porma. Solamente un día al año tiene lugar
la fiesta religiosa y profana a un tiempo. Hay en esta fiesta extraordinaria
concurrencia de público, en especial de jóvenes.
Cada año corresponde su organización a uno de los dos pueblos. El martes antes
de la Ascensión, día central de las rogativas, es cuando tiene lugar la gran
solemnidad. A la hora convenida el día anterior por ambos pueblos, salen las
procesiones de sus respectivos templos parroquiales con la cruz alzada, faroles
encendidos, estandartes de asociaciones religiosas, música y pendón, sin que
falten los cohetes. Y todo con gran orden en el recorrido del largo camino. Si
una llega antes espera a la otra en la explanada que hay frente al templo. Una
vez juntas se saludan con una pequeña inclinación de las insignias religiosas,
permaneciendo enhiestas las del pueblo a quien corresponde la organización ese
año. Resulta muy vistoso el saludo de los pendones que en aquel momento suelen
llevar los jóvenes más forzudos del lugar, que lo apoyan en su cinto y lo
sujetan con una sola mano, si el viento no lo impide. Antes de entrar en la
ermita suelen dar una vuelta alrededor del templo.
Momentos antes de empezarla misa, las jóvenes del pueblo a quien corresponde
la organización de la fiesta, cantaban y ofrecían un ramo de flores a las
vírgenes. También la misa era cantada por un coro de voces del mismo pueblo.
Algunos años ha habido sermón.
Para los gastos religiosos originados con tal motivo hay establecida una
costumbre que consiste en nombrar a un vecino, en la que alternan ambos pueblos,
para que pida en todas las casas del lugar y presida después la mesa petitoria
instalada en el interior del templo el día de la fiesta. Ambos nombramientos se
llevan rigurosamente en cada pueblo entre los vecinos casados, que residan en la
localidad y por orden de fecha de sus primeras nupcias.
La organización de los actos y la costumbre seguida durante muchos años ha
sufrido cambios importantes.
Antes, en el primer cuarto de nuestro siglo, el mayordomo o el presidente de
cada pueblo, terminada la misa, convidaba dentro de la sacristía a las
autoridades asistentes y a alguna persona distinguida entre los forasteros, como
delicada atención a su asistencia a los actos religiosos. El resto del
vecindario, varones, colocados en los portales del templo, cada pueblo en el
suyo, consumían una buena ración de escabeche, pan y vino que pagaba su junta
administrativa. En el capítulo de gastos consignados por la junta
administrativa de Vegas en el año 1899, con motivo de la fiesta que comentamos,
figuran las siguientes partidas: por dos cántaros de vino, 9'50 pts. por
derechos de insignias 2'25, por letanías 9 pts.
Terminado el convite se regresaba al templo parroquial del pueblo en
procesión ordenada. Hoy ya no se da ese convite y los vecinos y demás fieles
asistentes regresan a sus casas en algún desorden. Algunos años, cuando el
tiempo lo permitía, grupos de personas no regresaban a casa hasta que terminaba
la fiesta de la tarde. Llevaban merienda, casi siempre a base de trucha
preparada en casa de la Ponza, o escabeche o bonito de la Melánea y vino
abundante, que consumían sentados en la pradera mientras daba comienzo la
fiesta profana, que solía tener dos números solamente: baile de dulzaina y
tambor y corro de aluches.
También esta costumbre de llevar merienda se ha perdido.
La fiesta profana tiene lugar por la tarde después del rezo del santo rosario;
y es en esta fiesta donde mejor se veían los deseos de superación de ambos
pueblos. Ninguno quería ser menos de lo que había sido el otro el año
anterior. Era ya tradicional el deseo de ser más, de superarse, aunque para
ello supusiera el aumento de gastos
El siguiente ejemplo puede dar una idea exacta de la anterior afirmación. Un
año, creo que fue en el 1924, los jóvenes de Vegas organizaron los festejos
más importantes que jamás se habían visto en ese día. El entusiasmo juvenil
consiguió la ayuda valiosa, desinteresada y eficaz de los vecinos, gracias a la
cual se pudieron cumplir todos los números del programa, cosa nueva esto del
programa ya que nunca se había programado fiesta alguna con tal motivo. Hubo
cucañas, carreras de cintas a caballo y en bicicleta, carreras de sacos y un
gran mayo, que era un gran chopo mondado y enjabonado en su tercio superior para
entorpecer los intentos de los trepadores que deseaban llegar hasta una bandera
situada en lo más alto, con este letrero: Vale 20 pts.
Para todos los números del programa había premios, incluso para la pareja que
mejor bailase la jota y desde luego para el campeón del corro de aluches, que
se tenía como el número más importante de la fiesta.
El principio de estos festejos, que comenzaron por la tarde, se anunció con
numerosos globos grotescos, que al ser empujados por un ligero viento del norte
cruzaban a buena altura la pradera de la ermita, perdiéndose en el espacio y
constituyendo para muchas gentes un espectáculo nunca visto.
El número del programa que adquirió mayor relieve fue el corro de aluches.
Jamás se había visto en Las Villasfrías un corro tan numeroso, ni con tantos
atletas, ni que durase tanto tiempo. No existía por entonces ninguna
federación de esta clase de lucha, ni categorías, ni comisiones oficiales que
presidieran el corro. Este lo organizaban y dirigían dos o tres personas del
pueblo con alguna forastera, y sus órdenes se cumplían sin protestar. Algunas
veces se formaban dos bandos: ribera contra montaña o valle de un río contra
valle de otro. Pero el año a que nos referimos no hubo bandos; hubo sí una
selección de luchadores hecha por los representantes de cada pueblo o de cada
agrupación de pueblos que iban enviando al corro de lucha al joven que juzgasen
podía competir mejor y derribar al que había quedado dueño del corro. La
lucha, en esta clase de competiciones, solía comenzar por los más jóvenes,
casi niños en edad escolar, a los que seguían gradualmente los mayores hasta
llegar a las parejas de más fama.
Aquel año el corro de aluches duró mucho tiempo. Ya había cesado la música
de dulzaina y tamboril porque había anochecido pero el corro, alumbrado por los
faros de dos automóviles, raros todavía por aquellos tiempos, seguía actuando
con el mayor entusiasmo. Había que esperar; las gentes deseosas de presenciar
la lucha de los mejores, iba cerrando el corro que Agapìtón procuraba
ensanchar blandiendo un puñado de ortigas de las de verdad.
Los tenderos, situados en los bordes de la pradera de la fiesta, se apresuraban
a recoger en sus carruajes el sobrante de sus mercancías y haciendo cálculos a
una año vista de los ingresos futuros con la experiencia de un año más.
Corros estos de Las Villasfrías donde se iba a ganar honores más que dinero.
Donde Tino el de Paradilla iba a lucir su maestría y donde Campús el de
Villanueva mostraba su juego limpio y su elegancia en la lucha.
La lucha aquel año fue un éxito de organización: podemos decir que fue la
más importante y atractiva de todas las celebradas en el presente siglo.
La reacción del pueblo de Villanueva no se hizo esperar y al año siguiente
contrató nada menos que a la banda completa del Regimiento de Infantería
Burgos 36, de guarnición en León, banda muy vistosa pero que no satisfizo al
público joven, que por entonces entendía más de bailar la jota con dulzaina y
tamboril que de interpretar un vals o un paso doble, aunque lo tocaran la
música completa de un regimiento. Y las gentes quemaron la tarde paseando y
mirando el brillo de los instrumentos musicales que ofrecían bellas melodías
desconocidas para la mayoría del público.
Desde entonces la fiesta ha venido a menos; sólo en dos ocasiones hubo algo
saliente: el día de la inauguración de las nuevas imágenes y en de la
concentración de niños y maestros con autoridades municipales y locales y gran
número de vecinos de todo el municipio en acción de gracias por haberse
terminado la guerra civil.
Por lo demás la fiesta ha perdido interés. Ahora hay otro público con otros
gustos que quiere otras diversiones, que tiene una ermita más descuidada, sin
que las vírgenes viejas hayan vuelto para corregir tanto abandono.
EL REZO DE LAS CIEN AVEMARÍAS.
Es una de las devociones más antiguas que se conocen y que se sigue practicando
en al actualidad. Tiene lugar el día 25 de marzo de todos los años.
Gran número de mujeres, hoy en merma por el continuo descenso de la población
en estos pueblos, se acerca a la ermita para practicar ese rezo. Es una
devoción y una penitencia extraordinaria; pues el arrodillarse y ponerse de pie
cien veces en un corto espacio de tiempo y en suelo desigual, se producen
molestias en algunos músculos, doloridos durante algunos días. Esta devoción
se practica en el exterior del templo al que van rodeando durante el rezo. El
grupo de devotas lo dirige una mujer que empieza recitando esta invocación:
Anima mía,
por ti sufrió mi Dios muerte y pasión,
por el Valle de Josefat pasarás,
al enemigo encontrarás
y le dirás:
apártate de mí, Satanás,
que en mí no tienes parte
ni la tendrás,
que el día de la Virgen María
cien avemarías recé,
cien veces me santigüé
en el nombre del padre, del Hijo, y del Espíritu Santo
Amén.
Seguidamente comienza el rezo. En cada avemaría las devotas se santiguan, se arrodillan y se ponen de pie. Cuando se han rezado las diez primeras, se considera terminado el primer misterio y se pasa al segundo con la invocación del primero y así se continúa hasta terminar los diez misterios que completan las cien avemarías.
No conocemos para estas vírgenes más advocación que la de Villasfrías y
aunque alguna vez se las ha sacado en procesión para implorar la lluvia, no es
corriente que los pueblos peregrinen al santuario para pedir favores el cielo
contra una calamidad pública o para que les perdonen sus muchos pecados. Ha
sido la devoción particular la que ha expresado su agradecimiento por medio de
los numerosos exvotos colgados de los muros del templo.
No obstante alguna vez se acudió a la ermita pidiendo agua para el campo, y
sobre este asunto vamos a referirnos solamente a dos casos ocurridos en este
mismo siglo XX.
El primero fue protagonizado conjuntamente por los dos pueblos propietarios de
la ermita. Cada uno llevó a su virgen al templo parroquial donde tuvo lugar la
novena con asistencia en masa del vecindario. Hoy la gente no se acuerda si la
lluvia llegó a tiempo y en la cantidad que se quería; se acuerda más bien del
incidente ocurrido dentro de la ermita al empezar los actos. Una señora de
Vegas había regalado al templo una mesa que es la que vienen utilizando los
mayordomos de ambos pueblos como mesa petitoria el día de la fiesta. Pero aquel
año hacían falta dos mesas y no había más que una regalada por la Srª.
Cristeta y en ella no podían colocar más que unas andas con la imagen
correspondiente. ¿Y la otra?. Se armó la marimorena, oyéndose palabras muy
fuertes en uno y otro bando, hasta que uno de los sacerdotes intervino llamando
a las jóvenes a la cordura y evitando que el lamentable incidente terminase en
unos tirones de moño.
Los actos siguieron después con toda normalidad y orden dentro de cada templo
parroquial.
Durante la novena, muy concurrida, se entonaron cánticos a la virgen pidiendo
el remedio contra la sequía, que amenazaba con la pérdida de los frutos de la
tierra. He aquí una de sus más bellas estrofas:
Ya que sois nuestra madre en el campo
mírales qué marchitos están;
tiende, Madre, sobre ellos tu manto
y haz que empiece la lluvia a brotar.
En otra ocasión la sequía no afectaba tanto a la vega del Porma, que se iba defendiendo con el riego, como a los campos de secano próximos al río, que veían amenazadas sus cosechas si no llegaban pronto las lluvias, y para implorar los auxilios del cielo los niños de Cañizal, ensayados y dirigidos por su maestro llegaron a la ermita entonando cánticos de alabanza a la virgen pidiendo seguidamente la lluvia para sus tierras sedientas. Parece que todavía resuena en nuestros oídos el canto y la letra de los cuatro últimos versos del estribillo:
María, ten piedad
y el agua beneficiosa
envíanos, piadosa
que hay mucha sequedad.
Pronto surgió el comentario poco respetuoso y un tanto irónico. El agua no llegó, pero las vírgenes no tuvieron la culpa. El quid del asunto estuvo en que no dijeron a qué virgen se la pedían y una por mor de la otra no se la mandaron, como decía la gente.
EL ALTAR DE LA ERMITA
Hemos dicho que la ermita fue reconstruida en el bienio 1857-58, habiéndose
comprado también algunos objetos para el templo. Todavía se aprecian hoy los
restos de un cimiento unido al muro de su fachada principal por la parte norte.
Veinte años antes de esa fecha, en 1837, por la Ley Mendizábal, quedaron
exclaustrados en toda España unos 36.000 frailes, siendo destruidos por la
piqueta revolucionaria numerosos objetos de gran valor religioso y artístico.
En el año 1859 se solicitó del señor Obispo para la iglesia de Vegas un altar
procedente de los religiosos exclaustrados de San Francisco, de León; altar que
se encontraba por entonces en la parroquia de Renueva de la capital y que fue
enviado a Vegas juntamente con la imagen de San Francisco, pero que al colocarlo
en el templo parroquial resultó pequeño.
La ermita acababa de ser reconstruida y estaba pobre en ornamentos religiosos
por hallarse inservibles o muy deteriorados los que poseía, entre ellos su
pequeño altar. Con tal motivo se instaló en la ermita el altar que habían
enviado para la iglesia de Vegas y, con objeto de evitar discordias que pudieran
surgir entre los dos pueblos, con fecha 20 de noviembre de 1859 se hizo constar
en acta, en la que entre otras firmas figuran las de los párrocos de Vegas y
Villanueva D. Jerónimo Corral y D Julián González así como la del mayordomo
D. Rafael Lorenzana.
Por aquellos años, y hasta un siglo más acá, se decían muchas misas en la
ermita. Las gentes lo conocían por el sonido de la campana de su iglesia y
siempre acudían algunas personas. Era en cierto modo un sacrificio el recorrer
a pie un largo camino mal cuidado, empleando gran parte de la mañana en el
viaje de ida y vuelta; era la fe, era la devoción heredada de los padres y
todavía más de los abuelos. Hoy el camino parece más largo, con más polvo y
la hierba con más rocío. La ermita se ve, cada año que pasa, más sola y en
su fiesta principal, según una atrevida afirmación, ya no van ni los pendones.
Esta gratuita afirmación que se dejó oír en 1977 viene a expresar el dolor,
la pena que les produce hoy a los hombres de edad avanzada, a los viejos, al ver
las procesiones más importantes sin el ondear de las bandas coloreadas de los
pendones. El pendón es para ellos el adelantado que completa la bella estampa
al viejo estilo de una procesión bien organizada.
Cuando en los pueblos había más juventud se tenía por un gran honor llevar
desplegada a todo viento esa hermosa insignia sin más compensación que exhibir
una fuerza, una resistencia, ante un público entre el que podía encontrarse la
joven que cruzase su mirada con la del portador del gran estandarte. Hoy en
estos pueblos queda poca juventud y el pendón, cuando es de gran tamaño, no
está para que lo lleven personas de avanzada edad. Quizá por esa razón en el
año 1976 el regreso desde la ermita al templo parroquial lo hizo en un carro. Y
en el templo lo hemos visto tendido en el suelo sin que nadie le vista su
guardapolvos, aunque sólo fuera para ocultar la desordenada envoltura de sus
bandas descoloridas, deterioradas y evitar ser hollado en un descuido por quien
tal vez, en un día no lejano, lo llevara apoyado en su cinto o tirase del
cordón para vencer la resistencia del viento entre sus bandas desplegadas. Este
pendón que ya ha vuelto a salir del templo, se compró el 4 de mayo de 1929 y
costó en total 680 pts.
Afortunadamente, y con gran contento de los numerosos amantes de esta fiesta,
reparado en parte el viejo templo, parece que se ha iniciado un cambio de fecha,
bien estudiado, para su celebración. Se ha elegido el segundo sábado de mayo.
Aquellos acuerdos de 1833 y 1861 que ya habían perdido vigencia, parece que se
van a olvidar definitivamente. La juventud, que es la gran promotora de esta
clase de festejos, ya no tendrá problemas para hacer un difícil puente de
principio de semana en tiempos de trabajo y estudio, como es el mes de mayo. La
fecha elegida parece que ha gustado mucho. Ahora lo importante es que el
entusiasmo no se pierda, que se estabilice y que si es posible que siga
avanzando. Dar marcha atrás sería ir olvidando una de las más hermosas
tradiciones de nuestros pueblos.
CAPÍTULO XI
CAZA Y PESCA
España ha tenido fama de ser país donde abunda la caza.
En opinión de algunos etimologistas la palabra España significa tierra de
conejos. Y es bien sabido que los romanos representaron a a nuestra nación con
la figura de una matrona con un conejo a su lado.
Si de aquellos lejanos tiempos venimos al siglo XIV de nuestra era nos
encontramos con que la zona de Vegas del Condado, donde tenían extensas
posesiones los marqueses de Toral, fue escenario de grandes cetrerías en las
que tomaron parte, al lado del vencedor del Salado, lo más selecto de la
nobleza leonesa.
Estaba por entonces muy lejos el frente de lucha y aunque los moros ya usaban
artillería, sus disparos no podían inquietar a nadie a tamaña distancia.
Aprovechando esta paz tan alejada del campo de batalla, Alfonso XI gustaba de
organizar jornadas de caza por las que sentía gran placer, sobre todo por las
monterías. Y solía recibir con agrado las invitaciones que con tal motivo le
hacía la nobleza.
Una de estas jornadas cinegéticas, que duró varios días, tuvo lugar en las
"manchas" de Vegas del Condado y en el Monte del Rey, que quizá fuera
el llamado "Ruy yermo", hoy Valderrodezno. A ella acudió Alfonso XI
con gran séquito de damas y caballeros invitados por D Pedro Núñez de
Guzmán. Y aquí, en una de esas manchas o cotos es fama que estuvo a punto de
ocurrir un lance de honor, que el mismo rey supo cortar a tiempo, provocado por
el astuto moro Mulhacín, halconero de los marqueses de Toral, a quien León le
ha dedicado la calle que antes llamábamos Travesía de Santa Cruz.
Otro salto de seis siglos y nos ponemos en el XX.
La abundancia de licencias de caza y, todavía más la de escopetas, siempre
estuvieron en razón inversa a la abundancia de caza. Un año o dos sin cazar
significa abundancia para el siguiente, como ocurrió en 1936 y 1937. A partir
de 1940 la caza empezó a escasear en la zona. Entre las causas que han motivado
esa escasez podemos señalar las siguientes:
1º.-La aparición de la mixomatosis
2º.-La cava de las madrigueras durante las grandes nevadas
3º.-El posible empleo del hurón
4º.-La "espera" en tiempo de veda y aún fuera de esta
5º.-La caza nocturna en automóvil a la luz de sus faros
6º.-La abundancia de licencias
7º. Los incendios forestales
8º.-La mezcla de cultivos en los pagos que impiden la libertad de movimientos delcazador de aves migratorias.
9º.-El abandono de fincas de labor donde antes crecían los cereales que alimentabana numerosos ejemplares de esa sabrosa gallinácea llamada perdiz
10º.-La falta de zonas acotadas, únicas que podrían suprimir o por lo menos moderar el descenso de los niveles ecológicos de las especies cinegéticas.
Por
eso escasea la caza menor en esta zona. Y los cazadores parece que se van dando
cuenta que sin reservas, sin cotos, cada año que pasa cobrarán menos piezas.
En cuanto a la caza mayor tampoco abunda, aunque alguna vez se ha conseguido
algún ejemplar de jabalí. Como caso extraordinario puedo citar una montería
que tuvo lugar en una finca de D Emilio Ferreras Campos, lindante con el
término del monte de esta villa de Vegas, finca denominada El Membrillar. En
esa montería, realizada en el año 1967, se cobraron cinco hermosos ejemplares
de jabalí. Estuvo bien organizada y además con suerte.
Tampoco es de ahora la fama del río Porma como río truchero.
Son muchos los kilómetros de ríos trucheros que tenemos los leoneses. Coja
usted un mapa de nuestra provincia; fije un brazo de un compás en un punto
cualquiera al sur de Castrocalbón, alcance con el otro brazo a Villafranca del
Bierzo, hágale girar hasta tocar los límites con otras provincias y cuente los
ríos que han quedado dentro del sector. Todos esos ríos son trucheros; es
decir que desde el Selmo y Cabrera hasta el Cea se capturan todos los años por
los amantes de ese deporte hermosos y abundantes ejemplares. Y es León la
ciudad española donde se celebra la Semana Internacional de la Trucha.
Pero volvamos a nuestro río.
Ya en el siglo X se hablaba de sus truchas. Eran los tiempos de la gran escasez
de alimentos. La guerra para reconquistar nuestro suelo dejaba a los pueblos en
la mayor miseria. La repoblación de nuestras aldeas y sobre todo de nuestras
ciudades se encontraba con ese grave problema. Los reyes tenían que dictar
leyes muy rigurosas para que la entrada de víveres en las ciudades no se viera
mermada por los logreros y ladrones profesionales.
Con respecto a este difícil abastecimiento encontramos un interesante pasaje en
un libro del Sr. Sánchez Albornoz titulado "Estampas de la vida en León
hace mil años". Nos dice este ilustre autor que en tiempos de Ramiro III
se pudo contemplar la siguiente escena en un lugar llamado "Puerta del
Obispo": un desdichado que había sido desposeído previamente de casi
todas sus ropas y ante la presencia de numeroso público, recibía de un sayón
numerosos vergajazos por haber sido sorprendido desvalijando a unos pescadores
del alfoz, que traían a León truchas del río Porma.
Ante la fama, al parecer bien ganada de las truchas de este río, cabe suponer
que D Pedro Núñez de Guzmán, al invitar al rey de León Alfonso XI a una
cacería de varias jornadas en sus posesiones de Vegas del Condado le
obsequiara, juntamente con la nobleza de su séquito, con truchas y cordero del
país, que eran los platos favoritos más importantes en el yantar de las mesas
señoriales.
Por entonces y en siglos más acá se usaba y abusaba de esta clase de pescado,
sobre todo en aguas bajas estivales, por lo que se llegó a temer la
desaparición de la especie en algunas zonas del río más castigadas.
El problema se hizo más agudo cuando, ya en tiempos modernos, comienza el
aprovechamiento de las aguas para el riego, dejando al río sin corriente
durante muchos días de verano. La pesca se refugiaba en algunos pozos que
contenían escasamente el agua necesaria para no morir. Allí se la perseguía
con toda clase de aparejos. No era raro ver por las orillas del río en aguas
bajísimas a personas provistas de un arpón, especie de un tenedor llamado
"rejaque" para descubrir y dar muerte a la trucha que buscaba la
sombra proyectada por unos yerbajos en el agua o el freso de una pequeña
corriente para no morir de asfixia
No obstante y como por arte de encantamiento, al subir el nivel de las aguas
salvando el obstáculo de las presas para el riego, el río se volvía a poblar
alcanzando niveles parecidos todos los años.
El río, desde siempre, se le ha tenido por algo muy importante para el
bienestar de los pueblos por el variado uso que se hace de sus aguas y por su
riqueza piscícola
En cuanto a la pesca los pueblos vieron en el río durante muchos años un
capítulo de ingresos que contribuían a sanear la escasez de recursos durante
buena parte del año; por eso lo arrendaban
El arriendo del río en la localidad de Vegas del Condado se solía hacer por un
año y el precio que tenía que pagar el arrendatario era de dos clases: en
dinero y en especie. El dinero estaba sujeto a variaciones, pero lo pagado en
especie rara vez admitía cambios pues conocemos el del año 1833 en el que
figuraban una libra de cera, un cántaro de vino para el día de Villasfrías y
cuatro libras de truchas para el cura el día del Corpus. Y estas mismas
especies las vemos en el arriendo del año 1885, año en que empezó a pagarse
el arriendo en pesetas. Pues antes eran el real y el maravedí las monedas en
uso
A partir de 1885 las entregas en especie sufrieron cambios en más o en menos
hasta ser suprimidas totalmente, pues según los datos que tenemos referidos al
año 1898 el pecio del arriendo fue solamente de 25 pts. Y de 21'30 pesetas en
el de 1899.
Pero veamos también la otra cara de la moneda. Al limitar el número de
arrendatarios es natural que se produjeran serios disgustos entre los pescadores
que veían apolillarse sus redes mientras otros las usaban a placer. Era la
amistad, entre otras causas, la que entraba en juego en esta clase de
concesiones. Y de ello tenemos sobrados ejemplos en los primeros cuarenta años
de nuestro siglo
Afortunadamente este trato desigual ha terminado. Hoy no es el favor, es la ley
la que ha colocado en un plano de igualdad a todos los pescadores
Refiriéndonos a nuestros tiempos, dos hechos importantes se han producido en
orden a la riqueza piscícola de nuestro río: la regulación de la corriente
durante el verano por el embalse de Vegamián y el establecimiento de zonas
acotadas. Estos dos hechos, no obstante el aumento casi exagerado de pescadores,
han aumentado en cantidad, en calidad y en peso los ejemplares capturados, como
lo prueban con sus cañas las numerosas personas que se dedican a este bello
deporte.
Además de la trucha otras especies de pescados menos importantes se han venido
capturando en las aguas de este río. El barbo, que está en merma y ya no suele
pescarse con caña ni con el farol por las noches y la boga, que sigue abundando
y es muy fina. También escasean hasta poderlas considerar como desaparecidas la
anguila, la carpa y la tenca
El cangrejo es otra riqueza que nos da el agua en esta zona.
En el primer tercio de nuestro siglo se capturaban grandes cantidades de este
crustáceo usando para ello distintas artes, incluso a mano. Se destinaban casi
en su totalidad para el consumo propio.
En la actualidad se ha extendido mucho el consumo de este pescado. Los
traficantes de la capital lo buscan con avidez. Se paga a precio muy elevado,
por lo que ha aumentado considerablemente el número de pescadores.
Hoy se quejan de que escasea mucho y lo atribuyen a las siguientes causas:
1º.- Las aguas frías procedentes del pantano de Vegamián
2º.- L abundancia de pescadores
3º.- En el poco reparo en el tamaño de las piezas capturadas
4º.- La monda de las conducciones de agua para el riego
Para que la riqueza piscícola de nuestros ríos no vaya a menos dispone ICONA
de una plantilla de más de 150 guardas.
CAPÍTULO XII
LA HIGIENE
El estado general de la población en cuanto a higiene se refiere ha venido
siendo igual o muy parecido al de todos los pueblos agrícolas de la zona.
Si examinamos detenidamente el estado sanitario de los últimos años del pasado
siglo y primeros del actual nos encontramos con unos avances tan faltos de vigor
y en sectores tan pequeños que solamente se dejan notar a través de una
sucesión de varios años; pues las mejoras que lentamente y de una manera
particular iban apareciendo se las tomaba como un lujo, como un gusto caprichoso
o como una ostentación de riqueza pocas veces bien vista.
Dos son los puntos a que me voy a referir en este ligero examen: el barro, la
casa y el agua.
EL BARRO.- No sabemos cuándo empezó la costumbre pero sí sabemos cuando
terminó. Consistía en limpiar el barro de las calles del pueblo una o dos
veces al año, cuando más abunda ese material, que suele ser en otoño e
invierno.
Pero no se crea que esta operación de limpiar el barro de las calles del pueblo
se hacía como una medida sanitaria o higiénica; se hacía con el doble fin de
facilitar la circulación de los peatones y, sobre todo, para utilizar ese
material como abono o enmienda en las fincas agrícolas; cuando todavía los
abonos inorgánicos eran poco conocidos y había falta de dinero para
comprarlos. Era también el barro un sustancioso ingreso para la débil
economía de la Junta Administrativa, que lo subastaba dándoselo, como es
natural, al mejor postor.
El adjudicatario lo repartía entre un grupo de vecinos que, provistos de
herramientas adecuadas, iban limpiando las calles y haciendo con ese material
numerosos montones que, una vez perdida parte de su humedad, se numeraban y se
sorteaban, llevándolos seguidamente a las fincas o depositándolos a la vera de
un camino a la espera del momento oportuno para emplearlo.
Los ingresos que la Junta tenía por este concepto no eran fijos, dependían de
la cantidad del material y de la necesidad de su empleo. En el año 1898 se
vendió el barro de las calles y el de la Pradera (Plaza) en 9 pesetas. Ya en
los años 40 llegó a valer más de 300 pts.
El barro, aparte del uso que le daban los adjudicatarios, servía, cuando estaba
en montones por las calles y plaza para un juego infantil. Los niños, antes de
entrar en clase, durante el recreo y después de salir de la escuela jugaban a
los "montones". Desprovistos de las madreñas para mayor agilidad
procuraban ganar uno de los montones colocándose encima y gritando: ¡aquí
reino yo!. Otros niños procuraban derribarlo para colocarse ellos y lanzar el
mismo grito; juego que solía durar unos momentos, los suficientes para que las
zapatillas, los escarpines o las medias de lana entrasen húmedos a clase o
llegasen mojados a casa. Si a esto añadimos la inclemencia del tiempo en esa
época nos encontramos con la aparición de resfriados, catarros, gripe,
bronquitis, ronquera y tos; mucha tos.
Hoy las calles tiene menos barro pero el vecino que no lo quiere ver junto a su
puerta tiene que limpiarlo él.
LA CASA.-En algunas localidades de nuestra provincia lindantes con Galicia,
la casa es la cocina. Estar en casa es estar en la cocina porque allí la cocina
es la cocina y es comedor, es sala de espera y es recibidor, es salón de estar
y es, en algunos casos, dormitorio
Aquí la casa tiene un concepto más amplio; es vivienda para personas y
animales debidamente separados. Por esta razón en estas viviendas no suele
faltar el gallinero, el conejar, la pocilga, el aprisco, la majada, la
caballeriza, el apero y en muchos casos la perrera
La mujer campesina tiene sobradamente probada su condición de mujer
trabajadora.
Ella es la encargada de la casa mientras el hombre gasta sus energías en el
campo. Ella atiende con esmero y diligencia a la cocina, al lavado y planchado
de la ropa, alguna de cuyas prendas ella confecciona, reforma y repara y atiende
a la limpieza de la casa, a la crianza de los hijos y al cuidado de los animales
domésticos. Cuando el campo necesita más brazos también acude a él con los
suyos. Pero aún siendo como es no puede evitar que de su casa huyan totalmente
los malos olores.
Más por la variedad que por la abundancia de animales domésticos había que
dividir el espacio disponible en varios apartamentos, que llegaban a ocupar casi
todo el solar. El corral o patio quedaba muy reducido. ¿Qué hacer con los
abonos?. Eran muchos los que los amontonaban en los patios a la espera del
tiempo adecuado para emplearlos. Si a esto añadimos que en la mayoría de las
casas personas y animales entraban y salían por la misma puerta comprenderemos
lo difícil que era tener la vivienda en buen estado de limpieza y por lo tanto
de higiene.
Añadiremos más. En aquellos tiempos no muy lejanos de los nuestros se carecía
totalmente de servicios higiénicos en las viviendas como hoy los entendemos. El
establo, caballeriza o un rincón cualquiera del patio eran utilizados por los
usuarios, principalmente por las noches cuando se carecía de luz pues el farol
se encendía para otros menesteres. Problema importante, sobre todo para los
enfermos.
Hizo falta que pasaran años, muchos años, para que los servicios higiénicos
en la vivienda del labriego llegaran al estado en que hoy los encontramos y que
todavía aspiran a una mayor perfección.
EL AGUA .-Insistimos en que el estado sanitario de todos los pueblos del
Condado del Porma tenía mucho de parecido; alimentos, bebidas, viviendas,
indumentaria y aseo personal eran casi idénticos, como lo eran también los
numerosos muladares a la orilla de los caminos cuando no se disponía de mejor
sitio para depositar el estiércol. Algo, no obstante, había distinto en
cantidad y en calidad: el agua.
El agua potable nunca constituyó problema en Vegas. A lo largo de más de un
kilómetro en lo que, quizás siglos atrás, fuera margen del río afloran
numerosos manantiales en fincas particulares y en lugares públicos que nunca se
secan, si bien en tiempo de riego aumentan su caudal
Algunos vecinos alejados de esta lista de manantiales decidieron hacer un pozo
en sus viviendas. La corriente subterránea se encuentra a menos de cuatro
metros de profundidad y siempre en la dirección noroeste-sudeste. El agua se
empezó a extraer con caldero y soga. Más tarde se usaron la polea y la bomba
aspirante. No se utilizó el cigüeñal
El pozo artesiano que existe en el centro de la plaza se inauguró durante la
segunda república española. Tiene algo más de setenta metros de profundidad y
su caudal se aproxima a los 14 litros por minuto a la temperatura de 15 grados
centígrados.
El artesiano constituyó una mejora importante que muchos vecinos no quisieron
ver y lo que es peor todavía, aprovechar. Es cierto que algunos dejaron de
beber agua del pozo casero, que lo dedicaron para enfriar otras bebidas en
tiempo de calor e incluso a la cría de cangrejos. Es también cierto que
algunos llenaban el botijo de agua artesiana para ir al campo en tiempo de
trabajo, pero sólo cuando era camino obligado pasar junto a ese pozo; y así
llegamos a los años cuarenta.
Por entonces comenzaron a instalarse en algunas viviendas cuartos de baño,
completándose los servicios higiénicos con la apertura de pozos negros.
También por esas fechas llegó a la localidad un nuevo médico, joven,
estudioso, trabajador, que estuvo hospedado en casa de un patrón.
Su labor en el amplio panorama de la sanidad municipal que él iba estudiando
con todo detalle no tardó en empezar y aconsejaba con insistencia a los
igualados, cuando iban a consultarle, que bebieran agua del pozo artesiano, pues
la proliferación de pozos negros, cuando no estaban bien construidos,
representaban un peligro para la salud por constituir un foco permanente de
infecciones y había que evitar el peligro antes de tenerlo encima
Algunas personas siguieron su consejo pero otras, las más alejadas del centro
del pueblo que es donde se encuentra el artesiano, le hicieron poco caso.
Decían y argumentaban que con un peligro semejante les amenazaban con el agua
de la fuente de la Vallina cuando se inauguró el nuevo cementerio en el camino
de Castro. Sin embargo se ha seguido bebiendo agua de ella y algunas mujeres
lavan allí la ropa en los días soleados de invierno, y en las primaveras y
veranos se cortan para ensaladas cantidades de berros, crucífera que abunda en
las aguas de dicho manantial, sin que se sepa que haya habido peligro alguno.
Pasó algún tiempo. El médico dejó la vivienda de su patrón para instalarse
en una casa más céntrica, esquina a la plaza.
La nueva vivienda no era muy espaciosa pero estaba en buen sitio. Desde una de
sus ventanas contemplaba el artesiano a unos veinte metros de distancia. Casi
siempre lo veía solo, sin clientes. Suponemos lo que pensaría al contemplar
tanta soledad.
-Qué poco caso me hacen!.!Cuánto hay que luchar contra la ignorancia y las
malas costumbres!. Y en esos pensamientos seguía pero redoblando sus esfuerzos
en orden a mejorar el estado sanitario de la amplia zona que tenía a su cargo.
Una mañana, al asomarse a una de las ventanas que dan a la plaza, vió con
enorme sorpresa y con profunda emoción que los aguadores formaban cola.
Suponemos que ante tan agradable espectáculo pensaría:
-Por fin se han convencido, además saben que desde aquí puedo vigilarlos-
Pero aquella afluencia de aguadores no podía obedecer a una incierta
vigilancia. Algo insólito, algo inaudito había tenido que ocurrir para notarse
tanto cambio.
La noticia corrió como un reguero de pólvora entre el vecindario, aunque
llevaba el carácter de un secreto. La dieron unos versos algo desordenados de
autor anónimo que empezaban y terminaban así:
El médico de Vegas del Condado
es un hombre feliz por el momento;
buenas notas en su larga carrera
buena plaza por su merecimiento;
guapa mujer que allá en los años treinta
dicen que fue elegida mis Palencia.
Padre rico que, aún siendo de Sisterna,
no suele verse nunca en la taberna;
criada pelirrubia y vividora
caballo pelirrojo y trotador
Y un buen pozo que, aunque cerrado ahora,
varias generaciones
se han surtido allí de agua en ocasiones,
Y para más encanto de la casa
un hermoso clavel
que bien pudo llamarse Rosa Bell.
Los clientes del médico de Vegas
tan contentos están de su galeno
que le pagan la iguala bien colmada
´ dan al caballo heno
a la mujer alubias
´ a su padre, patatas
´ y a la rubia que tiene de criada
alguna que otra hemina de cebada
para dar al caballo del señor
porque dicen que no hay pienso mejor.
Y el galeno, que es muy agradecido,
jamás echa esas cosas en olvido.La consulta la da por la mañana
en casa que fue de Valeriana
y a la puerta de casa, que a diario
se acerca algún enfermo a visitarle,
dirige su mirada el boticario
pensando si tendrá que recetarle.
De aquí no suele irse sin receta,
pero algunos se van a otra farmacia
sin que al médico le haga mucha gracia
y el boticario ponga mala jeta.
En su casa, como antes queda dicho,
un pozo había abierto,
y en menos que lo cuento
quedó cerrado al público de hecho.
Lo taparon muy bien con unas tablas,
hicieron en el centro un agujero
y quedó convertido en cagaderoEnterada la gente
de lo ocurrido en casa Valeriana
ya no quiso beber agua de pozo
y la bebe artesiana
Aquellos tiempos ya están muy lejos de nosotros. Hoy ya dispone la villa de
instalación para el agua corriente potable y de una red de alcantarillado para
la recogida de aguas sucias. Este servicio comenzó a funcionar en 1976
Añadiremos más. Aparte del carácter anecdótico que puede atribuirse a este
capítulo, quiero hacer constar que pasado el primer tercio de nuestro siglo los
progresos en la higiene han experimentado avances considerables en todo en
territorio nacional. Refiriéndonos a esta zona del Porma puede asegurarse que
si a principios de nuestro siglo la mortalidad infantil se calculaba en un 24%,
en el día de hoy no llega al 2 por ciento. Y en cuanto a la vida media , que en
1900 no llegaba los 50 años, se acerca hoy a los 70 en los hombres y un poco
más en las mujeres.
CAPÍTULO XIII
LAS BODAS
Nuestra patria no tuvo historiadores propios durante la edad antigua; sin
embargo la tradición que hemos recibido a través de la España visigoda nos
dice que en la época tribal, en las tierras que fueron ocupadas por los celtas,
las bodas solían tener lugar en los viernes en honor de la diosa del amor.
A partir del siglo VIII las bodas entre los árabes españoles solían
celebrarse con fiestas que duraban una semana. Primero en casa de la novia, que
recibía muchas felicitaciones y regalos consistentes casi siempre en dulces;
después en casa del novio a donde acudía la novia con un gran séquito y una
mujer para llevar el ajuar. Costumbre que en estas tierras de León no pudo
tener un arraigo total por el poco tiempo que estuvieron dominadas por el Islam.
Lo que no cabe la menor duda es de que la boda, lo mismo antes que después de
Pedro IV de Aragón, ha sido rodeada de unas ceremonias, de unas costumbres que
se han sostenido durante siglos y que no son iguales para todos los pueblos que
han querido conservarlas.
Hoy los novios se casan en cualquier día de la semana y en cualquier lugar, con
pompa o sin ella, como boda de ricos o como boda de pobres y han desaparecido
algunas costumbres que había en alguno de nuestros pueblos.
Una de estas costumbres era el pago de "derechos" a los mozos cuando
el novio procedía de otro pueblo. Diremos que ser mozo de un pueblo es tener
más de 16 años, pagar la entrada o ingreso y obedecer las órdenes del
presidente de la mocedad. Ser mozo es poder ejercer en público el derecho de
cortejar o el de andar de ronda en los oscureceres por las calles del lugar, de
su propio lugar.
No ocurría así cuando el mozo era de otro pueblo; entonces se le vigilaba, y
cuando se creyese oportuno se le invitaba a pagar el "piso", que eran
unos derechos que la mocedad se atribuía tener y que no eran iguales para todos
pues su cuantía estaba determinada por las cualidades de la moza , por su
juventud, por su belleza y por su posición económica y social.
Para cobrar estos derechos, cuando había negativa por parte del mozo, se
llegaba hasta la violencia, viéndose obligado a elegir entre dejar a la novia o
pagar el piso para librase de la "manta" o paliza.
Cuando los novios eran del mismo pueblo también se les vigilaba, pero no se
cobraba el piso: el novio solía invitarles a su casa el día de la lectura de
la primera proclama
Y ocurría que alguna vez, casi siempre al oscurecer o por la noche, los padres
o representantes del novio entraban en casa de la novia para pedirla y para
hacer los "tratos". Si cenaban juntos se suponía que había habido
acuerdo y al amanecer del primer día festivo en el que se habían de leer en la
iglesia las amonestaciones, aparecían las calles con "rastro" de
paja, especie de alfombra que empezaba en casa de los novios y terminaba en la
iglesia. De este modo se lo hacían saber al público antes que el cura lo
dijese desde el altar. El público lo celebraba más cuando el material del
rastro procedía del pajar de uno de los futuros contrayentes.
Mientras llega el día de la boda se ultiman los preparativos para la misma.
Ambas familias se ponen de acuerdo para los gastos y la futura vida de los
nuevos esposos. Antiguamente, en familias bien acomodadas, se hacían donaciones
a la novia consistentes en una finca rústica o en otros objetos de gran valor;
pero lo más corriente era que el novio pagase las "vistas" o vestido
de la novia y ésta la camisa con sus gemelos al novio, costumbre que todavía
no ha desaparecido totalmente.
Los días anteriores a la boda la casa de la novia, que solía ser donde se
celebraba el convite, recibía numerosos regalos consistentes en especies de la
propia cosecha , principalmente huevos, que habían de adornar la mesa del
banquete convertidos en roscas, bollos y crecidos mazapanes.
Esta costumbre de los regalos se practicaba también por familiares y hasta por
personas que no habían asistido a la boda, pero que conservaban buena amistad
cuando el joven matrimonio tenía un hijo. A la nueva madre le llevaban lo que
llamaban la "visita", consistente en huevos y dulces caseros y en
algunos casos una gallina para caldos.
Hasta bien entrado muestro siglo la mayoría de los novios se casaban en la
parroquia de donde eran feligreses los familiares de la novia y en casa de ésta
se daba el banquete que consistía en el almuerzo y cena de un día, o de dos
días si las familias eran ricas y querían tener tornaboda.
El gasto principal solían pagarlo a medias las casas de los contrayentes,
siendo los platos principales los elaborados a base de carne. Había abundancia
de dulces y en cuanto a bebidas, era el vino el principal. No solían servirse
platos de pescado por considerarlo alimento inferior y menos todavía entraban
las verduras en el menú por ser éstas, juntamente con la cebolla, el plato que
más abundaba en las comidas de las mesas pobres.
La pareja nupcial, con sus mejores galas, y después de la bendición en la casa
paterna, se dirigía al templo en dos grupos integrados por compañeros, amigos
y familiares e invitados a la boda. Durante el recorrido se entonaban cánticos
de al