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APUNTES para la HISTORIA de

VEGAS del CONDADO

 


Por: Gregorio Boixo González 1999 ©

PRESENTACIÓN.
ORIGEN Y PRIMEROS POBLADORES.
VIDA ECONÓMICA Y SOCIAL EN LOS SIGLOS X, XI Y SIGUIENTES
VIDA ECONÓMICA Y SOCIAL EN LOS SIGLOS XIX y XX
CONFIGURACIÓN URBANÍSTICA DE VEGAS
CONFIGURACIÓN RÚSTICA DE VEGAS
GANADERÍA
OVEJAS Y CABRAS
CERDOS Y CERDAS
CABALLOS Y YEGUAS
BURROS Y BURRAS
VACAS Y BUEYES
EDUCACIÓN Y CULTURA
VIDA ECONOMICA EN VEGAS
MAQUINARIA AGRICOLA
LABORES AGRICOLAS
CULTIVOS AGRÍCOLAS
FRÉJOLES
PLANTÓN
MENTA
LÚPULO
SEMILLA DE TRÉBOL
LINO
REMOLACHA AZUCARERA
FERREÑO
HENO DE HIERBA
MECANIZACIÓN DEL CAMPO

 
 

PRESENTACIÓN.

Estos apuntes son sólo eso, apuntes, notas, vivencias almacenadas en el baúl de los recuerdos correspondientes a más de setenta años vividos intensamente en este nuestro pueblo de Vegas y que ahora afloran a través de la memoria para plasmarlos en letra escrita antes de que todo desaparezca para siempre y la memoria ya no sea ni eso.

Por lo tanto, no dejan de ser muy personales y por lo demás sometidos a muchas valoraciones e interpretaciones según la persona o el criterio de quien los lea, pero por encima de todo estos apuntes quieren ser objetivos y reflejar exactamente aquellos acontecimientos vividos en su día por mí.

Quizá algún capítulo sea demasiado extenso debido más bien a mi formación profesional y otros demasiado personales por haberlos vivido con mucho apasionamiento; sin embargo hay otros algo cortos e imprecisos por falta de información fidedigna, y algunos hasta pueden tener errores de bulto o mala interpretación de los hechos.

Como estos apuntes no son toda la historia del pueblo, están sometidos a revisión por cualquiera que los lea para que aporte datos que faltan o enmiende aquellos otros que crea equivocados, para lo cual sería de agradecer anotase su aportación al margen de la página correspondiente como nota aclaratoria y la haga llegar al alcalde del ayuntamiento Moisés García, quien está haciendo recopilación exhaustiva de cuanta información exista sobre el particular, para que alguien, algún día pueda escribir con más conocimientos y documentación la verdadera y completa historia de Vegas.

La justificación de estos apuntes no es otra que dejar constancia de aquellos hechos acontecidos en Vegas en tiempos pasados vividos por mi generación, que no están registrados en ningún documento y con el fin de que no queden relegados al olvido para siempre al faltar los que los hemos vivido, porque además no son patrimonio exclusivo nuestro sino también de nuestros hijos y descendientes.

Vegas, verano de 1999. Gregorio Boixo.
 
 

ORIGEN Y PRIMEROS POBLADORES.

Como resulta imposible conocer el nacimiento exacto de Vegas, al igual que el de los demás pueblos de nuestro entorno por la carencia absoluta de fuentes de información fidedignas, no hay más remedio que ampararse en los documentos históricos de la época en que se repobló esta ribera, lo que aconteció hacia el siglo X.

No consta en ninguna parte que antes de este siglo X haya habido pueblo alguno en esta comarca, al menos con carácter estable. Quizá haya habido algún poblado pequeño constituido por grupos de familias emparentadas entre sí formando una comunidad de aldea.

Al apoderarse los musulmanes de España a partir del año 711, muchas de estas gentes de estos pueblos abandonaron la meseta y las riberas y se refugiaron con sus ganados en las montañas para defenderse mejor del enemigo, por lo que toda esta zona quedó medio desierta de población y ganados por temor a la rapiña de los conquistadores árabes.

Así transcurrió el tiempo hasta que los últimos reyes asturianos de la Reconquista llegaron con sus tropas hasta León y provincia y fueron consolidando sus conquistas mediante la repoblación de estas tierras con gentes que se habían refugiado en los Montes Cantábricos y con personas traídas de otras partes o venidas del sur de la península huyendo del enemigo.

García I fue el primer rey leonés que estableció su sede en León, pero fue sobre todo Ordoño II quien más se dedicó a repoblar estas riberas. La forma más común para ello era otorgar terrenos a estas comunidades de aldea, que quedaban bajo la dependencia del rey, pero con la denominación de hombres libres o de realengo, a cuyo rey pagaban una pequeña renta por el usufructo comunitario de aquellos terrenos.

Otras veces eran los nobles o magnates procedentes del período anterior visigodo quienes afianzaban sus posesiones con otras donadas por el rey en reconocimiento a la ayuda prestada por ellos y sus tropas en la reconquista de España.

A este respecto es significativo el hecho de que el conde gallego Don Mencio, con el fin de repoblar sus posesiones del Curueño trajo de Galicia gentes para instalarlas en el pueblo de Gallegos, lo que no gustó a los habitantes del monasterio de S. Salvador de Sta. Colomba, aduciendo que esta zona estaba suficientemente poblada por ellos.

La familia que más influjo tuvo en toda esta zona durante siglos fueron los Guzmanes, emparentados con los primeros reyes asturianos de la Reconquista a quienes prestaron excelentes servicios y de quienes obtuvieron grandes mercedes y donaciones de terrenos. Tenían desde el siglo IX su casa matriz en el castillo de Aviados, cerca de La Vecilla y en el año 990 Bermudo II les donó el pueblo de Toral de los Guzmanes donde levantaron un castillo de tapial, que aún existe recién reconstruido. Más tarde D. Gonzalo de Guzmán, casado con doña María Osorio erigió en el año 1450 el castillo-palacio de Vegas. Eran dueños de la mayor parte de la ribera del Porma y del Curueño, además de otros muchos dominios al este de la provincia, así como la otra familia de los Lunas eran de la parte este.

Con este mismo motivo de repoblación de terrenos conquistados a los moros los reyes fundaron monasterios y donaban tierras a los clérigos y monjes con el fin de que se establecieran en ellos y crearon pequeñas poblaciones de colonos. Así se establecieron entonces diversos monasterios como el de S. Miguel de la Escalada con monjes mozárabes que venían huidos de la zona musulmana para refugiarse en estas tierras, a quienes los reyes cristianos acogían con benevolencia.

Otras veces eran la iglesia y el clero secular el fundador de cenobios y monasterios en esta labor de repoblación, siempre amparados en estas funciones por los reyes cristianos, como el de S. Cosme y S. Damián de Abellar, levantado en un valle al norte de Canaleja de Torío y contiguo a otro valle de Sta. María de Condado.

Este monasterio de Abellar tenía diversas posesiones en muchas partes y entre ellas una gran superficie de terreno entre Vegas y Villanueva, donde levantaron un pequeño poblado que bautizaron con el nombre de S. Salvador de Villa Frugia (Villafría actual), para albergar a sus colonos, y una residencia o decanía con su capilla para estancia de unos pocos monjes, y contiguo un almacén o panera para recoger las cosechas de sus siervos y colonos.

Este poblado de S. Salvador de Villafría estaba situado exactamente en el lugar que hoy ocupa el polideportivo municipal en las eras de Villanueva.

Al preparar los terrenos para levantar dicho polideportivo aparecieron los cimientos de las casas y demás dependencias.

Este pequeño poblado figuró como parroquia hasta el siglo XVI, según consta en el Becerro de Presentaciones de la Iglesia Catedral de León y parece ser que a partir de esta fecha sus moradores decidieron irse a vivir unos a Vegas y otros a Villanueva, dejando abandonada aquella localidad, pero antes erigieron como recuerdo una ermita que levantaron unos cientos de metros más al norte en terreno que quedaba mixto para ambos pueblos, así como la misma ermita, que desde entonces tomó la denominación de ermita de las Vírgenes de Villasfrías.

Los terrenos pertenecientes a S. Salvador de Villafría comprendían todo el Perón, desde la rampa de Villanueva hasta la de Vegas así como el monte de Candajo, Valmejite, y Valdefresno, que se conservaron como mixtos de ambos pueblos hasta finales del siglo XIX y principios del XX, en que procedieron a repartirlos entre los vecinos de entonces.

Por aquellas fechas del siglo X el obispo de León creó también el monasterio de S. Salvador de Curueño en Santa Colomba de Curueño, así como el de S. Adrián de La Losilla y el Pardomino en el monte del mismo nombre en Boñar.

Los demás monasterios de esta zona, como el de S. Pedro de Eslonza, los de Villaverde de Sandoval y el de Gradefes son de épocas algo posteriores y fueron levantados por órdenes religiosas del Cluny, Cistercienses o Bernardos. Los Bernardos de Villaverde de Sandoval poseían todo el monte de Membrillar, contiguo al de Vegas y los tres monasterios tenían fincas y privilegios en estos pueblos de la ribera y de Vegas.

Como se ve, en aquellos lejanos tiempos del siglo X y siguientes en que se fundaron y repoblaron estos pueblos de la ribera, eran varios y diversos los dueños de estos terrenos, por lo que las gentes del pueblo de Vegas tenían que cultivar en arriendo buena parte de la de los Guzmanes, nobles y monasterios, conservando en común algún terreno, pastizales y el monte.

Esta situación persistió así durante varios siglos, hasta que la nobleza abandonó estos lugares para marcharse como cortesanos al lado de Rey para lograr sus favores, prebendas y mercedes, más interesantes que las rentas obtenidas de sus posesiones de aquí, que dejaron en manos de administradores locales. El último de éstos en Vegas fue Antonio Verduras Ordás, a quien los descendientes de los Guzmanes dejaron en propiedad la panera del castillo con entrada directa por la plaza. Esta panera sirvió de almacén para recoger los cientos de toneladas de grano y legumbres durante los años de racionamiento de víveres desde el año 1939 hasta el 1950. En el año 1959 el ayuntamiento tuvo que comprar esta panera a su dueño para entregar todo el castillo completo a la Dirección General de la Guardia Civil, quien lo derribó para levantar en el solar resultante el nuevo cuartel actual.

La primera referencia escrita que tenemos de la existencia de Vegas data del 17 de abril del año 943 en que: "Salite, Hacam y doña Gelo venden al presbítero Habibi, del monasterio de Abellar, tierras en Vega de Porma". Pero la duda razonable viene en considerar si esta Vega de Porma quiere decir el pueblo de Vegas o más bien se refiere a la ribera o vega del Porma. De lo que no hay duda es de que el presbítero Habibi existió y fue abad del monasterio de Abellar.

Sería apasionante conocer la vida política, económica y social de los primeros pobladores de Vegas en el siglo X y siguientes, pero desgraciadamente nos es imposible encontrar fuentes de información escritas y fiables, por lo que no hay más remedio que hacer extensibles a este pueblo de Vegas aquellos conocimientos que tenemos de otros lugares similares y coetáneos.

Así pues, decimos que aquellas pocas decenas de habitantes que se establecieron hacia el año 950 en Vegas, lo hicieron en el lugar en que actualmente está el pueblo, y las casas las levantaron alrededor de una iglesia primitiva, que por supuesto no es la actual, ya que ésta data del siglo XVIII, sino de otra más primitiva y pequeña en consonancia con la población de entonces.

Las casas de aquella época estaban construidas con materiales baratos, sencillos y de fácil adquisición, como tierra, cantos rodados del río y madadera de chopo, roble o encina y levantadas de una sola planta y techadas de paja de centeno.

Adosada a la casa estaba el corral con los soportales y dependencias para los animales domésticos y de trabajo. Estos animales eran generalmente una pareja de vacas o bueyes y un burro. Los domésticos eran la oveja, la cabra, el cerdo, el perro, gato y gallina.

Los cimientos de las casas eran muy anchos, de cantos rodados recibidos con barro y los muros de tapial con ventanas muy pequeñas; sin cristales, que no había, pero los sustituían con unos papeles gruesos encerados que apenas dejaban pasar cierta claridad durante el día. De noche se alumbraban con candiles, velas y aguzos, que eran unas ramas de urz muy secas. El fuego del hogar estaba en el centro de la casa sobre el que colgaban las pregancias y de éstas los potes de cobre o hierro fundido con el condimento del día, que solía ser nabos, berzas, yeros, arvejas o garbanzos y carne de cerdo, oveja o chivo y de caza, como conejo, liebre o jabalí. El suministro de pescado estaba asegurado con los cangrejos, barbos, tencas y truchas del río.

Desde su fundación estas comunidades de aldea originales se establecieron cerca de una fuente de agua, como en el caso de Vegas, que lo hizo al lado de la fuente que todos conocemos en la Calle del Río, y sirve actualmente para incrementar el caudal de la traída durante fechas puntuales del verano. Pero antiguamente esta fuente servía también para lavar la ropa y abrevar a los animales, pues estaba bien protegida con obra de mampostería de la que salín dos caños de hierro y a continuación había una balsa longitudinal con los bordes un tanto elevados para que, de rodillas, las mujeres lavaran la ropa con las tablas o lavanderas de madera. Por supuesto había más fuentes cerca del pueblo y en el monte, que todos conocemos y usamos actualmente.
 
 
 
 

VIDA ECONÓMICA Y SOCIAL EN LOS SIGLOS X, XI Y SIGUIENTES

La sociedad de los siglos X, XI y posteriores estaba estructurada en estamentos bien definidos: la nobleza, el clero y el pueblo llano.

En la nobleza se agrupaban el rey, los marqueses, condes ricoshombres, hidalgos, infanzones y un sin fin de gentes que vivían al servicio del rey y de estos magnates.

El clero lo integraban los obispos y una curia abundantísima de curas y un sin fin de conventos y monasterios.

Tanto la nobleza como el clero eran propietarias de grandes extensiones de terrenos, adquiridos por presura a veces, pero más bien por donación real por los servicios prestados al rey en la guerra de la reconquista contra los musulmanes o en las que ssostenían entre sí con otros reyes cristianos.

El clero era también beneficiario de numerosas y extensas donaciones de terreno por parte del rey con el fin de que tuviera recursos para su sustento y para fundar innumerables parroquias, ermitas, conventos y monasterios.

El ejército, como tal, no existía sino que el rey reclutaba voluntarios pagados con sueldo fijo; o más bien con el botín robado al enemigo musulmán. Pero la mayor parte de las tropas combatientes pertenecían a la nobleza, que las reclutaba entre sus súbditos o vasallos y las ponía al servicio del rey en las campañas de guerra, pero comandadas siempre por el mismo noble, quien se resarcía de los gastos y quebrantos de la guerra con ciertas presuras o con donaciones de terrenos otorgados por el rey y también participaba en e reparto del botín, si lo había. El clero, a veces, también tenía ciertas tropas, pero eran más bien de defensa de sus territorios

Por fin llegamos al pueblo llano, el que más nos interesa a nosotros, pues en nuestro caso los habitantes de Vegas, como tal comunidad de aldea no eran más que colonos y trabajadores de unos terrenos que en su mayor parte o casi en exclusividad pertenecían al rey, a algún noble o al clero, a los que pagaban sus rentas, gabelas y un sin fin de impuestos como diezmos, primicias, portazgos derechos mortuorios, sisas, etc. Estas cargas eran más o menos gravosas según el fracaso o el éxito de las tropas del rey o nobles en las contiendas sostenidas contra los musulmanes en la guerra de la Reconquista. Si se daba bien la guerra había mucho botín y riquezas adquiridas en la contienda, pero si se daba mal, como los gastos seguían siendo cuantiosos, el pueblo tenía que pechar con ellos a través de estas cargas. Menos mal que durante estos primeros siglos IX, X, XI e inclusive el XII se dio bien la Reconquista y había bastante riqueza robada al enemigo musulmán y así tanto menos sangraban al pueblo; porque hay que tener en cuenta que durante estos siglos iniciales nadie producía bienes de consumo más que el pueblo llano, los trabajadores del campo, los colonos, porque no había otros ingresos que los que éstos producían o lo adquirido como botín al enemigo: ni la nobleza ni el clero ni el ejército producían ningún artículo para el consumo y además eran como una pléyade grandísima de gente y el pueblo era una minoría. No obstante estos pueblos iniciales sobrevivían porque estaban muy poco poblados y las extensiones de terreno eran grandes, contando naturalmente con los montes y terrenos comunales, gravados estos últimos con muy pocos impuestos.

Como quiera que en esta fecha del siglo X y XI la ribera de Vegas estaba apenas sin repoblar de gente, su superficie era como un bosque de roble y encinas, como el Robledo de Vegas y Villanueva o el el encinar de Devesa, que todos conocemos y por supuesto eran terrenos de secano, que estos fundadores de Vegas tuvieron que en parte desmatar para sembrar en ellos los cereales imprescindibles para vivir y dar de comer a la nobleza y al clero mediante las rentas en especie, más que en dinero, que entonces casi no existía.

Por ello el trigo y el centeno eran los cereales imprescindibles y mejor valorados. Los otros cereales, como la cebada, avena, mijo eran el alimento de las caballerías y demás animales domésticos. Todavía estaba muy lejos el día en que se pudieran cultivar el maíz, los fréjoles, patatas o tomates, que no se conocieron en Europa hasta el descubrimiento de América de donde son originarios.

No obstante se arreglaban con lo producido en casa, porque además el comercio de artículos de consumo procedentes de fuera de la comarca no empezó hasta el siglo XII o XIII; por lo que era primordial cultivar en Vegas alimentos de regadío, como hortalizas para el aporte imprescindible de vitaminas y para mejorar el pote diario. Esto se logró mediante la distribución de unos terrenos comunales que se regaban con las aguas de las fuentes que vertían a la presa que llamamos del Palacio en el camino del río. Cada vecino tenía una parcela pequeña para huerto familiar, que en parte aún subsiste alguna de ellas. También junto a estos huertos había algunas casas que hubo que abandonar porque el río, con cierta frecuencia, inundaba en las crecidas y las hacía inhabitables; por lo que se tomó la decisión de construirlas de nuevo, ya en este siglo XX en el barrio Ferrer actual, que eran terrenos comunales a ambos lados del camino ancho hacia Devesa.

La última riada tuvo lugar hacia el año 1940 en que el agua inundó todo el campo, desde el pueblo hasta el monte formando una pequeña isla que estaba integrada por el molino de arriba.

El monte fue siempre un elemento primordial para el sostenimiento de la población en el siglo X y siguientes hasta casi nuestros días; pues proporcionaba leña para el fuego del hogar, calefacción y para cocer el pan así como bellotas para el consumo humano y animal, y más aún era importante para el sostenimiento de una cabaña de ovejas, cabras y vacas, a pesar de que siempre existió el grave inconveniente de tener que atravesar el río para llegar a él. Este paso problemático del río en invierno con frecuencia se cobraba su tributo en vidas humanas y animales, inclusive en pleno siglo XX. La verdad es que en aquellos tiempos los ríos eran unas verdaderas fronteras que aislaban unos pueblos de otros aunque ambos estuvieran muy próximos y sin embargo el monte les unía mucho aunque estuvieran bastante distantes y es porque entonces se vivía mucho en el monte y del monte.

Ya hemos dicho que hasta el siglglo XIII no hubo comercio propiamente dicho con otras regiones de España y menos con el exterior, por lo que cada pueblo, cada familia tenía que arreglárselas para producir los artículos necesarios de uso y consumo, por lo que el labrador se hacía sus mismas herramientas de trabajo y confeccionaba sus muebles, zapatos y prendas de vestir.

El capítulo del vestido siempre ha sido primordial en la vida del hombre, pero aquellos hombres lo tenían solucionado, aunque bien es verdad que con mucho esfuerzo, porque tenían que empezar por esquilar las ovejas, lavar la lana, cardarla, hilarla y tejerla. Menos mal que entonces España era la primera potencia mundial en la producción y exportación de lana de oveja merina, aunque esto aconteció más bien a partir del siglo XIII.

El otro artículo necesario para el vestido era el lino, que se cultivaba bien en estos parajes; pero había que sembrarlo en buen terreno de regadío, arrancarlo a mano y secarlo. Una vez seco era necesario sacar la simiente, la linaza, de la que se extraía el aceite para ciertos condimentos y para el alumbrado. La caña había que llevarla al río y tenerla en el agua varios días para que se pudriera la cutícula exterior y a continuación se llevaba el lino a casa a secar, escardar, hilar, y en los telares aquellos primitivos hacer piezas de tela con que confeccionar la ropa interior, de cama, quilmas y demás servicios. Como vemos una verdadera odisea que tenía bien ocupada a toda la familia todo el año.

Las comunicaciones viarias de aquellos tiempos se reducían a los caminos locales que unían los pueblos y lugares próximos y la única vía importante seguía siendo la calzada romana que en los tiempos del siglo I las tropas de Roma trazaran desde el Puente Villarente, por Santibáñez, Santa Olaja, Moral, el poblado de S. Salvador de Villafría y llegaba a un punto intermedio y equidistante entre Castro y Barrio para desde este punto, un ramal seguía hacia el norte por los pueblos del Curueño hasta Vegarada para pasar a Asturias y el otro ramal, desde este mismo punto intermedio entre Castro y Barrio pasaba por Ambasaguas y subía por el Porma hasta el puerto de S. Isidro para pasar también a Asturias.

Estas calzadas romanas, once siglos más tarde, se convirtieron en las cañadas y cordeles de las merinas con la creación del Honrado Concejo de la Mesta en tiempos de Alfonso X en el año de 1273, o en los caminos reales que decimos nosotros actualmente.

Al pasar en primavera a los puertos de montaña, rebaños paraban mucho en Castro, donde esquilaban a las ovejas, y de ahí recibió entonces el nombre de Castro Esquilón con que aparece en muchos documentos. Desde Castro había otro camino secundario que por Villafeliz, Carbajosa y Villavente bajaba por Villaobispo a León. D Desde el Puente Villarente la calzada romana seguía también a León capital y a Astorga. Así era poco más o menos la vida de nuestros antepasados y primeros habitantes de Vegas en los siglos X, XI, y siguientes.
 
 
 
 

VIDA ECONÓMICA Y SOCIAL EN LOS SIGLOS XIX y XX

Para estudiar la vida en Vegas en este siglo XX debemos dividirlo en tres etapas; la primera comprende desde 1900 hasta el año 1936, la segunda desde esta fecha hasta mediados de los años sesenta, y la tercera desde entonces hasta nuestros días.

Durante los primeros 36 años de este siglo la vida evolucionó muy poco y muy lentamente. Se puede decir que empezó el siglo con iguales características con que había transcurrido el XIX y anteriores; apenas si la población iba aumentando ligeramente en el transcurso de los años para encontrarnos en el 1900 con un total de 516 habitantes y en el 1950 con 597 almas.

Desde esta fecha en adelante fue bajando este número para llegar al año 1991 con solamente 286 habitantes. El índice de natalidad en esta época era muy elevado pero el de defunciones también, hasta el extremo de que cada 5 niños nacidos vivos moría uno antes del año de edad, debido a la falta de sanidad, alimentación e higiene. La vida media del hombre eran 15 años menos que la actual, por iguales motivos que los niños pero además agravados estos motivos a causa del trabajo penoso y extenuante del campo.

La composición de la población en Vegas se puede decir que era casi exclusivamente agrícola-ganadera en un 90 %, a excepción del cura, maestros, veterinario, farmacéutico, secretario del ayuntamiento, guardias civiles, dos a tres comerciantes y otros tantos albañiles y algunas familias humildes que no tenían fincas, y una bien nutrida familia de gitanos. Así que todos los demás a vivir exclusivamente de lo que pudieran sacar del campo, que tenía que dar sustento a uno hasta el día de su muerte, porque no hubo pensiones de jubilación hasta los años 50, como tampoco había seguridad social, porque la afiliación a ésta en el campo no empezó en los agricultores autónomos, que eran todos los de Vegas, hasta después de 1939, con una cuota mensual de 5 pesetas en cupones, que llamábamos, correspondientes a la mitad de la cuota porque la otra mitad la abonaba el Estado por estar los agricultores incluidos en el régimen especial agrario. Claro que cuando llegaban las pensiones, éstas eran menos de la mitad de las correspondientes a las del régimen general. Pero es que aquí nunca hubo jornaleros propiamente dichos; todos eran autónomos, todos dueños de sus muchas o pocas fincas, así que no había asalariados del régimen general.

Esta ta faceta de carecer de jubilación en el campo marcó esta primera mitad del siglo XX, como en todos los siglos anteriores con unas características muy especiales y penosas. Condicionaba a todos los hombres y mujeres del campo a no jubilarse, a seguir trabajando hasta mucho más de la edad reglamentaria, hasta inclusive más allá de lo que el cuerpo podía aguantar, arrastrándose decrépito en las mil labores duras del campo, porque sabían que al día siguiente de cesar en la faena se acababan sus escasos ingresos e independencia económica y tenían que empezar a depender del sustento o caridad, a veces, que les proporcionaran sus hijos porque en absoluto era entonces posible haber acumulado para la ocasión un mediano capital, ni fondos de pensión ni de inversión ni nada parecido.

Hacia el año 1925 se fundó en Madrid y en toda España una entidad financiera llamada "Los Previsores del Porvenir", que despertó una enorme ilusión en estas tierras porque prometía que la cuota mensual con que cada uno se inscribiera, la cobraría diaria en el momento de su jubilación. Bastantes fueron los afiliados ilusionados; los mismos que años después cayeron en la decepción al comprobar lo irreal del planteamiento, como ha seguido ocurriendo posteriormente en todas las sociedades piramidales. Nadie aquí cobró ni la primera mensualidad de jubilación, lo que contribuyó a seguir agarrándose al terruño y a no soltarlo hasta casi el día antes de llevarle a uno en dirección del camino de Castro.

Esto retrasaba enormemente el relevo generacional en el campo, porque el padre no soltaba las fincas y el hijo, ya casado, no podía emanciparse al carecer de ellas; a lo sumo ambos consuegros habían dejado algunas fincas a los recién casados para que fueran trabajándolas por su cuenta, pero bien calculado el número y extensión de estas fincas cedidas, casi tan calculadas como lo fueron al iniciarse el noviazgo de la pareja, si es que no se trataba de un casamiento de cocina, tan frecuente en aquellos tiempos.

Lo cierto era que el nuevo matrimonio se veía obligado a arrendar fincas al precio que fuere y en el pueblo de ambos o limítrofes, pero casi siempre trabajándolas con las parejas de ambos progenitores, y al mismo tiempo cada uno, al menos durante los primeros años, seguía viviendo con los padres respectivos durante el día, porque llegada la noche, él ya tenía bien trillado desde novio el camino que conducía a casa de su suegro. Claro que esta situación terminaba tan pronto como el nuevo matrimonio encontraba una casa alquilada donde meterse, o en el mejor de los casos cuando podían construirse una nueva para ambos con la ayuda, eso sí, de ambas familias e inclusive, en momentos puntuales con la ayuda desinteresada y afectuosa de los vecinos; como por ejemplo, para acarrear los adobes desde la finca en que los habían hecho hasta la obra, al igual que los cantos del río o la madera e inclusive cavar y acarrear los tapines, muchas veces desde Las Campizas. Porque, eso sí, había que aprovechar forzosamente al máximo los elementos de construcción que brindaba la naturaleza y comprar solamente aquellos otros que eran imprescindibles, como la cal, traída de La Losilla con los carros de vacas o bueyes y que con la arena cogida del río y el agua correspondiente se formaba la argamasa para mortero de los cantos de los cimientos y ladrillos de los huecos y demás necesidades, porque el cemento se reservaba para lo imprescindible. La madera procedía casi toda ella de los chopos que crecían en las fincas de cada uno, serrada en los caballetes con el tronzador y más tarde en las serrerías mecánicas de estos pueblos.

La construcción de la obra se contrataba por alto a los albañiles locales, quienes al mismo tiempo hacían de arquitectos, aparejadores y de lo que hiciera falta. De esta forma, con casi todos los materiales procedentes de la misma propiedad de cada uno y sobre todo con la inmensa mano de obra propia, era posible levantar una casa con todas las dependencias de cuadras, pajares y portales a un precio asequible para aquellos tiempos, aunque de momento no se terminaran de hacer todas las habitaciones de la planta alta, pues había que tomarse un respiro, tanto económico como fisiológicoo; si es que para entonces aún le quedaba al amo resuello para vivir porque, alguna vez, hecha la jaula se moría el pájaro Pues de esta manera se levantaron la inmensa mayoría de las casas que pueblan la localidad de Vegas desde finales del siglo XIX y primera mitad del XX.

En 1900 había en Vegas 117 casas habitadas por 516 personas, lo que nos da una media de casi 4,9 personas por vivienda, mientras que en el año 1950 había 168 casas para 597 personas con el resultado de 3,5 por cada casa y eso sí, durante estos años todas y cada una de las casas estaban habitadas durante los 365 días del año. El contraste viene en el año 1991 en que había 177 casas para 286 personas con una media de 1,6 almas por vivienda pero rompiendo todos los esquemas anteriores porque muy pocas estaban ocupadas todo el año, así que la media tampoco vale como anteriormente.

Lo que ha pasado es lo que tenía que pasar. Este pueblo, como todos los demás se ha ido despoblando porque actualmente sería absolutamente imposible sostener aquí con una vida digna a los 597 habitantes de los años 50: la tierra es la misma, aunque produzca más, pero las necesidades económicas de cada familia no son ni parecidas.

Toda esta evolución ha sobrevenido como era predecible desde hacía mucho tiempo atrás porque el comportamiento humano es muy similar en todas las partes y no había más que fijarse qué había pasado en otras naciones extranjeras próximas a nosotros y más evolucionadas para saber que lo que allí había acontecido 20 o 30 años atrás ocurriría aquí también a su debido tiempo. Así nos encontramos que en Europa en el año 1936 sólo vivía en el campo y del campo un tercio de la población total, mientras que en el mismo año en España lo hacían los dos tercios, con la agravante de que nosotros producíamos la mitad de kilos de cereales por hectárea que ellos, pero además un 40% más caros debido todo ello a una serie de causas que no es el momento de analizar aquí y ahora.
 
 
 
 

CONFIGURACIÓN URBANÍSTICA DE VEGAS

La configuración urbana de Vegas sigue siendo la misma que había antes de empezar este siglo, si bien es verdad que construcciones de siglos pasados nos quedan en pie muy pocas y además las podemos identificar fácilmente por su aspecto y materiales: son aquellas construidas con canto rodado y piedra labrada o con adobe pero hechas de planta baja o de dos plantas pero de menor altura que las casas actuales.

Quizá la casa más antigua sea la del Marqués de S. Isidro en la calle Jesús y María, número 15, pues el escudo de armas con que está blasonada así nos lo indica. Por su labra parece del siglo XVII.

Del XVIII son la iglesia actual y la casa rectoral en la plaza del ayuntamiento. Del XIX hay una muy bien conservada en la calle de la Botica números 6 y 8 que la hizo para sí el escribano notario de la villa D. Rafael Lorenzana y que actualmente está dividida en dos viviendas. En la misma calle hay otras dos casas de piedra también de la época, correspondientes a los números 18 y 19.

Las casas de adobe de los siglos anteriores al XIX naturalmente han ido desapareciendo para dar lugar a nuevas construcciones acomodadas a las necesidades actuales, aunque aún nos quedan algunas, muy pocas, que podemos identificar por su estructura y materiales.

A finales del siglo pasado hubo un polígono de urbanización que inclusive hoy mismo nos asombra por su concepción y desarrollo. Se trata de todas las manzanas de casas comprendidas en el núcleo central del pueblo y delimitado este polígono por la Plaza Mayor al norte, calle de la Botica al oeste, la Presa del Palacio al este y la calle transversal o de La Puente al sur. Toda esta superficie pertenecía a la huerta del castillo-palacio de los Guzmanes y era una continuación de dicho castillo, hasta que a últimos del siglo XIX los descendientes de los Guzmanes la vendieron a varios vecinos de Vegas, quienes la parcelaron, trazaron calles paralelas y rectas y levantaron casas de adobe, que en su mayoría aún se conservan. Para independindizar del castillo esta huerta y dar acceso a las calles del este del polígono trazaron la calle que actualmente separa el cuartel del polígono. De esta forma quedó configurado este polígono que hoy mismo nos maravilla al comprobar de lo que eran capaces de hacer nuestros abuelos.

Al norte de este polígono y enfrente del palacio había una gran extensión de terreno que con sus negrillos y chopas llamábamos "La Pradera" y que hoy configura la Plaza Mayor, centro neurálgico, social y orgullo de la villa y de todo el ayuntamiento.

Sólo le faltaba a esta plaza un motivo más de atracción y éste llegó en el verano de 1934 con la perforación de un pozo artesiano subvencionado por la República mediante la intercesión del diputado a Cortes por el partido de Izquierda Republicana D. Félix Gordón Ordás, eminente político y veterinario, vinculado familiarmente a este pueblo. Este año de 1934 regía la Junta Vecinal Rufino Juárez, de triste recuerdo porque fue fusilado dos años más tarde al comenzar la guerra civil en el 36.

En esta plaza y en solar que hoy ocupa el cuartel de la Guardia Civil y parte de la Residencia de Ancianos había un castillo-palacio levantado en el siglo XV por D: Gonzalo de Guzmán, señor de Toral, casado con Doña María Osorio, señores de la villa de Vegas, cuya fachada tenía 50 varas de largo y construido todo él de cantos rodados de río con mortero de argamasa y ángulos de piedra tallada, parte de la cual se volvió a emplear en la cimentación del actual cuartel.

En el año 1850 lo describía así el eminente arqueólogo Gómez Moreno: "Es un cuadrilátero de habitaciones, con patio en medio, cubos pequeños en dos ángulos y torres descantilladas en los otros dos; la mayor de ellas posterior y medio arruinada; antemuro de refuerzos acubados, todo ello de mampostería y con saeteras. La puerta es un arco agudo de ladrillo y piedra, muy robusto; hay encima una ventana de arco escazano y más arriba dos tableros: uno con escudo de armas de los Guzmanes: castillo, dos calderas en el campo y orla de armiños, y Osorios y otro con J.H.S. dentro de rayos y letrero que dice: Fiat pax in virtute tua y fecha MCCCCL".

Este castillo-palacio lo compró el ayuntamiento de Vegas en el año 1898 a los descendientes de los Guzmanes para alojar en él a la Guardia Civil, pero desgraciadamente el ayuntamiento en el año 1959 se lo cedió gratis a la Dirección de la Guardia Civil para que ésta edificara el actual cuartel en el solar resultante del derribo de aquel edificio emblemático del siglo XV, privándonos para siempre de aquella joya histórica. El derribo fue ya entonces muy triste y deprimente para personas sensibles por la torpeza imperdonable del ayuntamiento en no comprar cualquier finca rústica a las afueras del pueblo para solar del cuartel, como lo hicieron por entonces Gradefes, Boñar, La Vecilla o el mismo León; pero más imperdonable fue que tampoco la Comisión Provincial de Monumentos no se opusiera radicalmente a su derribo, cuando tan meticulosa ha sido en tantos casos de menor cuantía.

También en la plaza existía a principios de siglo el viejo ayuntamiento que era un edificio de adobe, muy pobre y que fue derribado para edificar el actual hacia el año 1927. Hacia este año se levantó también la escuela de niños; de adobe en los muros y ladrillo en los huecos y estaba contigua a la vieja de adobe de las niñas. Ambas fueron derribadas para levantar las nuevas de ladrillo hacia el año 1965 y que actualmente están integradas en la residencia de ancianos. Entre la escuela de niños y el palacio había un espacio en el que la Junta Vecinal levantó un edificio para casa del pueblo, que también desapareció.

Otro edificio integrado en la plaza es la casa del comerciante, pues de esta forma llamábamos siempre a la de D. Emilio de Barrio, construida a principios de siglo con ladrillo macizo y mucho hierro en las ventanas. Procedía de Zamora y venía ya casado y con familia y con buena bolsa pues enseguida compró los dos molinos de Vegas a D. Agustín, quien a su vez los había adquirido de D. Rafael Lorenzana, que fue quien los construyó.

El señor Emilio de Barrio o compró buenas fincas rústicas en el pueblo. En el molino de abajo, sito en La Molinera, D. Rafael o quizá D. Agustín había instalado hacia 1905 una fábrica de luz que suministraba corriente eléctrica a Vegas y varios pueblos del Condado y a algunos de Gradefes.

Esta central eléctrica daba luz sólo por la noche porque durante el día la fuerza hidráulica de la presa la empleaba para moler cereales panificables y de pienso. Esta pequeña fábrica de luz fue una de las primeras de la provincia e instalada muy pocos años después del salto de Sorribo de Ambasaguas, que suministraba corriente a León.

La de Vegas carecía de agua suficiente durante el verano por lo que, para suplir la fuerza hidráulica, tenía instalado un potente motor de gasoil, muy lento de revoluciones, que durante toda la noche dejaba oír el acompasado, pum, pum, pum de las explosiones a una distancia de más de un kilómetro, pero con este ruido acompasado dormíamos mejor los niños de entonces. La concesión del servicio de luz fue absorbida hacia el año 50 por León Industrial, y a su vez éste fue integrado pocos años después en Iberduero.

Aquella primitiva fábrica cumplió bien con su cometido durante los primeros 30 años de funcionamiento, pero hacia los años 40 ya era incapaz de cumplir con las necesidades más elementales de la creciente población. No había contadores por lo que el suministro se tarifaba por el número de bombillas de 25 vatios instaladas en los domicilios, por lo que era frecuente tener sólo las más imprescindibles en la vivienda y una en la cuadra de las vacas; así que seguían empleándose mucho los candiles, faroles y velas con palmatoria para ir a las dependencias del corral y a los dormitorios del piso de arriba de la vivienda, aunque esto último estaba solucionado en el dormitorio que estaba encima de la cocina porque en el techo de madera de ésta había un agujero circular de diámetro adecuado por el que se pasaba la bombilla a dicho dormitorio al ir a la cama. A veces en habitaciones contiguas había una bombilla instalada en una ventanuca en la parte superior de la pared divisoria para que iluminara las dos dependencia. Esto no era la regla pero era un caso muy frecuente y simpático y sintomático de la economía con que se vivía durante estas cuatro primeras décadas del siglo XX.

El alumbrado público de las calles estaba asegurado con la instalación estratégica en ciertas esquinas de unas bombillas que más que alumbrar la calle servían para orientar al transeúnte a no extraviarse pero no para evitar que durante el invierno metiera las madreñas en los charcos de agua o en el barro acumulado en montones o tropezara con los cantos sueltos que había en la calle. Esto es una pequeña anécdota de lo que va de ayer a hoy.

Los molinos cumplieron una función extraordinaria hasta bien entrados los años 60 en que fueron desplazados por las fábricas de piensos para el ganado y por las panaderías que se establecieron en casi todos los pueblos, las que terminaron también con la labor de amasar cada ama en su casa.

Los dos molinos estuvieron siembre alquilados a molineros profesionales y cada uno de ellos tenía establecido un servicio gratuito de recogida y entrega a domicilio de los granos y harina respectiva mediante carros tirados por caballerías, una vez descontada la maquila correspondiente.

El trigo para harina panificable se molía con una piedra diferente a la del pienso para pasar después a los cedazos para separar el salvado, que también se entregaba al cliente. Era frecuente además que cada uno llevara en el burro la quilma con el grano para pienso para amasar en casa de urgencia y esperar a molerlo para regresar con la mercancía ya lista.

Estos molinos quitaron mucha hambre de pan durante los años de ídem recién terminada la guerra civil y hasta que terminó en racionamiento de víveres en el año 1950, a los habitantes de Vegas y de la zona minera de León e industrial de Bilbao, molturando de noche y a horas en que se podía esquivar la vigilancia de los inspectores de la Comisaría de Abastecimientos y Transportes encargados de hacer cumplir las órdenes de abastecimiento, que impedían m moler más trigo que el asignado a cada agricultor para su sustento, entregando el resto de la cosecha a dicha Comisaría a precios mucho más bajos de los que se obtenía vendiendo la harina a los estraperlistas, quienes con caballerías, de noche y por los montes, la transportaban a la zona minera y al tren de vía estrecha que llegaba a Bilbao; si antes no les había pillado la Guardia Civil por esos andurriales que frecuentaban, porque en este caso perdían la mercancía, por lo menos, si es que no les imponían alguna multa. También y más se estraperlaba con fréjoles, con todos los cereales y hasta con las patatas.

Había otros estraperlistas de más cuantía y de guante blanco que usaban hasta camionetas para este menester. Lo cierto era que, aunque la acción de los agricultores de entonces no fuera muy solidaria con el sistema establecido, sin embargo era muy remunerador para la economía de cada agricultor, que veía, quizá, por primera vez, pesetas contantes y sonantes en el bolsillo. Prueba de ello fue que enseguida se empezó a comprar en León, entre otros muebles: camas, aparadores, y armarios de luna, que Recaderías Leonesas traía todos los días a Vegas en su servicio regular en camioneta.

Sin querer me he apartado del tema original, que era la configuración urbanística del pueblo. Otro hermano de D. Emilio de Barrio hizo otra casa de ladrillo en la calle de la era, esquina a Cuatro Cantones para vivienda y comercio. Cerca de esta casa y en el número 2 de la calle Cuatro Cantones existe una vivienda de adobe de más de 200 años de antigüedad que perteneció a la iglesia y donde se recogían los diezmos, primicias y rentas eclesiales, hasta que éstas fueron derogadas a mediados del siglo XIX. Esta casa está muy reformada a como era originalmente.

El cura párroco D. Santiago Alvarez del Puerto levantó en la plaza al lado del ayuntamiento una casa rectoral de mampostería y piedra tallada en el año 1780, que por la parte posterior se comunicaba con otra anterior levantada por él mismo en la calle Cuatro Cantones. La fachada de la plaza se conserva muy bien.

Antiguamente había varias casas de adobe en el camino del río pero como corrían peligro con las riadas, la Junta Vecinal les dio a sus dueños terreno en el camino ancho que conduce a Devesa y allí las levantaron de nuevo formando la mayor parte del barrio Ferrer actual.

El barrio de la Era y el de Cantarranas fueron configurándose a medida que crecía la población y aprovechando para solares las fincas contiguas a los caminos que salían del pueblo hacia los pastos del río en un caso, y en otro hacia Castro y la era. Porque verdadero plan de urbanización un hubo ni hay más que el correspondiente al de la huerta del palacio al finalizar el siglo XIX, como queda dicho anteriorrmente.

En la plazoleta que hay al oeste de la iglesia y número 10 había hasta los años 60 una casa solariega de los Miguelones de León, con un buen porche de entrada de puertas grandes para entrada de carruajes, continuando lateralmente soportales con caballerizas, paneras y dependencias varias, todo ello delimitando un buen patio empedrado, que al norte continuaba con la mansión señorial de planta y piso con muchas habitaciones, y más al norte una gran huerta de frutales y hortalizas con palomar en el centro, que aún existe en su estructura exterior. Los dueños eran de la familia Eguiagaray de León, donde tenían una tenería de cueros.

La casa de la plaza que hace esquina norte a la calle de la Era fue construida en el año 1874 por la familia Martínez Otero para domicilio propio y para fábrica de dulces, chocolate y velas, por lo que se la llamaba "la de la confitera", aunque también tenía almacén de vino y ultramarinos Sus dueños procedían de Astorga y de Zamora y sus descendientes han echado raíces en Vegas.

Capítulo aparte merece el estudio de la iglesia actual, construida en el año 1784, siendo cura párroco D. Santiago Alvarez del Puerto. No es que su arquitectura sea algo singular, pues es muy similar y casi igual a varias de la provincia, hasta el extremo que quizá fueran dirigidas en su construcción por el mismo arquitecto, pero más bien nos asombra cómo en aquellos años en que el pueblo no sumaría más de 200 habitantes se atrevieron a levantar tamaño edificio y con qué medios económicos contarían cuando sabemos que tenían muy pocos recursos. Pero la explicación no parece otra que si bien el pueblo llano era pobre, sin embargo el clero y la nobleza eran ricos, porque eran dueños de la mayor parte del terreno del pueblo y aquellos vecinos pagaban religiosamente sus rentas, diezmos y demás gabelas a unos y a otros.

Por su parte sabemos que el cura, a través de las cofradías administraba estas rentas provenientes del gran patrimonio rústico que el monasterio de Abellar tenía en estos pueblos de Vegas y Villanueva, cuando ya el centro monacal y el poblado de S. Salvador de Villafría, fundación del monasterio, se habían extinguido, pero no obstante sus propiedades habían quedado en posesión de la iglesia catedral de León hasta casi 100 años más tarde en que fueron desamortizados. Por su parte el cura tenía también sus propias propiedades rústicas y ganado, así como criados, que los puso a disposición de esta empresa descomunal para aquellos tiempos.

Es muy posible que la nobleza establecida en el pueblo, como los Guzmanes y los Marqueses de S. Isidro u otros ricos-hombres ayudaran también porque así parece demostrarlo el hecho de que en la parte alta del retablo mayor de la iglesia hay desde entonces dosos escudos nobiliarios que parecen confirmarlo.

Si hoy el pueblo tuviera que hacer otra iglesia igual parece imposible que lo lograra.

Hasta aquí y así ha llegado a formarse este pueblo que en sus comienzos hace 1000 años no eran más que unas casuchas bajas y pobres al lado de una iglesiuca y de una fuente muy abundante en la calle del río.
 
 
 
 

CONFIGURACIÓN RÚSTICA DE VEGAS

En el capítulo anterior vimos la configuración urbana de Vegas al principio del siglo XX. Pero intentar hacerlo ahora en lo rústico va a ser bastante más difícil.

Para empezar tenemos que remontarnos al siglo X en que tuvo origen el pueblo. Cuando los últimos reyes asturianos de la Reconquista expulsaron a los musulmanes de estas tierras que hoy llamamos León, comenzaron a fundar castillos, fortalezas, pueblos, fundaciones, monasterios, etc., al frente de los cuales ponían a gente de la nobleza que les servía en la guerra con sus armas y sus siervos y a monjes para regentar los cenobios, y a unos y otros el rey les daba enormes extensiones de terreno para premiarles su aportación a la guerra y a los monjes para que pudieran sobrevivir con su cultivo o sus rentas, porque tanto los unos como los otros tenían a su servicio a la gente sencilla, que no eran ni nobles ni monjes, pero que con ellos empezaron a fundar estos pueblos de nuestra ribera.

Los primeros pueblos de esta zona nuestra no se fundaron hasta ya entrado el siglo X, cuando el primer rey leonés García I trasladó la corte de Oviedo a León.

En el año 999 el rey de León da al obispo Froilán II el castillo de S. Salvador de Curueño con su mandación, el cual fue usurpado por el conde García Gómez a la muerte del prelado, debiendo ser devuelto en el 1012 por Alfonso V al obispo Nuño. Parte de este castillo aún existe y está en la cuesta del monte, al este de Santa Colomba de Curueño. La cita dice claramente que el rey da al obispo el castillo con su mandación, lo cual quiere decir que el dueño del castillo tenía también tierras y siervos.

La denominación de hombres de mandación de entonces es clara; pues dice así: las donaciones del rey hacían pasar a un gran propietario los bienes conjuntamente con sus habitantes con la denominación de hombres de mandación, o sea siervos, que atendían al señor y le cultivaban la tierra, o en el caso de que fueran hombres libres y no siervos, eran hombres dependientes, que pagaban por la tierra que cultivaban un censo o renta, así como ciertas prestaciones personales o en especie.

Este campesinado, jurídicamente considerado como libre, tenía muy limitada a su libertad mediante esta dependencia.

Los grandes propietarios lo eran de villas enteras otorgadas por los monarcas o surgidas mediante la práctica de su poder. Pues ya tenemos claro con estos documentos de S. Salvador de Villafría y de S. Salvador de Curueño que una gran parte del terreno de Vegas y de Villanueva fue una donación de los reyes de León a los abades del monasterio de Abellar.

Lo que nos falta por saber es cuántos y qué terrenos eran exactamente. Sabemos que alrededor del poblado de S. Salvador tenían mucha propiedad, pero eso no quiere decir que no tuvieran también otras propiedades; como por ejemplo la gran extensión que había entre Vegas y Villanueva, llamada Degaña y el Robledo, y que casi llegó hasta el siglo XX como tal monte de robles. Si Degaña y el Robledo hubieran sido propiedad de los monjes de Abellar o del clero, casi seguro que en la primera desamortización de Mendizábal hacia el año 1835 se lo hubieran expropiado y vendido al mejor postor, que quizá fuera el Marqués de S. Isidro porque éste señor fue vendiendo parte del Robledo a vecinos de Vegas a finales del XIX y principios del XX.

Aunque el monasterio de Abellar desapareció como tal en 1120, sus propiedades pasarían a engrosar las del cabildo de la Iglesia Catedral de León, por ser Abellar fundación episcopal. Sea de quien fuere lo cierto es que el Robledo fue el último enclave que pasó a manos particulares de vecinos de Vegas y Villanueva mediante venta de fincas particulares.

Los Guzmanes, Marqueses de Toral, eran señores de la villa de Vegas; aquí levantaron el castillo-palacio para vivienda y aquí poseían un inmenso capital en tierras. Toda esta tierra al fin fue pasando a manos particulares de vecinos de Vegas en el transcurso de los años. Los Marqueses de S. Isidro también vendieron todo lo que poseían aquí, así como los Miguelones de León y otros varios terratenientes.

Como vemos la gente fundacional del pueblo poseían una pequeña parte de la superficie total del pueblo, quizá sólo unas huertas para su sustento. Claro que el pueblo estuvo muy poco poblado durante los primeros siglos y no necesitaban mucha superficie para vivir, pues vemos que en el año 1828 no eran más que 217 habitantes, de los que 24 eran niños. Pero resulta que en el año 1868 ya eran 403 y en el 1897 sumaban 453 y 3 años más tarde en el 1900 llegaban a 516 para pasar al año 1950 con 597, como tope máximo.

Este incremento tan vertiginoso de la población en poco más de un siglo creó un problema muy agudo de recursos para subsistir y es por lo que nuestros abuelos y padres no tuvieron más remedio que comprar todas las fincas que salieran a la venta al precio que fuere y levantar al mismo tiempo más de 100 casas donde cobijarse.

Así, de esta forma y con tanto esfuerzo lograron adquirir un capital en fincas que les permitió sobrevivir, aunque en absoluto todos los vecinos tenían igual capital, por lo que muchas familias tenían que arrendar fincas o llevarlas de a medias para completar su explotación.

Había también algunas familias, al menos durante el primer tercio de este siglo XX que apenas tenían tierra más que para un huerto y se veían precisados a salir a jornal en casa de los más acomodados y en fechas determinadas a excavar los fréjoles o segar a guadaña o de criados en casa de un amo o de motriles temporeros durante el verano y al mismo tiempo salir a rebusco, a apañar, al espigueo, una vez levantado el fruto de las fincas.

Estos últimos fueron los primeros en dejar el pueblo e ir a las minas, a la industria o a colocarse en las ciudades de lo que fuere y algunos todavía iban a hacer las américas y algo más tarde hacia los años 60 emigraron de obreros a Europa.

Los que siguieron en el pueblo tuvieron que ir venciendo muchas dificultades y aprovechar a tope todos los recursos que pudiera dar el campo, por lo que roturaron terrenos marginales de secano para producir cereales y sobre todo trigo para amasar el pan en casa, plantar viñas en la parte alta de la ribera junto a la carretera provincial, que era todo de secano. Para entonces ya había pasado la filoxera, porque estamos hablando de los años 20 en adelante.

Tan importantes eran entonces las viñas que basta decir que hasta casi los años 50 la inmensa mayoría del terreno a derecha e izquierda de la carretera provincial estaba plantada de viñas hasta el Puente Villarente y por supuesto, más al sur, más todavía.

Era vital vendimiar y hacer vino en casa para no gastar la mitad de la cosecha de fréjoles en pagar a los vinateros de León, aunque hacía falta voluntad o necesidad para beber este vino tan bajo de calidad y tan agrio en acidez. Para evitar que se perdiera del todo había que embotellarlo antes de que llegaran los calores de la primavera.

Las viñas desaparecieron cuando llegó el agua de riego a esta zona hacia los años 50 y ya para entonces el labrador tenía ingresos suficientes para comprar vino decente.

A principios de siglo todavía se sembraba lino para hacer lienzos en los diversos telares que había en el pueblo. Hubo hasta 12 telares en épocas anteriores y un pisón para hacer estameña con la lana de las ovejas, y también hasta una fundición de campanas.

Pero la mayor parte del terreno se dedicaba a cereales y en lo poco que se regaba a producir legumbres y patatas; porque de regadío antes de este siglo casi no había más que lo que se regaba con las pocas aguas que venían de Barrillos de e Curueño a través de una presa que hicieron los Guzmanes para regar la huerta del palacio de Vegas, y al pasar por terreno de Castro había que dejarles el agua que cupiera por el agujero de un medul, (el diámetro del eje de un carro) para regar sus huertas de hortalizas.

También había en el siglo pasado una acequia que nacía junto a la iglesia de Barrio y por Devesa llegaba a Vegas para regar los dos pueblos. Desde siglos anteriores también se regaba algo de la parte baja de la ribera con aguas de manantiales y pequeños saques del Porma.

Por eso nuestros abuelos se atrevieron a principios de este siglo XX a crear una comunidad de regantes y a trazar y levantar con sus propios medios una Presa Grande para coger el agua en la confluencia del Curueño con el Porma para regar toda la ribera baja por medio de una presa de superficie que iba aproximadamente por donde lo hace actualmente la de la Cestilla, y distribuirla a las fincas por sus ramales correspondientes, siendo todos las conducciones de tierra.

Pero como esta solución no bastaba, algunos hicieron norias en el Terreno de Sol, en la parte alta de la carretera, y como esto tampoco era suficiente, fue por lo que en la década de los años 40 emprendieron la gran tarea de hacer un canal en tierra desde la salida del agua de la central hidroeléctrica de Sorribo en Ambasaguas, pasarla por debajo del Curueño y por donde actualmente va el Canal de Arriola llevarla hasta Santibáñez para regar toda la ribera alta.

Aquel canal de riego también se llamaba Canal de Arriola, porque éste era el apellido del joven ingeniero de caminos que lo trazara, porque la familia Arriola tenía una casa solariega en Santibáñez y eran dueños de la inmensa mayoría del terreno de este pueblo y por lo tanto estaban muy interesados en ponerlo en regadío. Creo que el joven Arriola no lo pudo ver terminado debido a que por entonces fue secuestrado una noche de su casa de Santibáñez por unos maquis fugados de la postguerra para pedir un dinero por su rescate; pero la operación fue muy mal proyectada por la policía que quiso engañar a los maquis y mató a uno de ellos y a su vez éstos mataron a Arriola junto a las casas del caserío de Valderrodezno. En su memoria quedó la denominación de Arriola para el canal que 30 años más tarde en 1975 hizo la Confederación Hidrográfica del Duero para regar toda la margen derecha del Porma desde Devesa, Vegas hasta su confluencia con el Bernesga- Torío en Villarroañe; pero dimensionado suficientemente para llevar el agua necesaria para regar los nuevos regadíos de la ribera alta así como los viejos regadíos de la ribera baja, que ya se regaban con acequias de tierra desde hacía muchos años.

Por eso Confederación hizo también en cemento y elevadas las acequias primaarias para regar todas las fincas comprendidas desde el canal hasta el río, así como los desagües correspondientes.

Esto se hizo realidad hacia el año 1975 pero sólo en el terreno correspondiente a los nuevos regadíos de la parte alta de la ribera pero no en los viejos regadíos de la parte baja porque éstos en esta fecha estaban en proceso de concentración parcelaria, interrumpida por la Comunidad de Regantes de la Presa Grande de Vegas que no aceptaron transferir la concesión de agua de esta comunidad a la del canal de Arriola, a pesar de que cuando se proyectó este canal por parte de Confederación se transfirieron oficialmente todas las concesiones antiguas, desde Vegas a Villarroañe, mediante información pública, que en su plazo reglamentario nadie impugnó.

Debido a esta negativa surgida hacia el año 1975 quedó en suspenso la concentración parcelaria correspondiente a la parte baja de los viejos regadíos que siguió regándose por la Presa Grande como siempre se había hecho y cultivando las mismas fincas de toda la vida y transitando con la maquinaria moderna de ancho de vía mayor que la anchura de aquellos caminos intransitables y limpiando de hacendera las presas y ramales dos veces al año, y de esta forma tan anacrónica de trabajar el campo pasaron otros 15 años aproximadamente hasta que a principios de los 90 se solucionó todo como lo vemos actualmente.

Total, que desde aquel 17 de noviembre de 1960 en se aprobó la concentración parcelaria para la zona de Vegas, Villanueva y Castro, hasta el año 1990 en que se terminó totalmente pasaron 30 años. Pero desgraciadamente este problema de los viejos regadíos todavía lo tienen sin solucionar los pueblos comprendidos desde S. Cipriano hasta Los Ajos, ambos inclusive, y por las mismas causas que acontecieron en Vegas y Villanueva, que se hicieron extensivas a estos pueblos porque los riegos son continuidad de unos pueblos a los otros.

Este problema no lo han tenido en absoluto los pueblos a partir del Puente Villarente, porque desde el momento en que se hizo el Canal de Arriola en el año 1976, procedieron a concentrar toda la ribera; viejos regadíos y ribera alta, y a regar todo este terreno por dicho canal, como lo había proyectado en su día Confederación Hidrográfica del Duero para toda la margen derecha del Porma. Llevan más de 25 años regando por el canal de Arriola a plena satisfacción.

Parece ser que últimamente estos pueblos desde S. Cipriano hasta el Puente Villarente han aceptado regar todo en terreno por el Canal de Arriola, por lo que sólo quedaría sin hacerlo, como excepción, el enclave de Vegas y Villanueva. Por eso la concentración en la parte baja de estos dos pueblos se retrasó 15 años más de lo necesario, durante los cuales hubo un sin fin de reclamaciaciones para volver a reconcentrar estos terrenos, que no fue posible porque estaban desde hacía muchos años en bases definitivas; pero sí se logró conservar la vieja concesión de agua de la Presa Grande renunciando antes a los derechos de hacerlo por el Canal de Arriola.

Así quedaba definitivamente separada la ribera alta de la baja por lo que Confederación procedió a interrumpir las acequias primarias a la altura de la ribaja y a recoger el agua sobrante de las mismas en un desagüe general que la lleva directamente al río.

En virtud de estos hechos consumados fue necesario trazar otro canal que sustituyera a la antigua Presa Grande, pero para eso había que proyectarlo, aprobarlo y ejecutarlo, por lo que pasó tanto tiempo en espera. Por fin salió adelante la Presa de la Cestilla actual, que riega también la ribera baja de Villanueva y accidentalmente la de S. Cipriano. El coste económico y social de esta solución es para estudiarla detenidamente por quien corresponda.

Además de estos terrenos de regadío que hemos explicado hasta aquí, el pueblo posee otros de secano más al oeste del Canal de Arriola que antiguamente también se sembraban pero que actualmente están casi abandonados porque no es rentable cultivarlos. Muchos de éstos son ya monte de roble y estepa, pero todos son de propiedad particular desde que se repartieron entre los vecinos de Vegas y Villanueva a finales del XIX y principios del XX, pues hasta entonces eran comunes y mixtos de ambos pueblos y comprendían El Perón, Candajo, Valmejite y Valdefresno y que limitan con terrenos de Santa María y Castro.

El pueblo siempre poseyó durante siglos pasados muchos terrenos comunales en las márgenes del río Porma, que aprovechaba para pastar el ganado de cada uno en régimen de vecera o vacada; pero como llegó la presión demográfica en el primer tercio de este siglo es por lo que procedieron a distribuirlos en lotes entre los vecinos de entonces. Así se hicieron lotes numerados del 1 al 7, empezando por la parte sur y asignando cada lote a un determinado número de vecinos, que sus descendientes, años más tarde, subdividieron para plantar los chopos que crecen actualmente.

Hacia el año 1925 hubo en Vegas un secretario del ayuntamiento que propuso al pueblo plantar de común acuerdo chopos en toda esta superficie y no repartirla en lotes. Pero aquellos vecinos que no tenían otros pastos para sus ganados, se opusieron. La verdad es que llamar pastos a estos terrenos es un decir, porque la mayor parte de ellos no eran más que pedregales, pero para tomar el sol las vacas y hacer ejercicio y no estar atadas a la cuadra, valían, y también valían para pasarlo bien los chicos con las chicas que iban a cuidar de las vacas durante todo el verano. Quizá hubiera sido preferiible haber plantado chopos, como proponía el secretario Zabala, quien hacía las gestiones para ello desde el ayuntamiento y así el pueblo, años más tarde, hubiera tenido dinero para sus gastos, y no se hubiera visto obligado a vender otros terrenos comunales en aquella zona más al norte y en otros varios sitios. También tenía el pueblo un soto comunal junto al río, a la derecha del camino, donde se celebraba la fiesta del Corpus. Otro paraje comunal tenía más al norte de éste y ya cerca de Cerezales, llamado la Senara

Hasta el siglo pasado el paraje "Las Suertes", eran comunales que el concejo del pueblo adjudicaba en lotes a los vecinos cada 8 años para que obtuvieran 4 cosechas, porque eran terrenos de secano.

El monte de la Quebrantada siempre ha sido de utilidad pública, por lo que Vegas siempre se ha aprovechado de él durante siglos. Ha sido trascendental para la economía local porque de él se suministraba de leña para las necesidades del hogar; como calefacción, leña para condimentar los alimentos y de urces para amasar el pan; pero también fue muy importante para alimentar a las más de 2000 ovejas y cabras que en él pastaban, o para las vacas que aprovechaban el pasto de las cuestas, y en épocas pasadas, para hacer carbón vegetal que vendían en León.

Por todo esto nuestros antepasados mimaban y cuidaban el monte porque en él pasaban muchos días del año trabajando durante el invierno: pero pasaron los años, la vida fue cambiando y, llegados los años 60, ya nadie amasaba en casa, la leña se sustituyó por butano y los pastores fueron desapareciendo, por lo que también desaparecieron los rebaños.

Llegado este momento el monte quedó libre de la carga ganadera que lo esquilmaba y empezó a regenerarse la vegetación hasta el extremo que allí donde no se veían más que unas pocas y aisladas urces y estepas enclenques, empezaron éstas a crecer más y más y a cubrir el suelo hasta formar una verdadera selva impracticable. Hubiera sido una auténtica gozada para la gente de entonces haber encontrado estas descomunales estepas y urces actuales, que por otra parte hoy son un verdadero peligro en caso de incendio.

Las matas de encina y roble siempre se han conservado con esmero, regulando bien las cortas de leña. Naturalmente estas referencias corresponden a la parte de la cuesta y de ciertos valles, porque en el resto del monte llano, a últimos de los años 50, la Junta Vecinal de Vegas suscribió un concierto con el Patrimonio Forestal de entonces para repoblarlo de los pinos madereros que tenemos actualmente. Para ello el Patronato aró toda la superficie, arrancó las cepas de las urces y arrasó toda la vegetación restante; hizo amplios surcos y caballones buscando las curvas de nivel para en ellas poner las plántulass de pinos y, por si acaso, sembrar piñones, de modo que entre unas y otros poblaron el monte de una selva de pinos tan tupida que sobran la mitad por lo que durante estos últimos años han sido entresacados muchos de ellos. Menos mal que esta entresaca ha proporcionado buenos ingresos a la Junta Vecinal, porque los convenios con el Estado en esta materia siempre han sido muy favorables para los pueblos.

Hay que reconocer que los pueblos con pinos y chopos siempre han manejado buenos dineros, como le ocurre actualmente a la Junta Vecinal de Vegas, cuando siempre había estado desperrada y por lo tanto obligada a vender parte del patrimonio común para sacar dinero con qué cubrir las necesidades más perentorias.

El acceso al monte siempre ha sido un grave problema a causa del río, sobre todo en invierno, y también en verano a partir del año 1967 en que empezó a soltar agua el pantano de Vegamián; así que desde esta última fecha el río fue completamente impracticable durante todo el año, hasta que felizmente y sin que ningún vecino moviera un dedo ni soltara una peseta llegó un día en que, casi por obra de magia, apareció hecho un flamante puente de cemento para toda clase de vehículos gracias a la gestión que el actual alcalde Moisés García Jalón hizo ante los organismos competentes que subvencionaron la obra: y ¡pensar las calamidades que pasaron durante tantos siglos nuestros antepasados y nuestra misma generación para pasar el río por aquellos puentes de madera que arrastraba el río cada invierno, o en aquel cajón transbordador sobre cables, o en aquella barca peligrosa que, al zozobrar arrastró consigo a la muerte a más de un vecino!.

Y todos estos artilugios sólo servían para pasar la gente o a lo sumo también algún animal doméstico, pero no para pasar el carro con leña, que tenía que hacerlo por el lecho del río, lleno de morrillos que frenaban las ruedas del carro con el agua muchas veces hasta la barriga de las vacas.

Hasta la inauguración de este puente a principios de los 90, y desde hace más de 60 años, ha habido la posibilidad de pasar el río por el puente de Cerezales y por la pista forestal de Valdequintana llegar a nuestro monte. Esto supone dar un rodeo de más de 7 kilómetros entre ida y vuelta desde Vegas, y si bien para los vehículos motorizados no ha tenido mayor importancia, sin embargo sí la ha tenido para los carros de tracción animal, porque los tractores no llegaron hasta los años 60.

Para traer desde León la Cruz de la Quebrantada hubo que hacerlo por la pista de Valdealcón, Dos Hermanas, pista de Cerezales, cortafuegos de los pinos y llegar a la Quebrantada porque, a pesar de que venía desmontada en cuatro partes, la góndola que la transportaba no podía pasar por las curvas cerradas de la pistasta que sube por Cerezales.
 
 
 
 

GANADERÍA

Hasta aquí no hemos visto más que un factor de producción, como es la tierra, pero a pesar de que ésta sea imprescindible, sin embargo no se completaría su función sin el concurso de la ganadería, vista desde su más amplia expresión. En esta ganadería hay que incluir a los animales de todas las especies domésticas que se han explotado en Vegas en el transcurso de los 10 siglos de su existencia. Unas razas han tenido más importancia que otras en la vida del pueblo, pero siempre han estado presentes el ganado vacuno, caballar, asnal, ovino, caprino, de cerda, aves y conejos. Es interesante observar la importancia que daban al ganado en el siglo pasado al comprobar que las Ordenanzas Municipales del año 1829, de los 69 capítulos de que constan, 18 están dedicados exclusivamente a reglamentar el cuidado y explotación, tanto de las vacas como de los bueyes, toros, yeguas, caballos, burros, pollinos, ovejas, cabras o cerdos; porque hay capítulos específicos para cada una de estas especies, pero además haciéndolo con tal meticulosidad y acierto que hoy mismo sería difícil superarlo en muchos aspectos, a no ser en lo referente a temas que entonces estaban por descubrir, como la genética, sanidad o alimentación que, a pesar de todo y a su manera ya lo tenían solucionado, aunque fuera empíricamente, pero acertaron al menos dentro de sus posibilidades; es que les iba mucho en ello porque vivían tanto del ganado como de las tierras, y no digamos de siglos anteriores en los que el hombre fue antes ganadero que agricultor.

El hombre primitivo fue cazador y recolector de frutos silvestres; posteriormente fue pastor y a continuación ganadero y agricultor, hasta llegar a nuestros días en que no basta ser ganadero sino técnico especialista en cada una de las especies de animales domésticos superespecializadas, que más que animales parecen máquinas de producir leche, carne o huevos; por lo que el ganadero tradicional se ve desbordado en sus funciones y tiene que recurrir a personal veterinario especialista para competir con los demás ganaderos de España y dentro de poco con todos los de la Unión Europea.

Es curioso que después de tantos siglos transcurridos en la vida de este pueblo, los pocos habitantes que viven del campo actualmente sean casi exclusivamente ganaderos, como sus antepasados más remotos, aunque unos y otros se parezcan entre sí muy poco en sus funciones. Esta evolución acontecida durante tanto tiempo es muy larga de contar, pero al menos nos interesa ver la más inminente a nosotros, porque además es la más representativa. Partimos para ello de la mejor fuente de informacióón que nos han dejado nuestros antepasados; como son las Ordenanzas Municipales del año 1829, cumplimentada esta información con otros datos de estadísticas o censos.

OVEJAS Y CABRAS

El ganado ovino y caprino siempre han estado presentes en el monte de Vegas hasta hace 40 años. Siempre se explotó en régimen de aparcería formando rebaño a cargo de un pastor ajustado por S. Pedro. Este o estos rebaños pastaban en todo el monte de Vegas y nunca venían al pueblo porque no había puente para pasar el río, por lo que tenían "casas de ganado" al pie de la Quebrantada donde pernoctaban.

Los pastores sí dormían en el pueblo, pero tenían que pasar el río por el puente de madera, por el cajón colgante o por la barca y a veces por el puente de Cerezales. Las ovejas y cabras eran propiedad de todos o varios vecinos de Vegas, que por S. Pedro contrataban al pastor con un sueldo fijo anual o mediante otras fórmulas diversas, propias de los diversos tiempos transcurridos. El pastor podía tener en el rebaño un número determinado de cabezas propias por las que no pagaba derramas.

A efectos de contabilidad cada 10 animales o fracción formaban una unidad, ajustada a fecha de S. Pedro de cada año. Esta unidad valía también como "día de ayuda" en época de paridera en que el pastor necesitaba fuera con él al monte alguien para traer los corderos o cabritos nacidos en el campo; ponerlos a mamar cada oveja con su pareja o subdividir en dos el rebaño. Los días de "ayuda" se distribuían a corrida entre los ganaderos. En aquel año de 1829 había en Vegas 54 vecinos, eran 217 habitantes y entre todos tenían 2000 cabezas entre ovejas y cabras, por lo que tocaban a una media de 37 animales por cada vecino. Es de suponer que estas 2000 cabezas estuvieran integradas en dos o más rebaños con sus pastores respectivos, porque es imposible guardar tantas cabezas en un solo rebaño y además porque nos lo confirma el hecho de que en la Quebrantada siempre han existido dos y hasta tres casas de ganado.

Como se ve, aquellos vecinos tenían en gran aprecio el ganado menudo porque era su mayor y mejor fuente de ingresos, ya que por entonces el campo era casi todo él de secano y no producía más que para las necesidades propias de cada familia. Además por las matanzas siempre se sacrificaban para casa aquellas ovejas o cabras de menor valor comercial, porque los chivos y carneros proporcionaban buenos ingresos en su venta.

El estiércol que producían de noche en la casa del ganado era muy apreciado para los cultivos de huerta y se extraía una vez al año a principios de la primavera, por lo que formaba una capa en todo el corral y soportales de varios decímetros de grosor, que había que cavar con picos, de tan compacto como estaba al no llevar paja y ser pisado continuamente por la compactadora ideal, como es la pata de cabra.

Se picaba entre todos los ganaderos, pero se repartía posteriormente proporcionalmente al número de animales de cada uno. Para pasar el río con el carro cargado a veces había que llevar dos parejas para cuartear, al igual que para pasar la leña.

Otro subproducto de las ovejas era la lana, muy apreciada en tiempos anteriores a nuestro siglo, cuando todavía no se había desarrollado suficientemente la industria de tejidos abaratando el producto; por lo que nuestros bisabuelos pasaban mucho tiempo esquilando, lavando, cardando e hilando la lana, para en los 12 telares del pueblo hacer los lienzos con que confeccionar prendas de vestir, quilmas etc. o hacer estameña en el pisón para otra clase de necesidades como pantalones, escarpines y cosas así. Cuando la oveja, al igual que la cabra ya había dado todo, todavía le quedaba la piel, que se curtía en la tenería de curtidos que había en la casa del rincón nº 10 de la calle de la Botica, o se vendía al pellejero que pregonaba su oficio por las calles.

El capítulo 56 de las ordenanzas comentadas prohibe terminantemente introducir en el rebaño ovejas o cabras compradas a extraños sin que primero sean registradas por dos hombrbres peritos e inteligentes que nombre el concejo. "por los muchos y graves daños que se han experimentado en ocasiones, y si no lo hicieren incurran en la pena de 9 cántaros de vino para el concejo". El capítulo 69 trata de que dos vecinos inteligentes escojan en el rebaño los chivos y carneros necesarios para sementales de aquel año de entre todos los del rebaño; no pudiendo negarse ningún ganadero a aceptarlo, "so pena de 4 reales y la obligación de reponer a su costa otro macho y a pagar perjuicios".

CERDOS Y CERDAS

Las ovejas y cabras siempre se han guardado en rebaño con pastor fijo, pero en el siglo pasado además había vacadas para guardar las vacas, bueyes y veceras para yeguas, jatos, cerdos y pollinos, que se cuidaban a corrida entre los vecinos. La vecera más extraña nos parece hoy la de cerdos; pero era normal en el siglo pasado.

El capítulo 32, 37 y 59 de estas ordenanzas municipales nos hablan muy claro de esta vecera de marranos y marranas: "el concejo hará vecera cuando lo considere conveniente y cada vecino guarde un día por cada cerdo que tenga; menos el cura, que puede tener dos marranos de matanza y esté libre, así como el dueño del verrón, que puede tener en la vecera otros más. El pasto que se ha destinar para dicha vecería ha de ser las fincas cerradas o en otro sitio que no haya perjuicio, pero no en las praderas ni paciones. El verrón será elegido el día de S. Juan de junio de cada año y estará en servicio para el ganado de cerda hasta tal día de S. Juan del año siguiente, sin que ningún vecino se pueda negar a aceptarlo, bajo la pena de 3 cántaros de vino". El capítulo 59 ordena que todos los vecinos que tuvieren cerdos están obligados a llevarlos a la hora convenida a casa del ganadero que aquel día le toque la vecera y, pasada una hora, salga con todos al pasto y si alguno se retrasa que los lleve a donde se halle el pastor para que éste pueda dar cuenta de ellos

Siguiendo el estudio de la ganadería que ha habido en Vegas en estos dos últimos siglos vimos la evolución de las especies ovina, caprina y de cerda. Los datos del siglo XIX están bien documentados en las ordenanzas municipales del año 1829 y los de este siglo porque los hemos vivido directamente

CABALLOS Y YEGUAS

Siempre se han explotado aquí caballos, yeguas y burros, pero no machos y mulas para el trabajo del campo porque en la ribera, esta labor como motor de sangre, ha estado encomendada a los bueyes y vacas; a no ser en los trabajos ligeros de aricar o similares, por lo que su misión principal ha sido para la renta y sobre todo para la montura.

El caballo, la yegua y más bien el burro han sido hasta los años 40 de nuestro siglo el sustituto de la bicicleta y 10 años más tarde el de la moto, hasta que en los años 60 el coche popular desterró a estos animales como vehículo de locomoción.

Pero en honor a la verdad hay que decir que cumplieron con resignación y esmero su inapreciable misión para facilitarnos el traslado personal a las fincas, llevar el motril las 10, la comida y la merienda a los trabajadores del campo o de la era, transportar la quilma con grano al molino y de harina a casa, ir al monte por una oveja alicorta, etc., pero lo más bonito de su misión fue llevarnos varias veces a León al rayar el alba en compañía de otros congéneres suyos y convecinos nuestros a través de los solitarios caminos y sendas del Camino León, la Jana, Represa, Villalboñe, molino de Carbajosa, Villavente, bajar el Portillín y por Villaobispo llegar a la estación de burros, que era la casa de la señora Ricarda en la calle de S. Pedro.

Total eran 4 horas de ida y otras tantas de vuelta con la llegada de regreso al pueblo, ya entrada la noche, pero con las alforjas llenas de recados de familiares y vecinos y el alma llena de nuevas sensaciones. Pero no dejaba de ser emocionante ver despertar la naturaleza al salir el sol, intuir la labor del ama de casa a través del humo de las chimeneas de aquaquellos pueblines dormidos, oír a lo lejos la campana de la iglesia y así, paso a paso, acercarnos al Portillín de Villavente desde donde aparecía de repente un nuevo mundo a la vista, con las torres de la catedral presidiéndolo todo.

Es que durante tantas horas de camino, con aquella mansedumbre al caminar, nos daba ocasión de disfrutar de las mil sensaciones que las prisas y coches modernos nos tienen prohibidas.

Por todo eso bien merecen un recuerdo los burros y yeguas de nuestros años juveniles y un agradecimiento por su labor abnegada y humilde.

Tan importantes fueron estos animales como vehículos de locomoción en estos pueblos hasta los años 50 que era rara la casa de labrador que no tuviera al menos un burro o una burra, o un caballo o una yegua, los más acomodados, y si vamos a los años anteriores a los años 30 la yegua o el caballo eran el vehículo imprescindible para desplazarse en su visita por los pueblos el médico y el veterinario. Por eso en todas las entradas de las casas había una argolla donde atar las bridas y un poyo para facilitar la montura y sentarse a descansar y charlar con los vecinos.

Hasta que estos animales desaparecieron era cotidiana su presencia por todos los caminos y también atados a las verjas del ayuntamiento mientras sus dueños, venidos de los pueblos próximos y vestidos de domingo, despachaban sus asuntos pendientes en la villa. Así había sido durante todos los siglos anteriores y por eso aquellas ordenanzas de 1829 se encargaron de reglamentar el cuidado y explotación de estos animales.

En el capítulo 36 se ordena que haya vecería de yeguas, con la obligación de que el concejo admita libremente una yegua del señor cura, anden por el pasto de las vacas y ganado menudo, pero desde primeros de marzo hasta las derrotas tienen que ir trabadas las manos, y los potros y potras nacidos a partir de marzo pueden ir al pasto con sus madres.

En el capítulo 39 se ordena que las yeguas recién paridas vayan al pasto de los bueyes de labranza durante los 9 primeros días de paridas. Por supuesto no se admitían yeguas forasteras a no ser durante el invierno y eso con la conformidad de la mayor parte de los vecinos, como ordena el capítulo 41

BURROS Y BURRAS

El 38 ordena que el concejo debería de echar vecería de pollinos y pollinas para que anden debajo de palo y pastor y vayan al pasto de las yeguas, o a otro que el concejo determine; pero si un pollino tiene más de un año y medio y está entero, el dueño tiene que retirarlo de la vecera.

Estas ordenanzas no nos dicen nada de los sementales que tenían para cubrir las hembras respectivas. Sin embargo, desde principios de nuestro siglo XX, ya estuvo reglamentada esta función a través de la Dirección General de Ganadería y Depósito de Sementales, con sede en León, quien en la época determinada del año establece paradas públicas en pueblos estratégicos provistas de sementales adecuados a las yeguas de la zona; que suelen ser unos de silla y otros de tiro, además de algún burro garañón zamorano-leonés para las burras y para cruzar con las yeguas para producir mulos y mulas.

En Vegas, durante muchísimos años, existió una parada de estas características, prueba de la importancia que ha tenido este ganado en esta zona.

No es el caso de extenderse en el estudio de estos animales sino sólo recordar qué importantes fueron durante tantísimos siglos anteriores al nuestro hasta el descubrimiento del motor de explosión a finales del siglo pasado.

A lomos de ellos caminó la humanidad, se hicieron las guerras, el comercio, se conquistó América y tiraron de la carreta y del arado para nuestro provecho y sustento, y hasta la yegua servía de montura para ir el mozo pinturero a cortejar a la novia al pueblo próximo.

Estos animales tuvieron su edad de oro entre los años 1939 al 1950 en que se disparó astronómicamente su valor a causa de su extrema escasez; por lo que las zonas de producción de équidos como las montañas y riberaras vieron incrementados sus ingresos notablemente. Basta decir que en los años 40 una paraje de machos o mulas o una buena yegua preñada o un par de potras valían tanto, comparativamente hablando, como hoy un tractor o un buen coche. Acababa de terminar la guerra civil en que murieron destripadas por las bombas y las balas la mayor parte de los caballos, mulas y machos empleados en ella, los que sumaban muchos miles y además por entonces no había un tractor en el campo, ni divisas para comprarlos fuera, porque ni teníamos divisas ni donde comprarlos porque Europa estaba en guerra y además teníamos las fronteras cerradas al comercio exterior y en España no había fabricación ninguna de tractores.

Lo que sí había era mucha hambre y mucho campo donde trabajar pero faltaban la maquinaria agrícola adecuada y combustible, y sobre todo faltaba el motor de sangre. Este problema no afectaba para nada a nuestra zona de ribera donde siempre se había trabajado con bueyes y vacas; éste era un problema acuciante en las dos Castillas, Extremadura, Andalucía y Levante. El problema se solucionó a mediados de los años 50 en que se repobló este ganado y empezaron a importarse tractores y a fabricarse en España.

Aunque en menor cuantía este ganado equino ha seguido explotándose en Vegas pero no ya como de tracción animal sino más bien de silla y productor de carne para Francia, preferentemente a través de potros y potras, que alcanzan buenos precios.

Sigue estando justificada su existencia, sobre todo para aprovechar durante el invierno las hierbas residuales del campo que ningún otro animal consume, a no ser la oveja; ya que ambas especies son complementarias en esta función. Por eso el concejo, en común, siempre ha arrendado los pastos de invierno a los dueños de las churras o merinas, de acuerdo con la Ley de Pastos y Rastrojeras, con intervención de la Junta Provincial de Fomento Pecuario y de la Hermandad de Labradores y Ganaderos o de la Cámara Agraria actual.

Este arriendo devengó durante muchos años muy buenos ingresos al común de vecinos que el concejo administraba para pagar los diversos y múltiples gastos comunales sin tener que hacer derramas enojosas.

VACAS Y BUEYES

Bueno, aquí terminan las ovejas y caballerías y ahora vienen las vacas, que es casi la única especie animal que se explota actualmente y casi la única o al menos la prioritaria fuente de ingresos que el campo proporciona a los pocos vecinos que viven del mismo; porque toda la superficie agrícola del pueblo está supeditada a producir alimento para el ganado vacuno.

Como siempre, para estudiar este ganado, conviene hacerlo desde el principio; pero resulta que no sabemos nada de su existencia en el pueblo antes del año 1829 en que las ordenanzas municipales nos hablan de él en nada menos que en 8 capítulos. Sin embargo sabemos que ha estado presente en la vida del pueblo desde siempre como motor de sangre para las labores del campo, porque hay fuentes que así nos lo confirman en otros lugares de la ribera.

El hecho más significativo es que la piedra de la catedral de León fue transportada en carretas de bueyes desde las canteras de Boñar hasta la capital a través de la ribera del Porma durante los siglos XII al XIV. Además siempre se ha trabajado el campo en esta zona con ganado vacuno, así como con caballerías en Tierra de Campos hasta que se generalizaron los tractores en España en la década de los años 60.

Dado que la vaca es susceptible de ser explotada en tres funciones básicas, aunque no simultáneas, como son: de tracción animal, productora de carne o productora de leche, sin embargo hasta los años 60 las dos últimas funciones estaban supeditadas a la primera. Por eso se buscaban animales sobrios, duros y resistentes, bien adaptados al medio ambiente y para eso ninguna mejor que la vaca del país, que cumplió a la perfección su cometido durante siglos.

Era una vaca de tamaño mediano, cuernos en lira, capa castaño oscuro, pezuña y hocico negros, costillares rectos, ubre poco desarrollada ca con pezones ocultos entre los pelos largos de la zona, tercio posterior muy enjuto así como las manos y patas. Los machos de esta raza naturalmente eran de más talla y peso por lo que se les empleó mucho como bueyes en trabajos duros entre los labradores propietarios de muchas fincas. No importaba mucho que la vaca no pariera todos los años porque no se explotaba la leche, ya que la poca que daba se la tomaba íntegra el ternero, que hacia el mes de nacido se vendía a los tratantes, quienes lo llevaban andando a León atado con una cuerda a la cola de una yegua y acompañado en iguales condiciones por otro u otros terneros. Aunque esto no era la regla, sin embargo era un caso demasiado frecuente y lamentable, al menos hasta bien entrado el siglo XX en que comenzaron a generalizarse los camiones de transporte. En aquella época todo el ganado mayor iba y venía a las ferias andando.

Las terneras nacidas se recriaban para hembras de reposición al igual que algunos machos para bueyes de trabajo.

En el transcurso de los años este ganado primitivo fue sustituyéndose por otro de más alzada y fortaleza, como el tudanco, originario de las montañas de Santander, que se compraba en las ferias de Cervera, Guardo o Riaño, o el ganado Berciano comprado en las de León.

Hacia los años 30 de nuestro siglo se introdujeron en España los primeros sementales de raza parda, procedentes de Suiza, por lo que empezaron llamándose "suizos", y también "ratinos", por el color del pelo, semejante al de las ratas. Actualmente su denominación es la de "pardo alpino", porque es originario de todos los Alpes europeos, no sólo de los de Suiza. Las primeras importaciones fueron para Guipúzcoa y de allí se extendieron por Santander a Asturias, de donde pasaron a León mediante sementales comprados en Llanes.

Pasado un tiempo, y hacia los años 40 la Dirección General de Ganadería importó directamente de Suiza sementales selectos puros de esta raza para la Estación Pecuaria Regional de León con el fin de proceder al cruce absorbente con el ganado mestizo del país.

Posteriormente se importó también a través del Estado muchas novillas preñadas, provistas ya de su carta genealógica en los años 50 y 60, subvencionadas y distribuidas preferentemente entre ganaderos del Porma y de Babia, y por fin se extendió masivamente esta raza parda por toda la montaña y riberas de León por medio de la inseminación artificial ganadera, que se generalizó en los años 60, sustituyendo del todo a aquella nuestra raza del país.

Ello fue debido a que ya por entonces no se necesitaba apenas al ganado vacuno como motor de sangre y sí como productor de leche y carne, para cuyas funciones la parda alpina estaba perfectamente dotada; aunque también se la podía uncir al yugo para muchos trabajos agrícolas. Contribuyó también a ello el hecho de por entonces comenzaron a instalarse en León industrias lácteas que necesitaban mucha leche de vaca, y establecieron circuitos de recogida de la misma por toda nuestra zona y por toda la provincia.

Como las vacas ya no trabajaban en el campo y se las alimentaba mejor porque había más regadíos y además estaban más especializadas en producir leche y terneros, es por lo que este ganado vacuno devino con el tiempo a constituir la principal fuente de ingresos para los agricultores de Vegas.

Pero no fue sólo la raza parda, sino que contribuyó también a ello la raza frisona, más especializada aún en producir leche, aunque no tanto en carne. Tan especializada es en leche que a mediados de los años 80 empezó a desplazar a la parda hasta el extremo de que actualmente es casi la única que se explota en Vegas.

La raza frisona se introdujo en España procedente de Holanda a principios de siglo, por lo que se la llamaba entonces raza "holandesa", y también "pinta", porque es berrenda en blanco y negro, pero en Santander empezaron llamándola "del barco" porque los primeros ejemplares llegaron allí traídos de Holanda en barco. Actualmente se la llama frisona porque los animales actuales proceden originariamente de la región dee Frisia, en los Países Bajos, de donde los norteamericanos llevaron un buen número de ejemplares selectos a EE.UU. hace muchos años y allí los seleccionaron y mejoraron tanto que su genética ha inundado el mundo hasta el extremo de que los mejores ganaderos de esta raza en España son tributarios de esta genética a través del semen congelado y embriones de EE.UU. y Canadá. Es que Norteamérica tiene grandes extensiones de terreno idóneo para este ganado; dinero, organización y tecnología puntera como para ponerse a la cabeza del mundo en este terreno.

Igual ocurrió a principios de este siglo con el ganado pardo cuando EE.UU. compró en Suiza un buen lote selecto de hembras y machos de esta raza, que en transcurso de loa años seleccionó y fijó caracteres sobre todo para producir leche, hasta el punto de que sus hembras alcanzan producciones equiparables a las de la frisona. De esta forma este ganado se ha distanciado bastante del tronco original pardo europeo, que siempre ha sido de aptitud doble de leche-carne. Tanto es así que el ganado americano pardo forma una línea aparte del pardo europeo, por lo que su denominación internacional es la de "Bron Swiss" o Pardo Americano.

Este pardo americano, a su vez, está desplazando al pardo europeo en muchas ganaderías que explotan en la actualidad esta raza.

El problema más grave es que para mantener esta línea es imprescindible seguir importando de EE.UU. las dosis de semen con que cubrir a las hembras de aquí; pero compradas estas dosis con dólares, a precios muy caros, porque en España, hoy por hoy, nos es imposible de todo punto producir este semen con genética tan selecta. Está por ver si a la larga sería preferible seguir explotando en España el ganado pardo de tronco europeo, más acomodado a las características de su área de influencia, como son las partes altas de las riberas y la montaña; porque para la parte baja y el llano ya tenemos al frisón actual sin tantos problemas de suministro de dosis seminales, ya que en España se empieza a producir genética aceptable para este ganado a través de los animales inscritos en los libros genealógicos y pertenecientes a los núcleos de control, como se ha hecho en todo el mundo ganadero progresista desde hace muchas décadas.

Este problema de suministro de semen mejorante está de momento solucionado para la raza frisona con su importación procedente de EE.UU., Canadá, Francia, Holanda, Alemania e Italia a través de las empresas comerciales, pero a precios mucho más caros que en los países de origen, y para la raza parda alpina americana trayéndolo exclusivamente de EE.UU., único país suministrador de este material, pero a precios astronómicos.

El semen procedente de Suiza para el tronco europeo está prohibida su importacación desde que en esta nación se declaró la existencia de la enfermedad de las vacas locas; por lo que al no haber producción de este material en España, los ganaderos carecen accidentalmente de existencias. Este es un problema continuo al no ser autosuficiente nuestro país por falta, no ya de tecnología, sino de organización, medios y dinero para producirlo y por eso estamos condenados a depender de estas naciones y pagarles buenos dineros.

Para paliar en parte este problema, al menos para los ganaderos pertenecientes a los núcleos de control, desde hace más de 25 años el Estado ha importado semen mejorante de las razas frisona y parda que ha ido entregando a estos ganaderos a un precio muy subvencionado y casi simbólico.

Esta misma política la ha seguido la Junta de Castilla y León con estos mismos ganaderos de esta Comunidad, y la Diputación de León con los de la provincia, aunque en este caso en condiciones menos favorables económicamente.

No obstante estas fuentes de suministro no cubren las necesidades totales de todo el ganado, por lo que la mayor parte de los ganaderos tiene que recurrir al mercado libre y pagar precios abusivos.

Este capítulo de la continua mejora ganadera es tan importante que sin tenerlo solucionado no se puede pensar en seguir siendo ganadero porque cada día hay más competencia entre los demás ganaderos de España y de Europa, donde estamos integrados.

Los demás factores de producción como sanidad, alimentación y manejo se dan por solucionados porque están enteramente en manos de cada ganadero, apoyados, eso sí, por los organismos oficiales mediante las campañas de saneamiento ganadero, asesorados por los servicios de las Unidades Veterinarias, de Extensión Agraria o casas comerciales.

A últimos de los años 60 y principios de los 70 el Ministerio de Agricultura importó del Canadá bastantes miles de novillas frisonas preñadas que regaló a ganaderos progresistas con la obligación de que éstos devolvieran una becerra destetada por cada una de las novillas recibidas y procedente de uno de los tres primeros partos. Pero como "casualmente" muchas de estas novillas no parieron más que machos durante estos tres primeros partos, no hubo tal devolución. Lo que quería el Estado era que los ganaderos se animaran a producir leche, porque había mucho déficit para alimentar a la población.

Lo cierto es que con esta ayuda y estímulo se fundaron entonces muchas granjas modernas, de las que todavía persisten buen número de ellas, con renombre nacional.

Una de ellas estuvo proyectada y aprobada para Vegas en régimen de cooperativa integrada por ganaderos y propietarios de Vegas, Villanueva y Castro para la explotación de más de e 100 vacas de vientre con la correspondiente recría y cebo.

De aquellos proyectos sólo queda una finca comunal, de más de 4 hectáreas en el Praderón de Vegas, asignada por el Servicio de Concentración Parcelaria para solar de la vaquería, que no pudo llevarse a efecto porque la entrega total de los lotes de reemplazo de las fincas concentradas que iban a constituir el patrimonio rústico aportado por cada uno de los socios se retrasó más de 20 años de lo previsto por circunstancias lamentables que todos conocemos.

No obstante, a principios de los 80 se fundó una fábrica cooperativa para la producción de piensos compuestos en Villafruela, al igual que otra similar en Brugos de Fenar y una tercera en Sorriba (Cistierna), subvencionadas y patrocinadas las tres por el Estado. Vinieron a solucionar el problema grave que había de suministro de piensos compuestos adecuados para la alimentación de las vacas, que ya entonces empezaban a producir leche en cantidad, y además bien formulados estos piensos y a precios más baratos que en el mercado.

Ahí siguen estas tres fábricas pero más dimensionadas y más modernas, con producción también de piensos compuestos para las demás especies animales de renta, como cerdos, ovejas, conejos, y aves; y hasta han servido para coordinar los intereses comunes de los ganaderos en el momento de vender la leche de sus vacas a las industrias transformadoras a precios preferenciales y más ventajosos que si cada uno la hubiera vendido aisladamente.

La de Sorriba ha hecho un concierto con sus socios para colocar en el mercado carne de novillo con denominación de origen y quesos procedentes de la producción de sus granjas. Esto no excluye otras facetas más relacionadas con la explotación de las granjas, como la compra de artículos o servicios propios de las mismas para hacerlas más rentables, cosa que ya es un hecho desde hace años.

Hace 25 años parecía quimérico hasta soñar con llegar algún día a este grado de entendimiento y defensa de los intereses comunes que afectaban a todos los ganaderos. Pero para llegar a esta solución actual hubo que derramar lágrimas, sudor y casi sangre; vencer mil reticencias y desconfianzas, consumir horas, días, meses y años en convencer a los escépticos y reafirmar a los crédulos, misión que corrió a cargo, sobre todo, del Servicio de Extensión Agraria y de ganaderos convencidos y entusiastas.

Pero antes de terminar este capítulo sobre el ganado vacuno tenemos que volver a estudiar qué importancia le daban nuestros antepasados en el siglo pasado a estos animales, y nada mejor que echar mano otra vez de aquellas ordenanzas del año 1829, que a su vez son expresión de lo que pasaba entonces así como también en los siglos anteriores, porque en aqquellas fechas pasaban generaciones y generaciones sin apenas evolución ni cambio.

Efectivamente, a juzgar por el número de capítulos dedicados a estos animales y por la extensión del terreno reservado para su alimentación, así nos lo confirman.

Para empezar, dividían esta especie animal en: bueyes de trabajo, vacas de labranza y de vientre, y recría de jatos y jatas.

Los bueyes eran los más considerados porque llevaban la mayor parte del trabajo del campo y para ellos reservaban los mejores pastos, que llamaban "cotos boyales"; como La Devesa, La Vega, Degaña y otros parajes. Estos cotos eran comunales y en el mes de julio el concejo nombraba regadores que se encargaban de esta labor en estos parajes y en otros pastos vedados, para la alimentación y mantenimiento de las labranzas.

Estos términos quedaban reservados para los bueyes de labranza a partir del primer domingo de marzo, así como también para las vacas que con ellos trabajaren tres días a la semana, las que estuvieren recién paridas, y la yegua del señor cura.

Si hubiere en el pueblo alguna res mancada, coja o enferma, su dueño puede llevarla a pastar por los linderos de estos cotos; pero sin abusar; porque si se la pilla a esta res o a otra cualquiera dentro del coto, pagará un cuartillo de vino, si es de día, y si se la coge de noche, medio azumbre.

Estos bueyes no podían ir ni andar solos por los cotos, por lo que en el mes de abril se establecía la vecera hasta el día de S. Miguel de septiembre. Para ello el pastor a quien tocara la corrida de la vecera tenía que salir a la Pradera del Palacio (hoy Plaza Mayor) a la hora convenida y con antelación suficiente para recibir a estos animales, cuyos dueños tenían que echarlos a la vista del pastor para que éste se encargara de los mismos, porque de lo contrario su dueño tenía que llevarlos directamente al pasto.

Por cada res se guardaba un día de corrida y nadie podía echar más de dos parejas de bueyes a la vecera, y en este caso siempre que los bueyes pasaran el invierno en casa del dueño.

También había vecera de vacas, cuyos dueños tenían que guardarlas a corrida, un día por cada res. Al igual que en caso de los bueyes el pastor o vaquero tenía que salir a la pradera del palacio a la hora convenida. Desde allí las llevaba a pastar a los montes calvos donde anda el ganado menudo, hasta que el concejo mande o determine otra cosa.

Como quiera que a estas vacas no se las ordeñaba más que durante los primeros días de paridas, podían soportar esta alimentación necesariamente deficiente, porque ya vimos que las recién paridas podían pastar con los bueyes en los cotos de mejor yerba. Durante el otoño e invierno o tenían otros pastos comunales y mixtos con Villanueva; como todo el término de Degaña, el Robledo, el Perón y los valles de Valdefresno, Candajo y Valmejite. Estos terrenos mixtos de los valles se repartieron entre los vecinos de ambos pueblos a últimos del siglo pasado para inmediatamente roturarlos para sembrar cereales y plantar viñas. Tal era ya la presión demográfica por entonces en los dos pueblos que aprovechaban hasta las zonas marginales para ello.

De los 217 habitantes que tenía Vegas en 1828 pasó a los 455 en el 1897. El último terreno mixto que quedaba alrededor de la ermita de Villasfrías lo repartieron el 31 de diciembre de 1934.

La vecera de las vacas no siempre se cuidaba a corrida, sino que a veces el concejo ajustaba a un pastor o vaquero que se encargaba de ellas, y entonces se llamaba vacada.

Esta vacada existió como tal hasta casi el año 1940, y para entonces ya se las echaba a la plaza a una señal de la campana pequeña de la torre; que eran tres campanadas seguidas de un espacio para volver a repetir con igual cadencia.

El capítulo 32 de las ordenanzas comentadas manda que el día de S. Juan de junio de cada año se junte el concejo a elegir y nombrar el mejor toro que hubiere entre todos los del pueblo para el servicio de las vacas sin que ningún vecino se pueda negar a aceptarlo ni el dueño a caparlo ni venderlo, pues en este caso éste tiene la obligación de comprar otro a satisfacción del concejo para dicho efecto como semental.

Bastantes años más tarde, cuando ya no estaban vigentes estas ordenanzas, se establecieron paradas públicas de sementales, reglamentadas por la Junta Provincial de Fomento Pecuario, pero con funciones similares.

En este caso el semental bovino era propiedad de un ganadero particular que lo adquiría en el mercado libre; lo tenía en su domicilio y lo ponía a disposición de los demás ganaderos para cubrir sus hembras bajo el precio de una tarifa estipulada por cada servicio que efectuara el semental.

Si había más de una raza de vacas en el pueblo el paradista solía tener sendas razas de sementales.

Este paradista solía ser un ganadero entusiasta de la raza, pero otras veces era el cacique del pueblo, que de esta forma tan sutil ejercía también su influencia sobre la mayor parte de los vecinos. El problema mayor que había con las paradas era que con mucha frecuencia el semental se contagiaba de enfermedades venéreas que transmitía después a las vacas que cubría, instalándose de esta forma un circuito infeccioso difícil de erradicar, lo que ocasionaba un sinfín de abortos y esterilidades, con el consiguiente quebranto económico para los ganaderos.

Este estado de cosas terminó radiicalmente cuando se generalizó el empleo de la inseminación artificial a últimos de los años 50; pero no fue tan fácil porque hubo que vencer la natural desconfianza de los ganaderos hacia estas técnicas tan novedosas para ellos, que se contradecían con la fuerza de la costumbre de toda la vida. Pero quizá al principio lo más difícil fue convencer a muchos ganaderos de la influencia negativa que varios paradistas ejercían sobre ellos propalando un sinfín de supuestas anomalías anatómicas y fisiológicas en los terneros nacidos por este procedimiento. Naturalmente todas estas tropelías se les vinieron abajo cuando empezaron a nacer los terneros sanos y con todos sus miembros; las vacas a no abortar y a volver a empreñar y a parir una y otra vez y a mejorar la raza, superando cada generación a la precedente.

Fue una labor que costó 4 ó 6 años, pero logró erradicar para siempre las enfermedades venéreas que hasta entonces eran endémicas y con las cuales era imposible sentar las bases para, en un futuro inmediato, vivir de la ganadería vacuna, como se preveía habría de suceder y sucedió.

Pero la inseminación no sólo logró sanear la ganadería sino que al mismo tiempo, en el transcurso de dos o tres generaciones consiguió eliminar tanto animal mestizo como había, que eran la inmensa mayoría, y alcanzar animales casi puros de razas mejoradas y por lo tanto más productivas, como la parda y frisona que tenemos actualmente.

A ello contribuyó también, desde entonces, las campañas de saneamiento ganadero emprendidas por el Estado para diagnosticar y sacrificar, previa indemnización, a los animales positivos a la tuberculosis y brucelosis, tan frecuentes por entonces.

Estas fueron las bases de la ganadería que tenemos hoy. Pero no podemos olvidar a nuestros antepasados del siglo XIX quienes, dentro de sus límites, hicieron cuanto pudieron para acrecentar y vivir de aquella ganadería tan necesaria para ellos y a la que dedicaban tanta superficie de terreno y tantas horas de pastoreo con sus vacadas y veceras de toda especie de animales, como vecera de bueyes, de vacas, de jatos, de yeguas, de pollinos, de cerdos, de ovejas y cabras.

Estas siete veceras muchas veces eran simultáneas en el tiempo por lo que forzosamente tenían ocupada a buena parte del personal, sobre todo a los jóvenes y chicos del pueblo.
 
 
 
 

EDUCACIÓN Y CULTURA

Cuando un extranjero visita nuestra ribera, sobre todo si difiere mucho de nosotros en educación y cultura, lo primero que le llama la atención es el gran número de aldeas que pueblan la ribera; pero sobre todo es el hecho de que cuaalquier pueblo, por pequeño que sea, no carece nunca de iglesia y campanario y que precisamente estos edificios sean los más altos y significativos del conjunto de la localidad. A nosotros no nos extraña en absoluto porque así lo hemos visto siempre y porque sabemos cuánto ha significado la iglesia en la cultura y desarrollo de los pueblos desde el principio de su fundación.

Muchos de estos pueblos nacieron al lado de una monasterio, de una fundación religiosa, como S. Salvador de Villafría, o simplemente de una iglesia o ermita como S. Vicente, S. Cipriano, S. Miguel de Escalada. etc.

Desde la baja edad media, la iglesia católica ha configurado el pensamiento y el alma de nuestros antepasados, al menos hasta mediados del siglo XIX, y estuvo presente en todas las actividades y aconteceres sociales y religiosas. No podía ser de otra forma puesto que el clero fue el único depositario, durante tantos siglos, de la cultura existente entonces.

En los monasterios e iglesias estaban las letras y el saber; el pueblo llano era casi analfabeto y se limitaba a recibir las enseñanzas de estos centros religiosas. El clero contribuyó a fundar pueblos, a levantar catedrales e iglesias, pero también a enseñar a las gentes las primeras letras en las escuelas dirigidas por ella, que en un principio lo eran los atrios de los templos, para más tarde instalar preceptorías, seminarios y colegios de religiosos. Pues se puede decir que durante siglos estos centros eran los únicos lugares en que se impartía la enseñanza, accesible a la juventud de estos pueblos, si bien dirigida casi exclusivamente a la formación del futuro clero. Estos seminarios y colegios religiosos han sido siempre, al menos hasta la década de los años 50 de nuestro siglo, los centros de enseñanza a que tenían acceso los hijos de los labradores de Vegas por su carácter de semigratuitos y económicos, porque un internado en los públicos era prohibitivo para las economías rurales de entonces.

Este hecho dio lugar a que muchos de los niños ingresados desde pequeños en estos seminarios llegaran a cantar misa; por lo que en aquella época era muy frecuente encontrar entre las familias de los pueblos hijos curas, frailes o monjas. Pero eran más los que abandonaban los estudios religiosos una vez terminado el bachiller, para en la vida civil hacer oposiciones a lo que fuere o empezar carreras universitarias. Estos tales, por lo general, fueron buenos estudiantes en la vida civil porque en los centros religiosos les habían inculcado bien el espíritu de estudio y sacrificio.

La enseñanza pública primaria se estableció en León en el año 1843 con la creación de la Escuela Normal de Maestros. La de maestras lo fue en 1897. Hasta entonces estos estudios primarios los impartían personas as particulares quienes durante los inviernos se contrataban con los padres de los niños como maestros de sus hijos y que por una cantidad determinada en dinero o en especie daban clase en cualquier local que encontraran para ello.

Esta situación llegó al menos hasta el año 1857 en que empezaron a salir los primeros maestros procedentes de la Normal de León. Hasta el año 1886 estos maestros no tuvieron el carácter de funcionarios y ejercían como asimilados, mediante una prueba de aptitud. Por lo tanto es de suponer que la primera escuela de Vegas no se fundó antes de este año. Era mixta y se levantó en el lugar que hoy ocupa la Casa de Cultura en la Plaza Mayor. Esta escuela era muy pequeña y dentro de su estructura comprendía también una vivienda para el maestro; que al cabo de los años hubo que habilitar para clase porque empezó a aumentar mucho la matrícula de niños, hasta el extremo de que a finales del XIX o principios del XX ya nos encontramos con las niñas en esta escuela de la plaza, pero los niños recibiendo clase de su maestro en los lugares más inverosímiles, como en una habitación de una casa de la calle Jesús y María o en un local inmundo, casi sin ventilación ni luz natural, situado en los bajos de una casucha que había en la confluencia de la calle 4 Cantones con la de la Botica, llamada "portalín de la tía Mónica", y además con una matrícula de más de 60 alumnos. Esta situación persistió hasta el año 1927 en que el pueblo, con sus propios medios, hizo una escuela de nueva planta para niños en la plaza, al sur de la de las niñas y adosada a ésta, pero con piso de madera y ventanales grandes, porche para dejar las madreñas y un local para biblioteca y equipada con pupitres y bancos para unos 70 alumnos. Esta escuela, y la de las niñas, se derribaron a raíz de la demolición del castillo-palacio de los Guzmanes en el año 1959 y en su lugar se levantó la Casa de Cultura y las actuales escuelas con vivienda para los maestros en la planta alta. Pero, como tantas veces ocurre, llegaron cuando ya empezaba a decrecer alarmantemente el censo escolar, hasta el extremo de que a los pocos años de su inauguración el Ministerio pensó hacer un grupo escolar en Barrio de Ntrª. Señora para los niños del bajo Curueño y del Condado. Pero ni aún esto fue posible porque enseguida bajó tanto el número de niños que se hizo inviable este proyecto, por lo que se determinó llevar; unos a Boñar y otros a León en autocares escolares y a los más pequeños a la Escuela Hogar de La Vecilla o de León en régimen de internado de lunes a viernes.

Algunos pueblos, como Vegas, a duras penas han conservado hasta nuestros días el número imprescindible de estos pequeños para mantener abierta un aula en el pueblo. Los mayores han ido a estudiar a la ciudad, aunque la familia siga viviendo en el pueblo,, porque los padres con muy buen criterio piensan que no les pueden dejar mejor herencia que una buena formación que les habilite para optar a algún puesto de trabajo digno como cualquier otro ciudadano, y de esta forma redimirles del trabajo del campo, porque, además, aunque quisieran, no habría campo suficiente para todos debido a las técnicas modernas de cultivo y de explotación ganadera. Este factor de la educación quizá haya sido uno de los más determinantes en el despoblamiento de Vegas en estos últimos años.

En un estudio estadístico de la evolución del número de niños en edad escolar en estos 150 últimos años, vemos que en 1850 había 24 entre niños y niñas; cantidad que va aumentando a más de 120 a finales del siglo XIX para mantenerse en esta situación durante las 6 primeras décadas del XX, y a partir de aquí decrecer rápidamente hasta llegar a la situación actual.

Esta evolución del número de niños va pareja con la de los adultos y expresa un fenómeno demográfico que jamás se había dado en los más de 1000 años de existencia del pueblo, ni aún inclusive en los peores tiempos de pestes y gripes. Ello ha sido debido también al cambio radical de las estructuras en la explotación de la tierra, que ha liberado del campo un sinfín de mano de obra que ahora puede optar a puestos de trabajo en la cuidad.

De esta forma nos hemos acercado mucho a las demás naciones europeas en el porcentaje de población activa en el campo; la que ellos ya tenían desde hacía bastantes años atrás.

Esta evolución ha sido imparable y conveniente y obedece a los requerimientos actuales de la sociedad de hoy, por lo que no nos debe de extrañar que nuestros pueblos pierdan población, a no ser que surjan en ellos empresas que retengan personal activo joven y aún en este caso este personal prefiere vivir en la capital y desplazarse diariamente a trabajar a estas empresas; como lo vienen haciendo desde hace años casi todos los funcionarios y facultativos sanitarios, de la enseñanza y de la misma administración local, porque la ciudad ofrece un sinfín de servicios prohibitivos en pueblos tan numerosos y pequeños como los nuestros.

Cada época tiene sus necesidades, por lo que estos pueblos estaban justificados en aquellos tiempos de la Reconquista, cuando se fundaron, pero hoy constituyen un hecho anacrónico difícil de solucionar; a no ser en el caso hipotético de que varios de ellos decidieran fusionarse en uno más grande que pueda ofrecer los servicios imprescindibles que la sociedad actual demanda. Como esto parece irrealizable, entonces no hay otra alternativa que potenciar a una de estas localidades actuales que haga las veces de aquella y que en ella se concentren dichos servicios. No cabe duda de que en este caso tiene que ser Vegas la qu que asuma esta función, por una serie de circunstancias de todos conocidas y que cada día se evidencian más. Esto no quiere decir que se menosprecie a los demás pueblos, pero ante todo hay que ser realistas y reconocer esta circunstancia como un hecho consumado, que cada día que pasa se pone más de manifiesto.

A estos efectos el ayuntamiento, con buen sentido previsor, ha instalado hace años un complejo polideportivo municipal con piscinas para mayores y pequeños; ha enlazado a los pueblos de la ribera con unas buenas carreteras y puentes por donde circula también el coche de línea para ir a León y Boñar, con ramales a Cerezales desde Vegas y a Castrillo desde S. Vicente. De esta forma todos los 13 pueblos del ayuntamiento están bien intercomunicados entre sí y con fácil acceso a Vegas, como centro geográfico, administrativo y de servicios.
 
 
 
 

VIDA ECONOMICA EN VEGAS

La economía de Vegas ha estado desde siempre supeditada, en su inmensa mayoría, a los productos del campo, como son los derivados de la agricultura y ganadería.

En un principio esta economía era de mera subsistencia porque tampoco los habitantes de entonces aspiraban a más y, aunque lo pretendieran, no les hubiera sido posible zafarse de aquel estado de cosas. Eran pocos los habitantes de Vegas en aquellos primeros siglos de su existencia, pero eran también muy pocas las fincas que poseían en propiedad, porque la inmensa mayoría de ellas pertenecían al clero o a la nobleza; por las que pagaban sus rentas, gabelas, alcabalas, diezmos y primicias. Esta situación se puede decir que llegó casi hasta mediados del siglo pasado en que los nobles se desentendieron del campo y empezaron a vender sus posesiones, y la desamortización de Mendizábal en 1836 a enajenar los bienes de la iglesia, que a su vez cayeron en manos de cuatro ricos de la ciudad; quienes, años más tarde, fueron vendiendo estas fincas a los labradores del pueblo, que fueron nuestros antepasados más próximos, ya en este siglo XX.

El período más activo y dinámico en personal y trabajos en Vegas comprende el último tercio del siglo XIX y los dos primeros tercios del siglo XX. Durante estos 100 años se triplicó la población de siglos anteriores, por lo que hubo necesidad urgente de poner en cultivo tierras marginales hasta en las laderas del monte, comprar las fincas que salieran en venta al precio que fuere, aunque para ello cayeran en manos del prestamista avaro o del cacique del pueblo; que a veces se quedaba con la finca y el dinero; había que vivir en la penuria máxima para ahorrar hasta la ultima peseta y lo peor de todo, trabajar a brazo partido, a veces hasta laa extenuación, porque la maquinaria agrícola no llegó hasta casi los años 60 en que aparecieron los primeros tractores. Antes de 1925 no había más instrumentos de labranza que el arado romano, el de vertedera fija, la guadaña, la rastra, el trillo de pedernales y el carro de vacas amén de los pequeños elementos de trabajo como hoces, azadas, palas, horcas, biendos, hociles, etc.; por lo que los trabajos del campo se multiplicaban hasta el infinito y tenían bien ocupada a toda la abundante mano de obra durante todo el año, y para colmo, trabajando fincas pequeñísimas, mal comunicadas, con caminos intransitables, con entradas serviciales muchas de ellas por la finca del vecino.

MAQUINARIA AGRICOLA

La primera revolución tecnológica llegó a Vegas en el año 1925 con la introducción del arado de vertedera giratoria arrastrado por vacas o bueyes. Hoy nos parece baladí esta circunstancia pero significó muchísimo en el laboreo de las fincas de regadío, que hasta entonces se araban con el romano de madera, porque el de vertedera fija sólo se usaba para el terreno de secano. El giratorio permitía profundizar más la arada y volcar bien la tierra de modo que la abundante vegetación superficial quedaba bien enterrada, que así se pudría y servía de abono; y no tener que sacarla en cestas al camino para que allí se secara y desapareciera entre el rodar de los carros y las pisadas de los animales y personas.

El de vertedera fija no podía hacer esta función de voltear bien la tierra y además sólo ara en un sentido; por lo que si se empieza a arar en espiral por la periferia se llega al centro con los últimos surcos más bajos que los demás; y a la inversa si se empieza por el centro, lo que de todas las formas desnivela el terreno para regar, y además este arado no tiene reja puntiaguda para introducirse en el terreno compacto de regadío.

La aventadora de mano apareció en Vegas a principios de los años 30 y liberó al personal de la labor tediosa de madrugar para aprovechar la brisa del amanecer o la de la última hora de la tarde para separar el grano de la paja a fuerza de darle al biendo miles de veces cara al viento, para terminar cribando todo el muelo de cereales antes de meterlo en las quilmas. Como cesara el viento y no se terminara la labor en el día, tenía que dormir alguien en la era para cuidar la cosecha. A veces, por esta circunstancia dormía en las eras la mitad del pueblo; pero el pueblo entero vivía en las eras los meses de julio, agosto y septiembre entre trillar y limpiar los cereales, fréjoles y plantón. Años más tarde llegaron aventadoras más grandes accionadas con motor de gasolina y con el sistema de cribado y envasado incorporado, para no tener que hacer a mano esta labor.

En la década de los 50 se instalaron las primeras trilladoras accionadas con motor de gasoil, que terminaron de una vez con la labor de trillar y limpiar. Se situaba la máquina con su motor correspondiente en una era amplia y allí acudían los carros llenos de las mieses de cada agricultor, ayudado en esta faena por los carros de sus familiares o amigos, de modo que en pocas horas se hacía la labor que antes le ocupaba todo el verano. El grano, aquel mismo día se metía en la panera, aunque la paja quedaba en la era para ir llevándola tranquilamente más tarde al pajar en el carro armado con armantes y costanas altas, y provisto de las redes anterior y posterior; que de esta forma triplicaban el volumen original.

Cuando ya había más trilladoras, se instalaban en la calle, enfrente de la casa de cada labrador, con su tubo lanzapajas introducido en el bocarón del pajar o de la lastra, de forma que descargaba directamente la paja en el sitio correspondiente y así se suprimía el trabajo de acarrearla de la era a casa. De esta forma dejó de usarse la era para estos menesteres. Estas máquinas eran particulares y cobraban una cantidad determinada por cada hora de trabajo. Algunos labradores compraron por entonces un cilindro trillador, trillo mecánico, con su motor acoplado, y en la era iban trillando carro a carro la cosecha del año y limpiándola con la aventadora que años atatrás habían adquirido.

LABORES AGRICOLAS

Todas estas labores de la cosecha de cereales; como siega, acarreo de las mieses a la era, trilla y limpia, se terminaron definitivamente cuando, a mediados de los 70, llegaron las cosechadoras actuales. No obstante merecen un recuerdo nuestros antepasados, quienes durante tantos siglos efectuaban estas labores de forma tradicional. Comenzaba la temporada con la siega a hoz y más tarde a guadaña del centeno de secano; a continuación la cebada y por fin el trigo de regadío. Con la mies segada se hacían gavillas que se alineaban a lo largo de la finca formando morenas paralelas por entre las cuales el motril conducía el carro de vacas o bueyes armado al efecto con los dos verbiones sobre el tablero del carro en cuyas ranuras iban metidos los armantes o picos altos, atacados con las pinas para darles la inclinación adecuada, bastante más abiertos en la parte alta que en la correspondiente a la baja de los verbiones. En la parte trasera del carro se colocaba la rabera para prolongar en este sentido la longitud del carro otro tanto como lo era el tablero del mismo. En la parte delantera estaban las corzas fijas de hierro en unos carros, o provisionales de madera en otros, desde las cuales un cordel iba de una lado a otro de la parte anterior de las latillas de los picos o armantes para prolongar la carga del carro hasta encima de la cabeza de la pareja de las vacas. Así armado el carro avanzaba entre las morenas y una persona iba apurriendo las gavillas al carro con el cargador de madera y otro en el carro las colocaba con una hoz con las espigas hacia dentro dando varias vueltas en redondo y por lo tanto subiendo en altura la mies; que al fin se sujetaba con dos sogas que iban desde la vara del carro, por encima de la mies hasta por detrás de la rabera para atarlas a ambos extremos del verbión trasero, y así no se caía nada por los caminos en su viaje a la era; pero antes de emprender este viaje se peinaba bien el carro con el rastro para que las espigas no quedaran trabadas en los zarzales del camino.

En la era se descargaba en un montón formando un balagar enorme, compuesto de tantos carros como tenía la cosecha de cada clase de cereal. Llegado el día de la trilla, se esparcía con horquines y horcas el balagar, formando una trilla circular de un grosor de varios decímetros de espesor. Este era el momento cumbre, porque inmediatamente había que meter a trillar a todas las parejas disponibles con sus trillos de pedernales correspondientes, girando unos en un sentido y los otros en el contrario, mientras dos personas mayores entornaban con horcas la trilla para ir sacando de abajo el bálago para que le atacaran los trillos.

Si en este primer momento de la trilla llegaba una nube y se calaba de agua el bálago, era como para echarse a temblar; porque había que interrumpir la faena, esperar a que se secara la parte superior y darle una vuelta diaria a la trilla entera durante los días sucesivos a aquella masa enorme de a veces 10 ó 15 carros de bálago hasta que se secara, lo que requería un esfuerzo sobrehumano que se acrecentaba con las demás labores de aquellos días, como regar el servendo, segar el resto de las mieses y sobre todo segar la hierba, lo que agotaba al hombre más fornido y le podía llevar hasta la extenuación con peligro de perecer en el empeño; como desgraciadamente alguna vez ocurrió, dejando viuda joven y huérfanos aún niños.

A partir de los años 30 se abandonó esta práctica ancestral y sólo se acarreaba la mies que se pudiera trillar en uno o dos días, pero aún así el trabajo de la trilla en aquellos días de julio y agosto, en plenas horas de la siesta y con aquel calor sofocante, en un ambiente de polvo y sudor pegajoso, los trilladores envidiaban la suerte del perro que dormitaba tranquilo a la sombra del carro a la vera de la trilla y soñaban con ríos de agua fresca mientras sus manos se ensuciaban al recoger las boñigas de las vacas escagarruciadas.

Las vacas que tiraban del trillo llevaban peor suerte; fatigadas, se sentían asfixiar con aquel calor y polvo que intentaban mitigargar jadeando y sacando la lengua cuanto podían y a veces emprendían veloz carrera arrastrando el trillo a través de las eras huyendo de la picadura de las moscas perneras.

Por fin, a la caída de la tarde se atropaba la trilla con la pareja de vacas tirando del atropador sobre el que iban sentados los chavales, formando una parva que iba incrementándose con la trilla de días sucesivos, para al fin del verano encontrar en las eras tantas parvas como eran las variedades de cereales trillados. De este modo las eras, llegado este momento, parecían un campamento compuesto de tantas tiendas como lo eran los cientos de parvas diseminadas por aquella gran extensión de terreno en que el pueblo entero se afanaba en las mil labores de la recolección.

La siguiente labor era la limpia a biendo o a máquina a últimos de agosto, como queda dicho, y por fin meter la paja en la lastra de la cuadra o en el pajar de pie, con el carro armado con picos y costanas altas y con las redes anterior y posterior, pero ya tranquilamente, de madrugada, en septiembre, para que no moleste el polvo.
 
 
 
 

CULTIVOS AGRÍCOLAS

FRÉJOLES

No por esto quedaban libres las eras porque llegaba el momento en que se arrancaban a mano los fréjoles, y después de dejarlos orear unos días en la misma finca, se llevaban a la era a terminar de secar para apalearlos con horcas con el fin de que las vainas soltasen los fréjoles, que pasados por una ceranda quedaban limpios para meterlos en las quilmas y llevarlos a la panera. El resto de la planta se trillaba con alguna dificultad porque, por su naturaleza, no toda ella se secaba por igual y porque la climatología de septiembre era muy problemática. Por fin se limpiaba todo el montón y siempre salían unas heminas más de fréjoles aunque de peor calidad que los primeros apaleados. La paja, bien trillada, era un buen alimento proteico para las vacas durante el invierno.

Los fréjoles antes de venderlos a los almacenistas de León había que seleccionarlos bien en casa durante las largas noches de invierno extendiéndolos criba a criba encima de la gran mesa de la cocina e ir quitando uno a uno los defectuosos, partidos o muy pequeños, que se aprovechaban para cebar los cerdos una vez cocidos.

Esta cosecha era entonces casi el único recurso con que contaban nuestros mayores para traducirla en dinero contante y sonante con que hacer frente a los pagos y compras de todo el año. Si acaso se auxiliaban algo con la venta de algún ternero, oveja o chivo o pequeñas partidas de patatas o cereales.

Esta situación persistió hasta bien entrados los años 50 en que fue abandonándose su cultivo a causa del bajo rendimiento y de la competencia en precios con los nuevos regadíos del Páramo, que se especializó en esta leguminosa. Otra cosecha eran las alubias blancas y garbanzos, pero sólo se sembraban para el consumo de casa casi en exclusividad.

El cultivo de las alubias pintas o fréjoles tuvo extraordinaria importancia en nuestra ribera desde finales del siglo XIX hasta mediados del XX. Por ser una leguminosa procedente de América, no se conoció ni cultivó en Europa hasta el XVII o XVIII, y en Vegas no consta que se explotara antes de 1850, al menos en cierta cantidad, por lo que es de suponer que hasta que no se establecieron los nuevos regadíos a finales del siglo pasado o principios del actual su cultivo careció de importancia. Sin embargo sí la tuvo y fue extraordinaria durante los años de la guerra civil y la postguerra y fue objeto prioritario de especulación para su venta de estraperlo a precios exorbitados a la población hambrienta de la capital y zonas mineras de León y Vizcaya. Al mismo tiempo su tenencia en casa era motivo de extrema vigilancia por parte de los inspectores de la Comisaría de Abastecimientos y Transportes; organismo que había impuesto a toda la población el racionamiento de éste y otros muchos artículos alimenticios desde el año 1939 hasta el año 19550.

Durante estos 11 años todo agricultor tenía que declarar por escrito en unos impresos determinados, en el ayuntamiento, la superficie sembrada de cada especie de leguminosas y cereales. Llegada la cosecha de estos productos declaraba en otro impreso la cantidad obtenida; que tenía que estar en consonancia con la de la superficie sembrada. Del total de kilos cosechados y en el mismo impreso, en una casilla se anotaba una cantidad determinada para alimentar a su familia, cantidad en kilos que estaba estipulada para cada persona como racionamiento anual. En otra casilla del impreso anotaba la cantidad que se reservaba para sembrar al año siguiente y el resto de la cosecha tenía que entregarla a Comisaría en las paneras que ésta tenía en Vegas y al precio estipulado por el Gobierno, que naturalmente era muy inferior al obtenido de estraperlo. Había que hacer bien los cálculos para que ambas declaraciones (la de la siembra y la de la cosecha) estuvieran en consonancia, porque si no cuadraban los números la sanción era ejemplar. Más de un agricultor tuvo que comprar de estraperlo fréjoles o cereales para que cuadraran los números en la declaración de la cosecha. Quien hizo la ley hizo la trampa y la solución estaba en declarar menos siembra y menos cosecha de la real, pero sin levantar sospechas, porque la segunda tenía que estar en relación con la primera. Entonces eran frecuentes las inspecciones a domicilio a la más ligera sospecha y entonces decomisaban lo ocultado y encima le imponían al agricultor una fuerte multa en metálico. Esta situación surrealista creó un hábito de defensa muy arraigado en el campo, que por otra parte venía desde muchos años atrás, de no declarar y ocultar la verdad, que ha persistido hasta el año 1986 en que entramos en la Unión Europea; circunstancia que ha invertido los términos, para ahora declarar más cosecha, más vacas, más ovejas o más de todo para obtener más subvenciones: Ver para creer.

Lo que nadie creía ni podía prever era que aquella práctica sistemática de ocultamiento había de tener, años más tarde, consecuencias negativas para el campo y sobre todo para la ganadería en el momento de nuestro ingreso en el Mercado Común Europeo en el año 1986. Como en el resto de Europa sobraba leche de vaca, desde años atrás habían impuesto un cupo de producción a cada ganadero de estos países comunitarios en consonancia con la que venía produciendo, y sobrepasado este cupo le imponían una sanción por litro de más con el fin de no tener que subvencionar para la exportación la sobrante a precios internacionales más bajos que los de la Unión Europea.

En estas estábamos cuando se inició nuestra entrada en dicho Mercado Común en el 86, y al establecer las condiciones no pudimos justificar los cerca de 6 millones de toneladas de litros de leche que en aquel momento estaban produciendo nuestros ganaderos españoles, sino los 4´5 que figuraban oficialmente, y éstos fueron los que nos asignaron para repartir entre todos los ganaderos de vacuno de España.

Cuando unos años más tarde se procedió a repartir este cupo total de España entre los ganaderos, muchos no pudieron justificar la realidad porque, o bien ellos o más bien la industria que les recogía la leche venían ocultando cantidades que se tradujeron en cupo de menos en el momento de su asignación individual. Esto ha frenado mucho a muchos ganaderos en la expansión de su explotación, porque por cada litro producido de más, tiene que pagar una sanción mayor que el valor del mismo en el mercado.

Buena lección nos han dado estos europeos en decir la verdad, como Cristo nos enseña, pero también nos han enseñado a regular el mercado con el fin de que los precios no se disparen o derrumben, como ocurría antes con un producto tan perecedero como es la leche. Ello ha contribuido a que los pocos vecinos de Vegas que actualmente viven del campo sean exclusivamente ganaderos consolidados y progresistas.

PLANTÓN

En el año 1950 dio comienzo en la ribera la producción de plantón, o sea, semilla de remolacha azucarera, pero reglamentada mediante contratos concon la compañía concesionaria Semillas Ebro, subsidiaria a su vez a otra firma alemana.

Persistió su cultivo hasta mediados de los años 80 en que la compañía procedió a cambiar la zona de cultivo y los agricultores a dejar de plantarlo porque llevaba mucha mano de obra, que ya empezaba a escasear aquí.

Durante estos 30 años dejó muy buenos ingresos y cumplió una obra social dando trabajo a una población abundante de las riberas del Porma y Curueño.

Comenzaba el cultivo con la subscripción de un contrato entre agricultor y compañía para establecer un semillero en una finca de aquel, con semilla patrón selecta proporcionada por la compañía

A últimos de verano y con la finca bien preparada al efecto se esparcía a voleo la semilla, que con los cuidados pertinentes nacía enseguida y durante el resto del otoño crecía y desarrollaba su raíz correspondiente, o nabo, completando así su primer año del ciclo vegetativo bianual. Con los primeros fríos se detenía el crecimiento y en este estado pasaba todo el invierno. Como en este semillero había millones de plántulas, éstas eran suficientes para transplantarlas a un marco adecuado a las fincas de otros muchos agricultores, que a su vez habían firmado contrato con Semillas Ebro para la producción de semilla de remolacha azucarera, llamada incorrectamente plantón, tomando el todo, que era la plántula una vez espigada, por la parte, que eran las propias semillas que este plantón contenía. Ambas denominaciones nos sirven para entendernos.

Llegada la primavera se levantaba el semillero, controlado siempre por la compañía, quien procedía a distribuir las plántulas entre los cultivadores con contrato. Con la tierra bien preparada éste plantaba a mano y más tarde a máquina estas plántulas en el lomo de los surcos a una distancia adecuada. Las labores siguientes eran de un verdadero huertano, efectuadas con delicadeza y primor: herbicidas, escabas, riegos, tratamientos contra enfermedades y parásitos, etc.

Como la plántula ya había completado su primer ciclo vegetativo durante el otoño anterior, en la primavera iniciaba el segundo espigando y creciendo hasta una altura de más de un metro, formando las inflorescencias y glomérulos con la semilla, ya entrado el verano, terminando así su ciclo total.

Con el rocío de la mañana se segaba a mano el plantón para que no se desgranara y en pequeños montones se dejaba varios días a secar en la misma finca, para días más tarde acarrearlo a la era donde se completaba el secado y se le daban unas vueltas con el trillo, que fácilmente separaba la semilla del resto de la planta. Esta semilla era fácil de terminar de limpiar a mano o a máquina. A continuación la compañía señalaba unos días de recogida de la semilla en un lugar determinado, que solía ser en el Encinar de Devesa, donde los cultivadores acudían con su cosecha envasada en sacas proporcionadas por Semillas Ebro. Allí, delante de todos, los empleados de la compañía pesaban las sacas de cada uno, cogían unas muestras del producto para determinar impurezas y, si procedía, humedad y germinación en sus laboratorios. Ya estaban esperando en el Encinar unos camiones muy grandes para cargar aquellas miles de sacas y llevarlas a los almacenes generales que Semillas Ebro tenía en Zaragoza.

El labrador recibía la liquidación y el dinero algún tiempo después y aquí terminaba todo el proceso. Lo que de verdad se acabó fue su cultivo a mediados de los años 80, pero con su inicio en los 50 empezó en Vegas y comarca la era que vamos a llamar de la agricultura industrial, continuada inmediatamente con la menta, lúpulo y otras yerbas, y terminando también por entonces con la tradicional de fréjoles, cereales, patatas y viñas, como cosechas preferentes, que quedaron relegadas a testimoniales.

MENTA

Otro cultivo que tuvo mucha importancia en esta ribera fue el de la menta piperita. Se introdujo en la ribera del Órbigo hacia mediados de los años 50 pero enseguida abandonaron su cultivo en aquella zona para empezar a explotarla en la nuestestra. No estaba sometida a ningún contrato de producción con ninguna compañía, por lo que su cultivo era libre y su precio también, lo que daba lugar a una fluctuación grande del precio de la misma de un año a otro e inclusive en la misma cosecha.

Su comercialización estaba en manos de unas pocas compañías asentadas en la región de Murcia y Sevilla, dedicadas desde hacía muchos años a la recolección y destilación de plantas aromáticas, farmacéuticas y medicinales, tanto silvestres como cultivadas.

Su mercado principal era para la exportación a Europa y sobre todo a Alemania, donde se centralizaba el negocio. Por eso una compañía alemana se instaló por entonces en Villanueva del Condado, levantando un secadero industrial para toda clase de plantas, sobre todo menta y lúpulo; y aún sigue allí después de tantos años, pero ampliado el negocio a una diversidad grande de productos de esta naturaleza para abastecer al mercado español y europeo. Allí se secan y seleccionan para su comercialización, ocupando en estas funciones a toda la mano de obra disponible en la ribera. Los proveedores de las materias primas de esta factoría ya no son los mentoleros y lupuleros del Condado y Curueño, que dejaron de serlo hace más de 15 años, sino que éstas proceden de los más diversos lugares y países de España y del resto de Europa.

La menta se reproduce mediante la raíz, extraída de la finca donde estuvo cultivada el año anterior y plantada de nuevo, parte de ella a mano y en surcos a principios de la primavera en las fincas de aquel año. Requiere terreno fresco, humífero, buenas labores y abonos; condiciones adecuadas que existen en la ribera, por lo que daba muy buenas producciones durante los primeros años, hasta que se generalizó su cultivo y empezaron a aparecer las enfermedades de la raíz, como nematodos y virosis, que terminaron con su explotación a causa de su bajo rendimiento e imposibilidad de combatirlas, a últimos de los años 80.

Durante estos 30 años nuestra ribera adquirió fama merecida por la cantidad de menta recolectada y sobre todo por su calidad inigualable. Esta circunstancia dio lugar a una fluctuación enorme de precios, que a veces se disparaban por cualquier circunstancia sentando precedente para que al año siguiente los cultivadores se resistieran a venderla a precios más en consonancia con el mercado de aquel año. Este hecho dio lugar a que algunos labradores la dejaran almacenada en casa durante años a la espera de ese precio soñado, que a veces no llegó nunca.

Este desequilibrio de los precios era impredecible porque influían en él muchos factores, como la cosecha de menta en otros lugares de España y sobre todo la de los países del Este de Europa, que aunque de peor calidad, su precio era muy competitivo. Por otra parte, como no mediaba ningún contrato con ninguna compañía, éstas hacían subir o bajar los precios según sus necesidades o los pedidos para abastecer a sus clientes. El labrador se daba cuenta de que él no podía intervenir en los precios, que estaban en manos de estas firmas comerciales, lo que le desazonaba y quiso intervenir en el mercado internacional con su menta de primera calidad.

Para ello se asociaron un buen número de cultivadores y acordaron no vender su producto a los murcianos, que eran los que acaparaban el mercado. Con la ayuda de ciertos organismos, como la Cámara de Comercio, Cámara Agraria y Sindicatos quisieron puentear a estas casas intermediarias españolas y ofertaron directamente su producto a las firmas alemanas, que eran en definitivo el destino final de su mercancía. Ante las buenas palabras de éstas, aquel año casi toda la cosecha quedó en manos de los productores, que la recogieron en sacas en unos almacenes de Astorga, a la espera de venderla en Alemania. Este fue el momento oportuno para que las casas españolas rompieran el acuerdo ofreciendo a los esquiroles precios más altos de los normales y al mismo tiempo amenazaron a los alemanes con bloquearles el envío de otros muchos productos, que no les podían proporcionar los cultivadores, y que tradicionalmente ellos les venían suministrando desde hacía muchos años atrás. Al final los cultivadores no enviaron a AAlemania más que las muestras preceptivas de menta, porque la cosecha en su totalidad, al cabo de unos meses, cayó en manos de estos intermediarios murcianos.

Así terminó aquel intento asociativo-comercial que fue digno de mejor suerte, pero que ahora vemos excedía en mucho las posibilidades del agricultor; como para desbancar a esos industriales murcianos en un negocio que conocían a la perfección desde hacía siglos.

La raíz de menta, una vez plantada en la primavera, nacía y crecía muy lozana con los cuidados adecuados de herbicidas, entresaca, riegos y abonados correspondientes. En julio-agosto terminaba su desarrollo inundando el ambiente de toda la ribera de un aroma muy característico y muy agradable. Llegado este momento la planta tenía un doble destino: destilarla en verde para extraer el aceite de menta o secar la planta para recoger la hoja seca. Ambas funciones se simultanearon, aunque durante los primeros años era mucha más la que se destilaba, aunque enseguida se abandonó esta práctica y se destinó toda para hoja seca.

Para destilarla los murcianos trajeron e instalaron en el campo unas calderas grandes gemelas con su serpentín correspondiente y como combustible empleaban toda clase de maderas sobrantes de las serrerías y hasta la misma planta de menta una vez destilada y seca. Mientras una caldera estaba destilando la otra gemela se descargaba de la carga ya destilada y de nuevo se volvía a cargar con nueva planta verde de menta. Por supuesto, todo el proceso y sobre todo el aceite de menta estaba enteramente en manos de estos murcianos, que seguramente ya lo venían haciendo así desde tiempos de los fenicios.

La menta destinada a secar para aprovechar la hoja igualmente había que segarla a guadaña, llevarla a la era, extenderla, y una vez seca, apalearla o trillarla un poco para posteriormente separar la hoja limpia del resto de la planta. Con los años, esta labor de separar la hoja de la caña se simplificó mucho mediante un sinfín de artilugios y prácticas agrícolas.

En conjunto se puede decir que la inmensa mayoría de la menta, en el transcurso de los años, tuvo por destino sacar la hoja para venderla a compañías especializadas, que la ponían en el mercado como tal, en aceite, como esencias, extractos, infusiones, etc.

Ya no huele a menta la ribera, ya no se cultiva, y el oro verde prometido no fue tal; a pesar de que en algunos pocos años el precio se disparó, pero al fin fue más el ruido que el oro verde. Quizá su cultivo fue una rémora para que algunos labradores jóvenes se prepararan con tiempo para ser ganaderos, como ha sido su destino final.

LÚPULO

La Sociedad Anónima Española de Fomento de Lúpulo es una entidad fundada hacia el año 1950 por industriales cerveceros españoles con el fin de producir en España el lúpulo que hasta entonces se importaba de Europa.

Establecieron una factoría en Villanueva de Carrizo con el fin de recoger allí la producción de lúpulo de España.

La planta de lúpulo ha existido siempre silvestre en nuestras riberas trepando por los arbustos de las sebes contiguas a las presas o desagües de agua. A este lúpulo nunca se le prestó la menor atención y menos para seleccionarle y lograr variedades adecuadas a las necesidades cerveceras. De esto se encargaron, entre otros, los belgas, que fueron los primeros en introducir su cultivo en León, de la mano de esta Sociedad Española. Para ello introdujeron los esquejes de las variedades que entonces se explotaban allí. La Sociedad suscribió contratos con labradores de las riberas de León, sobre todo con los del Órbigo y con otros pocos de Galicia y del norte de España; quienes enseguida abandonaron el cultivo, por lo que quedó León casi como el único productor de lúpulo para toda España.

En aquellos primeros tiempos fueron muchos los labradores que iniciaron el cultivo de forma artesanal, en fincas pequeñas sin concentrar, con instalaciones rudimentarias, mediante palos largos como tutores. Por entonces hacía falta hasta recomendación paraara que le concedieran a uno un contrato de producción, de tan solicitados como estaban. Muchas fueron las hectáreas que entonces se plantaron en nuestra ribera; pero muy pocas son las que actualmente se cultivan y, si en principio eran cientos los cultivadores del Porma, hoy no llegan ni a una decena. Naturalmente las condiciones de cultivo han cambiado mucho y los precios más, por lo que hoy no es rentable explotar aquellas fincas minúsculas y de forma tan primitiva.

Actualmente se cosechan en España casi un millón y medio de kilos de lúpulo seco, siendo León la que acapara casi en exclusividad la producción de España con el 90% de la cosecha, obtenida en unas 800 hectáreas, de las que 400 se dedican a la variedad Nugget, 320 a la H3 y sólo 10 a la variedad Magnum.

Casi todas estas hectáreas están en la ribera del Órbigo, que se ha especializado en este cultivo, así como la nuestra lo ha hecho en el ganado vacuno. Siempre el Órbigo ha sido más agrícola, como el Porma más ganadero.

En aquellos primeros tiempos de los años 50 el labrador plantaba los esquejes proporcionados por la Sociedad en surcos paralelos formando calles por las que pudieran pasar una caballería o vaca o pequeños tractores para hacer las labores correspondientes.

Al pie de estos esquejes, y de trecho en trecho, hincaban en el suelo unos palos largos o varales como tutores, por los que trepaban las plantas tan pronto como brotaban del esqueje, aunque para ello a muchas había que dirigirles la guía en el sentido correcto.

Pronto llegaban al extremo superior del palo formando toda la finca un tupido bosque verde de varios metros de altura. Mientras tanto había que dejar subir sólo los brotes más lozanos, cultivar el suelo, regar la finca, y sobre todo tratar con sulfatadoras de mano las diversas enfermedades y parasitosis propias de esta planta. En pleno verano terminaba el crecimiento y echaba entonces los conos florales con su lupulina correspondiente. Este era el momento de la cosecha. Para ello los hombres iban bajando al suelo los palos tutores con toda la planta enroscada ellos y, allí mismo, en la misma finca, las mujeres y niños, sentados en taburetes o en cualquier sitio iban arrancando los conos florales que metían en sacas para llevarlos en camión aquel mismo día, ya de noche, a la factoría de Villanueva de Carrizo; donde procedían a pesar las sacas y secar los conos en el secadero industrial de la misma empresa. La liquidación al agricultor era en virtud de los kilos de la cosecha en verde y de la variedad o variedades de lúpulo entregados.

De aquellos primeros años queda el recuerdo imperecedero de tantas cuadrillas de peladoras ataviadas con ropa al efecto; sombrero grande de paja, ganas de trabajar divirtiéndose y al mismo tiempo ganando unas pesetillas.

A los pocos años dejaron de emplearse palos como tutores; se instalaron alambradas fijas sostenidas por postes altos de cemento o de madera en los extremos, y bien reostados. De estas líneas de alambre, llegado el momento, se ataban los cientos o miles de trepas de plástico que bajaban hasta el suelo para que la planta se enroscara a esta trepa y subiera hasta la parte alta de la alambrada.

La operación de atar las trepas en la alambrada comenzaba por preparar en el suelo estas trepas cortándolas de unos rollos grandes, tan largas como era la distancia que había del suelo hasta las líneas de alambre. Como la alambrada estaba quizá a más de 5 metros de altura, muchos agricultores hicieron un castillete de ángulos de hierro, que bien colocado y sujeto en la meseta del carro de vacas, éste avanzaba por las calles mientras una persona en lo alto del castillete iba atando las trepas que había subido atadas a su cinto o al mismo castillete. Alguien inventó una pértiga larga con un dispositivo en la parte superior del que pendía la trepa, que con un movimiento determinado dicha trepa quedaba atada a la alambrada. Había que bajar y subir esta pértiga tantas veces como lo eran los miles de trepas empleadas. Lo extraño es que nadie empleara, como lo venían haciendo en otros países de Europa, unos zancos muy altos, bien sujetos con correaas a las piernas y al cuerpo, que a su vez llevaba un cinturón pasado por la alambrada para ir avanzando a lo largo de ésta con las manos libres para ir atando las trepas que había subido sujetas a su cinturón. El subir y bajar de los zancos es fácil mediante una escalera sencilla de mano, colocada en los extremos de la alambrada.

En una instalación así es fácil bajar toda la trepa cargada de conos de lúpulo, cortando todas las ramas y la misma trepa a ras del suelo, y con una tracción hacia abajo toda ella se desprende de arriba y cae entera al suelo para así colocarla en el remolque del. tractor y llevarla a la máquina peladora, que separa las hojas de los conos. y los vástagos o ramas caen directamente en el suelo formando un montón a la salida de la máquina.

El lúpulo ya no se seca en la factoría de Villanueva de Carrizo sino en el secadero particular de cada lupulero mediante un horno de carbón de cok o mechero de gasoil. A la Sociedad se lleva la cosecha seca y clasificada por variedades para hacer la liquidación correspondiente.

Si hoy ya casi no se cultiva en nuestra ribera es porque requiere mucha inversión en instalaciones y sobre todo porque hay que competir en precios y calidades con Europa; para lo cual es necesario tener fincas grandes muy bien instaladas y las labores de cultivo muy mecanizadas; lo que no se da por aquí porque además hubo que levantar todas las instalaciones cuando a principios de los años 90 concentración parcelaria entregó los nuevos lotes de fincas de reemplazo, correspondientes a la parte baja de la ribera, donde se cultivaba.

En el Órbigo se han especializado con tiempo en su cultivo y allí siguen con él, para dejarnos aquí como ganaderos de vacuno y productores de forrajes para las vacas.

Así terminó un cultivo más que tuvo su importancia en esta segunda mitad de nuestro siglo XX.

SEMILLA DE TRÉBOL

En la década de los años 40 tuvo alguna importancia la producción de semilla de trébol violeta, gestionada su compra en Vegas por un concesionario local, que la adquiría para una compañía nacional.

Por entonces era tradicional sembrar trébol en el momento de nacer la cebada y mezclada con ella en la misma finca. Crecían juntos hasta el momento de segar la cebada en julio. Hasta entonces el trébol no había hecho más que nacer, echar unos brotes y enraizar bien, protegido por la cebada. Levantada ésta de la finca una vez segada, quedaba libre el trébol, que mediante un riego inmediato, crecía lo suficiente para dar un corte regular a finales de verano, y una pación en otoño-invierno. Así quedaba implantado su cultivo para el año siguiente en que ya a se daban dos cortes buenos para heno y una otoñada, además de la correspondiente pación de invierno.

Al siguiente año se roturaba para sembrar patatas, con lo que se establecía una rotación de cultivos trienal muy bien estudiada y complementaria.

Este sistema estuvo en práctica durante la primera mitad de nuestro siglo, hasta que comenzaron los cultivos industriales como plantón, lúpulo y menta en los años 50.

En los años 40 muchos labradores no le daban el primer corte al trébol hasta que la planta estuviera bien semillada y entonces la llevaban a secar a la era y allí le daban unos pases con el trillo, que así quedaba en condiciones para soltar la semilla y limpiarla con poco aire y una criba muy cerrada por el tamaño tan pequeño de la semilla, aunque de bastante densidad. Aquel año sólo se daba un corte en otoño para el ganado.

Por entonces hubo también intentos de producir semilla de gramíneas como fleo, dactilo, festuca y ray-grass, pero no prosperó porque no había tradición, aunque sí buenas condiciones edafológicas. Tan sólo se logró producir algunas partidas de fleo, que tuvieron fama en el mercado con la denominación de "Fleo Condado".

Pocos años más tarde una empresa alemana estuvo muy interesada en producir aquí semilla de remolacha forrajera, pero para entonces ya se le había adelantado otra también alemana, con su filial Semillas Ebro para producir la azucarera, lo que obviamente hacía incompatibles ambos cultivos en la misma zona por el peligro de fecundaciones cruzadas.

LINO

Hacia los años 40 una empresa de Astorga o de la Maragatería hizo contratos para producir lino. Había sido un cultivo tradicional en la ribera durante siglos pasados, pero para entonces ya se había perdido. Se retomó con ilusión su cultivo porque daba buenos rendimientos en regadío y porque el trabajo principal de arrancarlo a mano, como siempre se había hecho, entonces se hacía con unas máquinas muy ingeniosas y eficientes que proporcionaba la empresa. Dejado a secar en montoncitos durante unos días en la misma finca, quedaba en condiciones para que la misma empresa lo transportara a su fábrica para hacer allí las múltiples labores sucesivas. No tuvo continuidad.

REMOLACHA AZUCARERA

El cultivo de la raíz de la remolacha azucarera para obtener azúcar se inició en España en los primeros años de este siglo al perderse Las Antillas y sobre todo Cuba, de donde procedía caso todo el azúcar que se consumía aquí.

Se despertó entonces una fiebre por cultivar en regadío estaa raíz y levantar fábricas azucareras en León, Veguellina, La Bañeza, y hasta una en Boñar en el año 1900; como queda bien patente en su chimenea, que aún existe en el barrio de la estación. Cerró a los pocos años de su inauguración por varios motivos, entre ellos porque aquella zona no es idónea para este cultivo por su baja riqueza en azúcar de la remolacha. Algo parecido ocurre con la producida en Vegas, que no puede competir con la del mismo Porma bajo y menos con la del sur de la provincia por sus condiciones climáticas. No obstante durante muchos años y hasta hace muy pocos se sembró bastante, siempre con contrato con las fábricas azucareras de León.

La remolacha forrajera y los nabicoles tuvieron su interés para la alimentación del ganado vacuno, pro había que picarla en trozos o láminas pequeñas para mezclarlas con paja de cereales para hacerla más digestible. Hubo hasta una pequeña industria en Vegas que fabricaba unas máquinas picadoras de marca V.G.V., accionadas a mano para picar estas raíces, cuyas máquinas se generalizaron por toda la ribera ya que simplificaban mucho esta labor.

FERREÑO

Ferreño o ferrén llamábamos al centeno segado en verde en primavera o principios de verano para darles una postura a las vacas en esa época del año cuando aún no podían salir a pastar al campo. Para ello se sembraba una finca de centeno en regadío en otoño y en la primavera siguiente ya estaba muy crecido para estos menesteres. Sólo se aprovechaba como forraje durante unos pocos días, porque enseguida se ponía talludo, pero mientras tanto las vacas agradecían aquel primer aporte verde después de varios meses de consumir sólo alimentos secos. Todavía estaba lejos el uso de los silos para forraje.

La finca ocupada con el ferreño se araba inmediatamente y en ella se sembraban patatas tardías o berzas como segunda cosecha de aquel mismo año. Estos cultivos en la alimentación del ganado vacuno eran complementarios al del heno de hierba de toda la vida, que era el básico.

HENO DE HIERBA

Para prado de guadaña se dejaban aquellas fincas que no valían para otros cultivos porque eran húmedas de por sí al estar situadas en lugares bajos o mal drenados, como eran entonces La Devesa, Charcón, Degaña, etc. Siempre habían sido prados y nunca se roturaron para regenerarlos y sembrarlos de nuevo; porque ni esta labor era factible de húmedos que eran, por lo que la yerba era muy basta y ácida. Ni los prados más saneados se regeneraron jamás con nuevas semillas pratenses, y aquellas fincas destinadas a establecer nuevos prados se hacían con la siembra de todas aquellas semillass recogidas cuando se barría el suelo del pajar. Como la mala hierba crece más que la buena es fácil averiguar la composición de esta mezcla.

En estos prados perennes se daba un corte a guadaña en julio para heno y otro en septiembre, llamado "toñada", más corto en cantidad pero de mejor calidad; porque el primero adolecía siempre de demasiado hecho, leñoso, por lo que perdía principios nutritivos y digestibilidad para las vacas, y más si se mojaba en el momento de secarse en el prado.

El segarlo a guadaña requería un gran esfuerzo propio de mozos forzudos y además hábiles para picar bien la guadaña sin cuartearla. Esta labor de picar la guadaña ocupaba unos minutos que servían también para descansar; sentado el segador en el suelo a la sombra de cualquier árbol de tantos como crecían en las sebes que circundaban el prado, quien con el yunque clavado en el suelo entre las piernas, la guadaña sin el estil en la mano izquierda y con el martillo de boca delgada iba dando golpes precisos con la mano derecha en el borde de la misma guadaña para sacar el corte, que por fin se afinaba con la piedra de afilar la guadaña humedecida entre hierbas en el gachapo que colgaba siempre del cinto del segador. Así estaba a mano para dar unas pasadas por ambos lados del corte tan pronto se notara la menor dificultad para seguir afeitando bien la yerba a ras de suelo.

Allí quedaba la yerba tendida en marallos que otro iba extendiendo con una horca o palo para al día siguiente o siguientes darle la vuelta hasta que se secara bien. Para recogerla y llevarla al pajar se armaba el carro con armantes altos, rabera y corzas, y se cargaba con un horquín de mango largo para apurrir los montones de yerba al que estaba colocándola con arte y maña encima del carro.

Terminado este trabajo se tiraban dos sogas desde la vara del carro, pasándolas por encima de toda la yerba para tirar bien de ellas y atarlas a ambos lados del verbión trasero. Había que peinar bien la yerba del carro con el rastro para que no se perdiera nada por el camino o quedara prendida en las zarzas de las sebes de los caminos.

La faena siguiente era meterla en la lastra de la cuadra o en el pajar de pie a través del bocarón. Cuando el pajar estaba vacío era fácil hacerlo porque ella misma caía en el suelo, pero el problema surgía cuando el pajar ya estaba bastante lleno; para lo cual había que ir pisándola para reducir espacio y llevarla a las partes más distantes del bocarón hasta pasarla por encima de los tirantes del tejado. Aquel ambiente cerrado y saturado de polvo y calor parecía un horno donde se sudaba la gota gorda. No había otro remedio porque allí tenía que caber el primer corte de hierba, los dos de trébol, toda la paja de los cereales y de fréjoles y el ú último corte de la otoñada de hierba y trébol

Si había sido difícil meter tanta ceba en aquel espacio también lo era sacarla para dar dos o tres posturas diarias al ganado. La ceba que estaba en la lastra, encima de la cuadra, no ofrecía mayor dificultad, porque en el techo de ésta se dejaba en las tablas un hueco por donde se subía para tirar por él la hierba y paja que caía directamente en el pesebre o en otro lugar de la cuadra para desde allí distribuirla a las vacas.

La ceba del pajar de pie sólo tenía salida por la puerta que comunicaba con la cuadra. Como estaba tan apretada y compacta había que ir sacándola poco a poco con el garabito, introduciéndolo con decisión y coraje en aquella masa y tirar fuerte hacia afuera para pelar un manojo de hierba de cada vez El garabito era como un anzuelo recto, con mango de una longitud de cerca de un metro y hecho de un redondo de hierro de 8 ó 10 milímetros de grosor y la acción correspondiente se llamaba "mesar la hierba".

Cuando ya se había consumido una buena parte de la ceba contigua a la entrada del pajar quedaba hecho un hueco hacia arriba por donde se subía mediante una escalera de mano, para desde allí tirar al suelo parte de la hierba o paja que estaba encima. A pesar te todo había que seguir mesando la de la parte inferior donde estaba el primer corte de hierba de los prados para ir mezclándola con la de los otros prados, trébol y pajas para dar diversas posturas a las vacas y caballerías.

Naturalmente todos estos henos se habían recogido sueltos y por lo general los del primer corte demasiado hechos y con tantas vueltas de carga, descarga, y tanto pisarlos y mesarlos en el pajar, cuando llegaban a la panza de las vacas casi ya no servían más que para rumiar y rumiar. Menos mal que por entonces no se ordeñaba a las vacas. El problema surgió cuando a finales de los 50 ya empezaba a ser rentable la explotación de la leche al instalarse en León empresas lácteas que establecieron circuitos de recogida de la misma por toda la ribera.
 
 
 
 

MECANIZACIÓN DEL CAMPO

Este momento coincidió aproximadamente con la llegada de los primeros tractores y diversa maquinaria agrícola para relevar a las vacas de tantas labores y explotarlas en lo sucesivo como animales de renta y no de motor de sangre cual había sido durante los siglos anteriores. Este fue el punto de inflexión en la explotación del campo, del sistema tradicional antiguo, al moderno mecanizado e industrializado.

La transición no fue tan rápida como fuera de desear pues comprende desde mediados de los años 50 hasta bien entrados los 6 60. Al respecto ocurrió en Vegas un hecho muy significativo en el año 1962. Como la mecanización en regadío requiere un gran número de máquinas y aperos por la diversidad de labores, un grupo de agricultores de la villa lo pensaron bien y se constituyeron en sociedad para adquirir y explotar en común un equipo completo de maquinaría agrícola con el fin de hacer rentable la inversión. Para ello fundaron un Grupo Sindical de Colonización; el equivalente a una Sociedad Agraria de Transformación actual. Legalmente constituido este Grupo e integrado en las normas vigentes de entonces, tuvieron todo el apoyo y bendiciones del Estado a estos efectos.

Eligieron para sus necesidades las máquinas más modernas y eficientes que había en aquel momento en el mercado. Con un pequeño aporte en metálico de cada uno y un crédito blando proporcionado por el Banco de Crédito Agrícola a bajo interés pagaron al contado toda la maquinaria adquirida. Este equipo estaba constituido por un tractor Super Ebro construido en España con la patente Forson, con matrícula agrícola LE 480, con los implementos correspondientes; como arado bisurco reversible, grada y remolque de 7 toneladas; una empacadora John Deere de alta presión con atador de alambre, que fue la primera que se estrenaba en la provincia, así como un rotocultor Agrator. También se adquirió la primera motosegadora italiana Fígaro, equipada posteriormente con sierra circular para hacer leña en las tenadas durante los días de invierno; un cilindro trillador Ajuria, y de segunda mano, a uno de los socios, una aventadora grande con su motor de gasolina correspondiente. La Jefatura Provincial de Agricultura regaló a este Grupo Sindical un cortaforrajes Ajuria con volante de doble cuchilla y meseta deslizable y regulable, accionado con el motor de la aventadora. Esta Jefatura también regaló 100 kilos de maíz forrajero, importado de EE.UU, para iniciar su cultivo y ensilaje, con el que dio comienzo su explotación en Vegas y en toda la ribera y que hoy constituye el cultivo por antonomasia para la alimentación del ganado vacuno.

Toda esta maquinaria estaba a cargo exclusivo de un tractorista, hijo de uno de los socios, dado de alta en la Seguridad Social como tractorista agrícola, con sus seguros y sueldo correspondientes. El Grupo se regía por sus estatutos e integrado oficialmente en la Hermandad de Labradores y Ganaderos, como era preceptivo, y gobernado por su presidente, secretario y vocales; miembros del mismo pero sin ninguna retribución económica.

Los trabajos del campo los efectuaba el tractorista a medida en que le iban siendo solicitados por los socios y coordinándolos para simplificar los desplazamientos, abundantes entonces porque aún no estaban concentradas las muchas fincas pequeñas de cada uno.

Caada labor tenía su precio, ya fuera tarifado en tiempo, superficie o unidades; que el tractorista anotaba diariamente en el cuaderno de campo para pasarlo al secretario quien lo anotaba en las fichas individuales de cada uno, para proceder a su cobro trimestralmente.

Las labores no se limitaban sólo al servicio de los socios del Grupo, sino que cuando quedaba tiempo libre, ocasión o circunstancia propicia para ello, también se hacían extensibles a cualquier otro labrador del pueblo o de pueblos cercanos; aunque en este caso la tarifa era más elevada que la que se aplicaba a los socios.

Por aquellas fechas el gasoil para el campo era el mismo que el de locomoción y ambos estaban racionados, con la diferencia de que el empleado en agricultura esta subvencionado por el Estado y el cupo mensual estaba en relación con la maquinaria empleada y la superficie de hectáreas declaradas de cultivo. Esta circunstancia dio lugar a obtener un cupo más que abundante, porque era fácil justificar labores y hectáreas para aquella maquinaria tan compleja. La consecuencia final era que al Grupo le sobraba cupo, y los litros no consumidos quedaban para el dueño del surtidor de Puente Castro, quien los vendía a los camioneros al precio normal de locomoción, y éstos agradecidos. La diferencia en el precio de cada litro revertía a favor de los consumidos por el Grupo, por lo que el gasto en gasoil era mínimo. Entonces había mucha picaresca para todo y hoy se pueden confesar estos pecados.

Aparte de estas anécdotas lo cierto fue que dicho Grupo causó entonces un gran impacto en el campo, dando a conocer maquinaria jamás soñada por muchos, susceptible de hacer labores rápidas y perfectas menos soñadas aún. Las más agradecidas y beneficiadas fueron las vacas, que así quedaban libres de las labores más pesadas y tediosas, relegadas a dar leche y buenos terneros, que es lo suyo.

Al mismo tiempo los demás labradores comprobaron que lo suyo tampoco era agotarse con tantos trabajos duros; por lo que enseguida, a imitación o más bien por envidia se lanzaron individualmente a comprar toda clase de maquinaria agrícola aunque no estuviera dimensionada ni justificada para se explotación, ni mucho menos bajo el punto de vista económico ni de amortización; por lo que a muchos les desequilibró en su economía durante años, que intentaron solucionar poniendo más menta, más plantón y más lúpulo para obtener ingresos rápidos con que pagar aquellas inversiones desproporcionadas para ellos y para sus necesidades. La consecuencia peor fue que mientras tanto relegaron a segundo plano la ganadería, por ser de rentabilidad más lenta.

A la postre, años más tarde, cuando en la década de los 80 desaparecieron estos cultivos industriales ya era tarde para empezar a ser ganaderos de verdad y la mayor parte de ellos optaron por dejar la agricultura y acogerse al abandono voluntario de la producción de leche del pequeño cupo que tenían, con lo que aquel equipo de maquinaria agrícola adquirido con tanto sacrificio quedó en desuso o convertido en un montón de chatarra.

A esta situación sólo sobrevivieron los cuatro agricultores de Vegas que se prepararon con tiempo para ser los ganaderos actuales. Aquel Grupo Sindical de Colonización tampoco tuvo tanto éxito como en un principio se auguraba a causa de los imponderables con que no se contaba; entre ellos y como el primero el retraso inesperado en la entrega de las fincas de los nuevos lotes de reemplazo por parte de concentración parcelaria, que se produjo 30 años más tarde de lo esperado, por lo que fue necesario trabajar aquellas fincas tan pequeñas y transitar por aquellos caminos tan estrechos y defectuosos, a todas luces inadecuados para aquella maquinaria moderna. El segundo fue el deseo innato de independencia que condujo a que algún socio empezara a comprar para sí y para alquilar maquinaria igual a la que ya tenía el Grupo.

Como esto sucedió cuando dicho Grupo ya llevaba cinco años trabajando a pleno rendimiento y satisfacción, se entendió que éste era el momento de disolver aquella entidad y enajenar aquellas pertenencias comunes como maquinaria de segunda mano; máxime porque para entonces tanto el crédito del banco como el equipo ya estaban amortizados.

Si el Grupo no tuvo la continuidad deseada al menos sirvió para iniciar en Vegas la era de la agricultura mecanizada; crear un pequeño ambiente de cooperación entre agricultores con intereses comunes y dar a conocer el cultivo y ensilaje del maíz forrajero, base actual de la ración de sostenimiento del ganado vacuno de Vegas.

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